Columna Salomónica
El bucintoro
Durante cinco siglos —desde 1311, fecha en que se construyó, hasta 1797, año en que las tropas napoleónicas desbarataron bárbaramente el último modelo-, el Bucintoro, la lujosísima galera que los dogos de Venecia utilizaban para desplazarse por su laguna, fue la más magnífica embarcación del mundo, una obra de arte flotante.
Podemos hacernos una idea de su porte majestuoso contemplando los cuadros de los pintores venecianos, pero la descripción más exhaustiva que conservamos de ella es la que ofreció Giustina Renier en su libro El origen de las fiestas venecianas.
Giustina, una de las intelectuales más sobresalientes de su época, conocía bien el barco porque, como sobrina del penúltimo dogo de la República, navegó en él muchas veces. Su descripción, a un tiempo entusiasta y nostálgica (no en vano vivió lo bastante como para participar de la gloria de Venecia y de su ruina) no se deja, sin embargo, resumir. La suntuosidad de los ornamentos, la exuberancia del mobiliario y la profusión de estatuas que abarrotaban la nave son incompatibles con la brevedad de un artículo de periódico.
Aunque las guías contemporáneas dicen que el nombre de Bucintoro proviene del veneciano buzino d´oro, barco de oro, Giustina Renier propuso dos etimologías más verosímiles: Ducentorum (que es como aparece citado por primera vez en las actas del Senado veneciano, en alusión a los doscientos remeros que lo ponían en movimiento), o Bicentauro (que es como lo llamaron los eruditos por ser el doble de grande que la nave Centauro, de la que habla Virgilio en los juegos fúnebres celebrados por Eneas en honor de su padre).
Pese a enarbolar la bandera de la Ilustración, o precisamente a causa de ello, las tropas napoleónicas, felices de abatir un estado que se remontaba a las invasiones de los bárbaros, se ensañaron con la mítica nave cuando conquistaron la ciudad, despiezándola como una vulgar joya. No fue la única tropelía que cometieron. Cumplían así, en parte al menos, lo que prometió Napoleón a los embajadores de la República. “Seré un Atila para Venecia”.
Un grupo de venecianos, movidos, según dicen, por el orgullo y la locura, se han propuesto ahora reconstruir la embarcación ducal tal como era. La cosa es, además de carísima, absurda, pero tiene su gracia y yo, como republicano devoto (de la Serenísima República, naturalmente) me sumo con entusiasmo a la iniciativa. Puestos a convertir la ciudad en parque temático, un proceso ya tan adelantado que no hay quien lo detenga, lo mejor tal vez sea llevarlo hasta el final. Sin duda, resultará un buen negocio y si, como dice un amigo, la causa del hundimiento de Venecia es el peso de los turistas, la visita a esta nueva atracción aliviará parcialmente su imparable declive.
Lo mejor, de todos modos, ha sido la ocurrencia de pedir a Francia que sufrague parte de los gastos. A los venecianos nunca les faltó sentido del humor. El gobierno galo ha respondido, como era previsible, con el socorrido silencio administrativo. Las deudas históricas jamás se pagan. ¿Y si los venecianos, puestos a pedir, aprovecharan también para reclamar la devolución, por ejemplo, de una de las joyas del Louvre, las Bodas de Canaá, del Veronés, robada por Bonaparte?
La mayor parte de los museos de Europa son lo que son, templos del arte, y son también, aunque esto no se dice, depósitos donde se guardan antiguos botines de guerra, orgullo de las naciones. Reflejan una historia que consideramos superada, pero aunque sea en detrimento de ese mismo arte que preservan, nadie está dispuesto a renunciar a ellos. Evidentemente, hace mucho que pasó la hora de hacer cuentas con estas cosas, pero, contagiado por la locura de los venecianos, me voy a permitir hoy el capricho de desvariar también un poco. Lo diré sin circunloquios: creo que si hay en el mundo una pintura merecedora de volver a su lugar original es precisamente las Bodas de Canaá. Lo justifica, por un lado, el hecho de que el entorno para el que fue concebida se haya conservado intacto y, por otra, el que no exista otro lugar en Europa donde se conjuguen tan perfectamente las diversas fases de nuestra historia común.
Las Bodas fueron hechas para el refectorio del monasterio de los benedictinos de la isla de San Giorgio Maggiore. Desde allí pueden contemplarse el palacio ducal, gloria del gótico, la plaza de San Marcos, compendio de todas las corrientes artísticas desde el siglo X hasta el siglo XVI o la Basílica de la Salute, magno testimonio del arte barroco. El refectorio, como la iglesia de San Giorgio, fue diseñado por uno de los más geniales arquitectos de todos los tiempos, Andrea Palladio, de quien conmemoramos este año su quinientos aniversario. Cada uno de estos edificios, maravillosamente conservados con la ayuda de instituciones públicas y privadas de todo el mundo, guarda una multitud de pinturas y esculturas excelsas. Falta sólo una, un cuadro gigantesco que durante varios siglos fue considerado la obra más bella de la pintura occidental. Su ausencia no resta un ápice de perfección al conjunto, mas para quienes conocen la historia de su robo, es una herida que no cesa de manar.
¿Imaginan ustedes un homenaje más alto a la idea de Europa, una demostración más noble de que hay algo por encima de las fronteras nacionales que aún nos separan, que devolver por amor al arte, por amor a la cultura europea, esta obra al lugar del que nunca debió salir?




