Antonio Hualde

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ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación José Ortega y Gasset.

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EPPUR SI MUOVE

La tumba de Bucéfalo

28-03-2008

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El Indo fue el lugar donde se puso el sol para Alejandro Magno. El hijo de Filipo, que soñase con conquistar el mundo, fue vencido por unas fiebres (mas una larga vida de excesos) allá por el 323 A.C. Desconocemos con precisión el lugar exacto de su muerte, así como el de su sepultura, aunque hay quien afirma que ésta se halla en un oasis de Egipto. Sí sabemos, en cambio, dónde falleció uno de sus principales aliados, parte fundamental en sus conquistas, y cuya pérdida fue un terrible golpe: Bucéfalo, su caballo. Fue en Taxila, Pakistán.

Hablar de ese país en Occidente sugiere de inmediato terrorismo e inestabilidad, lo cual es tremendamente injusto para los más de 150 millones de personas que viven en una tierra cargada de historia. Taxila, sin ir más lejos, es un importante enclave arqueológico donde se atisban las primeras raíces del budismo. También aquí se dice que llegó el apóstol Tomás, y que aún se conservan los restos del que fuese su taller de carpintería. Pero hay más en Pakistán. Cerca de Karachi tenemos a Moenho Daro, uno de los primeros enclaves de la humanidad conocidos, con más de 5.000 años de antigüedad.

En la frontera con India se haya Lahore, centro de dos imperios: el Mogul y el británico. Su fortaleza roja, con la impresionante Mezquita Badshahi y sus Jardines de Shalamar son lugares que no podemos dejar de ver. Al igual que la ceremonia del cambio de guardia fronterizo. A un lado, Amritsar (India), capital espiritual de los sij, y ciudad del templo dorado -llamado así por ser un templo de oro macizo-; al otro, Lahore, Pakistán. El izado de las banderas de ambos países, con el posterior saludo de los respectivos cuerpos de guardia, ataviados con sus mejores galas, es un acontecimiento donde la tensión se palpa. No en vano, ambas naciones tienen un contencioso pendiente, el de Cachemira, territorio por el que hasta hace nada estuvieron en guerra.

Y sus montañas. El K-2 se yergue majestuoso en el lado pakistaní de la cordillera del Karakórum, meca de tantos y tantos alpinistas. Algunos de ellos -mientras la burocracia pakistaní se toma su tiempo con el irritante papeleo- deambulan por Islamabad, capital administrativa sin nada reseñable, salvo la zona de tiendas autóctonas, donde podemos adquirir desde una alfombra de Afganistán hasta alguna pieza de la preciosa cerámica de Bultán. Y una última curiosidad: Pakistán es el único país del mundo con un monumento ciertamente peculiar. En efecto, a las afueras del aeropuerto de Rawalpindi, veremos una especie de misil, con una leyenda: “Pakistán, a la bomba nuclear”. ¿Alguien da más?







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