El presidente del Gobierno ha reconocido la crisis, empleando el término con todas sus letras. Se ha rendido. Ha demostrado su impotencia. Se acabaron por ahora los eufemismos. En lugar de abordar a tiempo el cataclismo económico que teníamos encima mintió a la opinión pública para ganar las elecciones generales de marzo pasado. Resaltó la robustez de nuestra economía. Anunció su crecimiento imparable. Aseguró que en su segunda legislatura se alcanzaría el pleno empleo. Sabía que todo eso no respondía a la verdad. Mintió abiertamente para engañar al ciudadano medio y engrosar su cesta de votos.
Ahora Zapatero está desconcertado. E impotente. Su ministro de Economía, el prudente Solbes, no sabe cómo taponar las ocurrencias zapaterescas. Cada semana, el presidente toma una medida nueva que no sirve para nada. Falta el plan estructurado y coherente que la crisis económica exige. Zapatero cree que todo se arregla tirando de la chequera del gasto público y otorgando dádivas sin cesar. El presidente es ya un ciego dando palos sin saber a quién.
Rajoy ha estado bien en esta ocasión. Su denuncia de que el Gobierno gasta a troche y moche es certera. Es exacta, además. Hemos pasado del superávit a un déficit alarmante que se acrecentará con las ligerezas zapaterescas; de la economía boyante a la recesión; del pleno empleo al paro galopante. Y Zapatero no encuentra otra fórmula que tirar del dinero público, es decir, de los impuestos que pagan los españoles, para hacer rayas en el agua, para taponar con un dedo la tempestad.
La recuperación económica y la creación de empleo no pasa por regar de dinero a Ayuntamientos a veces corruptos, sino por ayudar a la pequeña y mediana empresa. Eso lo ha explicado muy bien Rajoy que, por fin, está haciendo oposición donde debe hacerse, denunciando las ocurrencias, las ligerezas, las frivolidades de un Zapatero impotente que debería pensar en la convocatoria de elecciones anticipadas.
Luis María ANSON
de la Real Academia Española
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