COLUMNA SALOMÓNICA
Crónicas venecianas. El palacio asesino
Si usted, distinguido lector, es de los que cuando viaja a Venecia se aloja en el Cipriani y recorre en góndola el Gran Canal —para los que toman el vaporetto, entre sudorosos turistas, ya escribiré otro día un artículo- le aconsejo por su bien que no se deje tentar por la posibilidad de adquirir Ca'Dario, no el más bello ni el más espectacular de los palacios que flanquean esta acuática calle, aunque sí de los más antiguos y, desde luego, el más enigmático. Estoy seguro de que cuando escuche el precio se le hará un nudo en la garganta, pero si no fuera así, si por un azar usted pertenece a ese reducidísimo grupo de personas que sonrieron al leer el cartel con que se anunció hace poco un célebre club londinense, “ni siquiera tú puedes permitírtelo”, mejor será que olvide el capricho y siga su camino. Por supuesto —discúlpeme si le he inducido a pensar esto- no es el dinero lo que tiene que preocuparle, tampoco el estado del inmueble, perfecto a pesar de haber sido construido antes de que vinieran al mundo los Reyes Católicos, sino la maldición, esa cosa turbia, pegajosa, lovecraftiana, por culpa de la cual los dueños de este edificio, incluso los candidatos a serlo, fallecen de muerte accidental o violenta.
Insisto, tal es mi deber como corresponsal y como compatriota, en que sea prudente, y más si posee un infalible olfato inmobiliario. Ca´Dario puede ser una tentación irresistible pues se trata de un inmueble encantador, bello y mortífero como una mujer fatal. No se preocupe por encontrarlo, él le encontrará a usted. Además, no hay pérdida posible. Siguiendo la orilla de la Iglesia de la Salute en dirección al puente de Rialto es la décima casa; dos más y estará en un lugar archiconocido, el museo Peggy Guggenheim. El edificio de cuatro plantas con arcadas posee una fachada renacentista inconfundiblemente veneciana, obra de Pietro Lombardo, en la que abundan los mármoles polícromos encastrados en piedra de Istria, y un tejado poblado de chimeneas con forma de cáliz iguales a las que puede observar en los cuadros de Bastiani o Carpaccio. Es, además, el único inmueble de esa parte del Canal que parece tambalearse en sus cimientos, y eso que fue restaurado hace dos siglos por un amigo de Ruskin, el malogrado Rawdon Brown.
El nombre le viene a la casa del propietario que a finales del siglo XV mandó hacer la fachada. Una inscripción lo recuerda: “genio urbis ioannes darius”. Los Dario no eran una gran familia veneciana. Ni siquiera eran patricios. Giovanni alcanzó notoriedad como diplomático. En el hermosísimo libro que dedicó Vittorio Sgarbi al inmueble —un libro que le agradará por su lujosa factura y su precio escandaloso- se dice que Giovanni fue recompensado largamente por sus servicios y que él, en justa compensación, decidió construir una casa acorde con el espíritu de la ciudad, una ciudad donde “belleza y potencia no son privilegios, sino bienes comunes”.
Ca´Dario es un palacio hermosísimo, pero desde que Giovanni dejó este mundo no ha parado de matar. Las muertes comenzaron cuando los Barbaro, conocida familia patricia con la que emparentó la hija de Giovanni Dario, se convirtieron en propietarios. El primero en sentir la maldad de estas piedras fue Giacomo Barbaro, asesinado en Creta mientras desempeñaba el cargo de gobernador. A partir de ese momento, una sucesión de calamidades convenció a los propietarios de que lo mejor que podían hacer era vender. El comprador, un rico mercader de diamantes armenio, Arbit Abdoll, pronto comprobó la verosimilitud del rumor que corría por Venecia. De la noche a la mañana perdió todo lo que tenía y contrajo una rara enfermedad que alargó su agonía atrozmente. La leyenda de que la casa estaba maldita retrajo entonces a los
compradores hasta el punto de que durante mucho tiempo nadie quiso vivir en ella. Cuando el rumor empezaba a borrarse, a principios del XIX, Rawdon Brown, el amigo de Ruskin, decidió restaurarla y vivir en ella, cosa que hizo durante cuatro años, el período que tardó en perder la cabeza y suicidarse.
Son más, muchos más los casos de muertes accidentales o violentas protagonizadas por los dueños de ca´Dario, pero para limitarnos al último siglo recordaré que ha pertenecido al magnate Charles Briggs, el cual tuvo que huir de Italia por un escándalo de homosexualidad y cuyo amante se suicidó muy poco después en Méjico; al conde Filippo Giordano delle Lanze, también homosexual, que fue asesinado en el palacio por su amante; a Cristopher Lambert, manager de The Who, y propietario de ca´Dario hasta su 1981, año en que se mató cayéndose por una escaleras; a Fabrizio Ferrari, opulento empresario que se vino a pique justo después de comprar ca´Dario y cuya hija, que vivía allí con él, apareció muerta y desnuda en una carretera del continente al lado de su coche; y el también rico Raul Gardini, quien se quitó la vida de un tiro (otros barajan la posibilidad de que un enmascarado lo hiciera por él) tras verse envuelto en varios juicios por corrupción. Por si fuera poco, le diré que Mario del Monaco, el conocido tenor, renunció a comprar el palacio cuando, nada más comenzar las negociaciones, sufrió un gravísimo accidente de tráfico.
Hoy nadie sabe a ciencia cierta quién es el propietario. Se habla de una multinacional americana a la que la crisis estaría golpeando con fuerza. Da igual, con el dinero del que usted dispone, no tiene ninguna necesidad de poseer casa en Venecia. Basta con alojarse en un sitio digno. Pruebe enfrente con el Gritti Palace, un hotel como Dios manda, fastuoso, carísimo y con mucha más historia que ca´Dario. Pero esta ya se la contaré en otro momento, hoy puede conformarse con haberse librado de la maldición.




