Iván Gil Merino

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IVÁN GIL MERINO es periodista y master en comunicación política y corporativa.

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Krinomenon

Virtuosos de la necesidad

27-09-2008

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Cuentan que Bill Clinton, tras su sonado desastre electoral de 1994, regresó a su feudo convencido de las excelencias del marketing político y de su necesidad para estar más cerca de la gente y entender mejor sus problemas. Tan solo dos años después, ganó la carrera por las presidencia de los Estados Unidos al republicano Bob Dole con un 49,23% de los votos. El éxito de su campaña descansó en una apuesta por la imagen —sus asesores se concentraron en presentarlo como el ’nuevo Kennedy’- y una plataforma política cuya característica principal era su desideologización y su populismo en temas fundamentales como la sanidad, el aborto o las fuerzas armadas.

A Clinton, que pasará a la Historia con una becaria bajo la mesa del despacho oval, se le conocieron bastantes más asuntos escabrosos antes de ser presidente: sus manipulaciones para librarse de ir a Vietnam o relaciones personales que, de una manera u otra, Clinton siempre lograba sustraer del foco de atención de la opinión pública, una valiosa habilidad para un político con el que se ganó el mote de Slick Willie (algo así como Willie el Escurridizo), pero que no sirvió para financiar su ambiciosa reforma sanitaria, propuesta durante su primer mandato, ni promover la renovación de América que prometió en su debate de investidura.

Una de las estrategias más utilizadas durante la época Clinton fue la ideada por los consultores Dick Morris y James Carville, bautizada como ’campaña permanente’ y que consistía en seguir haciendo campaña como si el político elegido en las urnas aún fuera todavía el candidato. Un método que inspiró al ex presidente argentino Eduardo Duhalde en su última etapa —con muy poco éxito- y que parece estar tomando forma en la actividad gubernativa en España. Da igual si lo que se ’vende’ es un nuevo plan renove inviable o la cobertura legal de las prostitutas, la acción política —entendida como la apariencia de actividad- es la misma, pero con el peligro —como les ocurrió a Clinton y Duhalde- de que la continúa sensación de promesas incumplidas puede crear en los ciudadanos una sensación de hastío y desconfianza.

El Gobierno de España parece estar muy alejado de los problemas, pero a la vez muy atento y certero a la hora de ’escurrir el bulto’: La gestión de la crisis económica ha puesto de relieve la incoherencia de un equipo que dice Diego dónde dijo digo pero que seguramente mañana ni siquiera diga ni digo ni Diego. Vive en una constante burbuja ideológica en la que la mercadotecnia electoral sustituye a las soluciones y el debate es construido sobre los eslóganes de su propia propaganda.

La crisis económica ha pasado de simple resfriado a “la peor crisis económica de los últimos 66 años”, palabras del ministro de Economía, convencido como está de que él nunca negó nada. Mientras, al otro lado del Atlántico, Zapatero clama que el sistema financiero español es quizá el más sólido y que el objetivo es superar a Francia en renta pér capita “en tres o cuatro años”. Como Duhalde, que también decía que el Estado devolvería el dinero en dólares en 2002, en pleno ’Corralito’, los ministros de Economía y el presidente parecen vivir en realidades distintas.

Son los efectos de la campaña permanente. No es que Solbes, Zapatero y el mundo se contradigan, ocurre quizá lo que Hayek (un terrible liberal y otro de los culpables de los problemas de España) predijo en su tiempo: “Cuando no hay principios firmes todo es relativo, todo vale”. Por eso no hay problema para corregir sobre la marcha, porque no importan la realidad ni los principios, sino salir bien librado. De un tiempo a esta parte, estos malabaristas han pasado de hacer de la necesidad virtud a ser virtuosos de la necesidad ajena y son los que están, sin duda, más necesitados de virtud. Por el bien de todos, esperemos que la encuentren cuanto antes.







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