Norberto Alcover

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NORBERTO ALCOVER es profesor de Teoría de la Comunicación y Análisis Periodístico y Cinematográfico en la Universidad Pontificia de Comillas.

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TRIBUNA

100 días de Francisco

23-06-2013

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“Prefiero una Iglesia accidentada que una Iglesia asfixiada”. La frase es del papa Francisco hace unos días, entre las muchas que ha pronunciado con carácter de titulares de prensa, radicalmente vinculada a la realidad más cercana. Una frase que resume perfectamente cuanto este argentino, de extracción italiana y formación jesuítica, desea para una Iglesia Católica que desde hace 100 días preside con toda la fortaleza que inspira el Espíritu Santo. Nada de asfixia por torcerse el cuello al mirar a tras, antes bien todos los accidentes necesarios por mirar hacia adelante, como Jesucristo. No hay otra.

Pero este hombre de actitud sencilla y cercanísima, en lo que imita a Francisco de Asís, ha ido todavía más allá: nada de apoltronamientos en el interior de la Iglesia y pasarse el día pensando cómo hacerla mejor, la gran tentación puritana de los creyentes, antes bien, convertir las parroquias y toda institución eclesial en una decidida marcha a las periferias, ese lugar de ámbito donde las seguridades desaparecen y se abre paso el riesgo, la perentoriedad y hasta posibles accidentes. Tal es el sentido de lo dicho en el primer párrafo sobre la opción por una Iglesia accidentada en lugar de una Iglesia asfixiada. Del narcisismo eclesial a la evangelización descarada. De mantenernos a la defensiva, a mostrarnos como respetuosos proclamadores de Jesucristo en medio de los hombres y mujeres de hoy día. Hay que pensar mientras actuamos. Y permitir que los últimos responsables eclesiales, si así lo requieren, intervengan con su autoridad.

Los signos del papa Francisco están ahí. Es inevitable que mientras muchos le aplaudimos, otros le contemplen con recelo porque el tiempo de su prepotencia ha pasado a mejor vida. Qué le vamos a hacer. Vivir desde la esperanza tiene estos cambios de signos.







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