opinión

Publicado el Martes, 21 de febrero de 2012
AL AIRE LIBRE
DEL HOLOCAUSTO A GAZA

Se subían la manga y me enseñaban el número grabado en el antebrazo. Con palabras encorvadas, pesarosos los labios, me hablaban en judeoespañol, en judezno, en haquitía, en ladino, en un castellano del siglo XV, conservado a través de cinco centurias en Salónica y Esmirna, en Constantinopla y Rodas, en Sarajevo y Sofia, en Safed y El Cairo, en Lisboa, Amsterdan, Amberes, Londres, Casablanca, Fez, Atenas… Estabamos en Jerusalén, en el palacio presidencial, donde Isaac Navon, presidente de la República, autor de Jardines de Sefarad, ofrecía una recepción para la entrega del Premio Efe de Periodismo a mi inolvidada Camelia Shájar. Era el año 1980.

El día anterior, Navon me había dicho en su despacho oficial que le gustaría que debutara, en la entrega del Premio, el recién creado Coro de los Sobrevivientes, formado en su inmensa mayoría por sefardíes que habían salido vivos de Auschwitz, de las sentinas del terror, entre la avidez de la ceniza y los cuerpos devastados, mientras el cielo lloraba a lágrima viva. Apoyé la iniciativa y hablé con todos ellos, hombres y mujeres. Habían sobrevivido, unos porque cantaban bien, los demás porque tocaban el violín o la viola u otros instrumentos. Los nazis, en su refinada y hórrida crueldad, querían que se acompañara a los que iban a gasear con música y cánticos.

Al terminar aquel acto, en el que Isaac Navon pronunció un discurso a medias en hebreo, a medias en judeoespañol, cantó el Coro de los Sobrevivientes las mismas canciones con que acompañaban a los que iban a morir en las cámaras de gas del campo siniestro de Auschwitz, en la selva primaria del horror. Era la oda musical al Holocausto y la ceniza, Bousoño presentido sobre la inmortalidad indefinible de los esqueletos. Las lágrimas rodaron por las mejillas de los asistentes, por las de centenares de miles de israelíes que seguían el acto a través de la televisión en directo, heñidos por la emoción de los recuerdos estremecidos.

Al día siguiente, al salir del Hotel King David, las gentes me paraban en la calle y se dirigían a mí con el sentimiento sin cicatrizar de la jornada anterior. En la Historia Universal, el Holocausto es, tal vez, la página más ensangrentada y terrible, y eso permite comprender la política, no siempre aceptable, del Estado de Israel en los últimos cincuenta años. La atrocidad de la guerra en Gaza no se puede entender si no se reflexiona sobre lo que supuso la sangre y la ceniza del Holocausto.


Luis María ANSON
de la Real Academia Española

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