Antonio Hualde

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ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación José Ortega y Gasset.

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Eppur si muove

La batalla de las Termópilas

03-09-2008

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“Caminante, di a los lacedemonios que aquí yacemos obedientes a lo que nos han encomendado”. Así reza el epitafio de uno de los personajes más heroicos que ha dado Grecia. Dicen que fue el postrero mensaje que el rey Leónidas envió a los suyos antes de morir valientemente en la batalla de las Termópilas. Mandaba una tropa corta en efectivos, pero sumamente diestra en el manejo de las armas, y con un valor inimaginable para nuestra época. Recientemente, la película “300”, basada en un cómic del mismo nombre, glosaba con un estilo peculiar pero interesante los sucesos que acaecieron en el que fue uno de los campos de batalla más famosos de la antigüedad.

Estamos en el año 481 A.C. El imperio persa se ha propuesto conquistar toda Grecia. A tal fin, su rey Jerjes ha movilizado un contingente de tropas que oscilaría entre los 250.000 y los dos millones largos de hombres mencionados por Heródoto de Halicarnaso. Hoy sabemos que la primera cifra se ajusta bastante más a la realidad, pero en cualquier caso, estaríamos ante un ejército formidable en número y pertrechos. Su primer obstáculo, ya en suelo griego, era apenas un puñado de espartanos. Parece que efectivamente no debieron ser más de 300, aunque a ellos había que sumar algunos hilotas -las clases más desfavorecidas en la sociedad espartana; hay quien los cataloga de siervos-, focenses tebanos y locros entre otros, cuya suma total no superaría los 2.000 hombres. Algo ridículo, ante el todopoderoso ejército persa. Eso debió de pensar su soberano, cuando, viendo el exiguo número de componentes que osaban hacerle frente, les conminó a entregar sus armas. “Ven a buscarlas”, fue la respuesta que obtuvo de las filas espartanas. Encolerizado, Jerjes amenazó con lanzar una lluvia de flechas tal que cubriría el cielo, impidiendo ver el sol. “Mejor, así lucharemos a la sombra”. Si fue esa o no su contestación real, es casi imposible saberlo, pero ojalá lo fuese.

Entrenados desde pequeños para ignorar el dolor y batirse ferozmente, los guerreros de Esparta no temían a la muerte. Antes al contrario, consideraban un honor morir en combate, y sobrevivir, una deshonra. Baste decir que los dos únicos supervivientes de las Termópilas incapaces de hacer frente a la vergüenza, acabarían suicidándose. El caso es que unos pocos espartanos contuvieron durante un tiempo precioso —vital para que el resto de pueblos griegos se preparase y pudieran un año después derrotar a Jerjes, por tierra en Platea y por mar en Salamina- a un desconcertado ejército persa, que hubo de recurrir a los servicios del traidor Efialtes. Este les mostró un paso por donde pudieron rodear a los hombres de Leónidas, quienes, aún así, vendieron cara su piel, luchando hasta la muerte durante cinco días seguidos. Homérico.







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