opinión

Publicado el Martes, 21 de febrero de 2012
AL AIRE LIBRE
JOSÉ TOMÁS, EL ARTE Y LA SANGRE DERRAMADA

Discrepo de algunas de las cosas que se afirman en el editorial que hoy publica este periódico: “El toreo es más que tragedia”. Corresponde al editor de El Imparcial la responsabilidad de esa sección. El espíritu liberal me exige respetar lo que en la página editorial, magnífica por cierto, se dice. Eso no quita, claro es, que yo exprese mi posición discrepante. Así es que voy a reproducir a continuación la canela fina que publiqué en el diario “El Mundo”, tras la segunda corrida que el pasado mes de junio toreó José Tomás en Madrid.

Los toros fueron dos marrajos ilidiables, el segundo, además, manso navajero según la expresión de Zabala. Javier Villán, el crítico sabio, ha expuesto muy bien en este periódico la escasa calidad artística de las faenas. José Tomás sabía que no se podía hacer nada con los zambombos. Sabía también que, llevando el riesgo al límite, enardecería a los espectadores y triunfaría. Siete orejas en cuatro toros en las Ventas y en dos corridas seguidas. No sé si habrá precedentes. La primera tarde, sobre todo en el segundo toro, por la calidad de la faena; la segunda tarde, por el valor imperturbable y la sangre derramada. Ortega y Gasset, la primera inteligencia del siglo XX español, no llegó a publicar el libro que preparaba, Paquiro o de los toros, pero en el prólogo al de Domingo Ortega equiparaba la fiesta nacional con el arte y el valor. El día 5, José Tomás triunfó, sobre todo, por el arte; el domingo, por el valor. “Es la noble cabeza negra pena, que en dos furias se encuentra rematada, donde suena un rumor de sangre airada y hay un oscuro llanto que no suena”.

Quise escuchar el rumor de sangre airada del verso de Morales y me trasladé a la enfermería tras la estocada final de José Tomás. Podía haber escrito la crónica taurina de mi vida. Pero yo no soy un cronista taurino. El torero triunfador entró por su propio pie, maltrecho, renqueante, cabizbajo, la mirada extraviada, cubierto de sangres varias, no hay cristal que las cubra de plata, abierto el muslo derecho, como un nazareno flagelado de espuma a espuma. Pero altivo e imperturbable. Su desdén era un dios. (Me dijo su médico particular que en Jerez entró en la enfermería con toda la muerte a cuestas, el cuello desgarrado y la vida escapándosele a chorros, pero como si no fuera con él). Los doctores madrileños le rasgaron el vestido de torear, le tumbaron en la mesa del quirófano, le anestesiaron… Y Máximo García Padrós, una vida entera de experiencia, empezó a trabajar.

En su despacho estábamos el padre del torero, el apoderado, su médico particular, alguien más de su entorno y el periodista que escribe estas líneas. La incertidumbre nos atenazaba a todos y los minutos se hacían de hielo y fuego. García Padrós entreabrió la puerta, me hizo un gesto, me acerqué a él y me dijo: “Tiene tres cornadas, la del muslo de cuidado. Pero saldrá adelante. No hay preocupación”.

Transmití sus palabras y se serenó la espera. Tras una eternidad, llegó la ambulancia y José Tomás, pálido de cera virgen, en camilla, ya despierto, salió por la puerta grande de la enfermería entre gritos de “torero, torero”.


Luis María ANSON
de la Real Academia Española

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