El imprescindible “consenso de los hombres buenos”
lunes 20 de mayo de 2013, 20:55h
Cuando Polibio –quien era esclavo griego y formó parte del círculo de los Escipión– explica en la segunda mitad del siglo II AC cómo Roma pasó de ser una pequeña ciudad a transformarse en un gran imperio, se refiere a dos factores fundamentales: la superioridad de su Ejército y la fortaleza de su Constitución. La organización política tenía la particularidad de integrar los principios de las formas puras de gobierno, la monarquía, la aristocracia y la democracia, dando origen a una fórmula mixta donde los distintos sectores sociales estaban integrados a través de los cónsules, el Senado y las asambleas populares (Historias, libro VI).
La idea de la superioridad constitucional de los romanos, retomada por Cicerón en su diálogo Sobre la República (Madrid, Gredos), situado de manera ficticia el 129 AC, formaba parte de las creencias profundas del núcleo dirigente de la República. Cicerón, quien fue cónsul el año 63 AC, senador, escritor y político de gran cultura histórica y jurídica, agregaba que la constitución romana no había sido hecha por un solo hombre sino que era una obra de varias generaciones, lo que era parte de su éxito. El resultado era la mejor forma de organización política conocida en el mundo clásico, “aquellas que nuestros padres recibieron de los antepasados y nos transmitieron a nosotros”, como explicaba Escipión en el diálogo ciceroniano.
Lamentablemente, cuando el famoso orador escribió a mediados del siglo I AC, Roma vivía momentos difíciles, de profunda división, irrupción del Ejército en la política y ambiciones de poderes personales que desafiaron “al Senado y el pueblo romano”, fórmula con la cual se resumía el poder de la República. Cicerón se transformó en uno de los principales defensores de una Roma decadente desde hacía décadas. Entre sus postulados, apeló a la concordia ordinum, la unión de la aristocracia tradicional romana con el orden ecuestre al que él mismo pertenecía, y habló del consensus omnium bonorum, la unión de todos los hombres buenos, de los distintos sectores de la sociedad, los bien pensantes, los que amaban Roma y su historia, los que veían la crisis de la República y estaban dispuestos a salvarla y conservarla.
Sin embargo la división política –lo que Ortega y Gasset llama “los estratos de la discordia” (en Del Imperio Romano, Obras Completas, Tomo VI)– era demasiado profunda, llegando al punto que el corazón “se escinde en dos” y la “sociedad deja en absoluto de serlo”. Esa es la hora fatal de los estados y los regímenes políticos, el momento en el cual comienzan los cantos fúnebres de las instituciones, que experimentan una decadencia a la que distintos actores sociales y políticos han contribuido. El momento en que se ha llegado tarde y el problema parece no tener solución.
Muchas veces la historia ha tenido estos episodios, como ocurrió en los momentos que acompañaron a la Revolución Francesa, al 48 europeo, al mundo entreguerras y, en general, a cada sociedad que ha vivido una guerra civil. Son horas lúgubres, cuando la oratoria parlamentaria da paso a las armas, la búsqueda de acuerdos cede ante la imposición de las propias convicciones a cualquier precio y cuando las voces más patrióticas y sabias perecen debajo de las barricadas, los odios y las metrallas.
Conviene que el mundo de hoy vuelva a revisar estas ideas tradicionales del pensamiento clásico, sea como mero ejercicio intelectual o bien como una propuesta más profunda de análisis político. Las sociedades viven hoy situaciones difíciles, en Europa, en Medio Oriente, en América hispana, en muchos países del mundo. Aunque no se aprecia cerca una crisis terminal en Occidente, ni mucho menos, los problemas y divisiones se expresan de variadas formas, y el ruido ambiental todavía no anuncia el temporal, pero advierte nubarrones en el cielo, algunos muy peligrosos. Por eso en la actualidad presidentes, reyes, hombres de la cultura, el Papa, líderes de opinión, figuras públicas relevantes en distintos lugares del orbe hacen llamados a la unidad, a enfrentar la crisis con visión de Estado, a renunciar a las posturas extremistas.
En Estados Unidos el presidente Obama inauguró su segundo período en enero pasado reconociendo la importancia del consenso para los desafíos norteamericanos de las próximas décadas, pues nadie tiene el monopolio de la sabiduría y es necesario ver el lado positivo de la cooperación; en España el Rey Juan Carlos anuncia que promoverá pactos, acuerdos y consensos de Estado, que se aprecian necesarios en el momento presente; muchos líderes europeos han hablado de la necesidad de un consenso para superar la crisis que afecta al continente. Toda sociedad que enfrenta desafíos importantes o momentos de dificultad, sabe que la existencia de acuerdos fundamentales es un buen punto de partida para el éxito que se desea.
Los llamados a la concordia tienen un valor simbólico, especialmente en tiempos de dificultades donde es preciso obrar de común acuerdo. Por eso vale la pena valorarlos en su justa dimensión. Pero en general estas apelaciones públicas presentan una evidente debilidad: son extemporáneas, llegan más tarde de lo conveniente, cuando los extremos han ganado demasiados espacios en la vida social y numerosos partidarios en la opinión pública. Se reclama concordia, precisamente, porque notamos que se ha perdido; se hace con urgencia por el temor que las cosas deriven en una pendiente directa al abismo.
Los problemas sociales o económicos, en diversos momentos de la historia, son un terreno fértil para el desarrollo del extremismo, las propuestas maximalistas y el deseo de destruir el orden vigente. En esos momentos el camino de la descalificación personal o ideológica está lleno de transeúntes que escogen el método fácil de la crítica y de la condena irresponsable de hombres e instituciones. La búsqueda de acuerdos, en cambio, a veces resulta cuesta arriba, tiene sinsabores y presenta numerosas dificultades.
Sin duda es el camino más difícil, pero también el más patriótico. Un camino que requiere, como lo señaló Cicerón en su tiempo, de un gran consenso de todos los hombres buenos. Habló demasiado tarde, pero no por ello su grito fue menos relevante y por eso conserva vigencia hasta hoy.