Concha D’Olhaberriague

Concha D’Olhaberriague

Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.

Todos los artículos de Concha D’Olhaberriague

PORTADA » opinión

In Itinere

Etruria. Fin de viaje

20-07-2010

imprima esta noticia ENVIAR O COMPARTIR ENLACE

Los viajes de placer comienzan con los preliminares y se saborean, de forma especial, una vez concluidos, cuando los recuerdos fecundan la evocación, las tonalidades se matizan y las imágenes se ordenan según una jerarquía no prevista y un tanto veleidosa. La distancia esclarece, entonces, las vivencias y las enriquece en un proceso abierto.

Al margen del recuerdo perdurable dejamos, de inmediato, minucias tales como el incordiante paso por el aeropuerto, la prolongación habitual de las esperas o el exiguo espacio disponible en los asientos y lugares comunes del avión.

Otros acontecimientos externos nos invaden y apabullan. No es fácil sustraerse a la alteración de las gentes que en Roma, estación final del itinerario, celebran la victoria futbolera de España con frenesí dionisíaco.

De regreso, se renueva la certeza de que ciertas culturas no mueren, y si alguien piensa lo contrario, yo le recomiendo que se pasee por la tarde, al romper el crepúsculo, por alguno de los parajes arqueológicos de los etruscos, y que visite, luego, los museos con el fin de reponer, visualmente, en su enclave primigenio los tesoros desgajados.

Con todo, ya nos hemos hecho a contemplar el sarcófago de los esposos, la estampa más repetida de la civilización tirrena, en el lugar de preferencia que le han asignado con gran acierto en el museo romano de Villa Giulia.

Allí luce en toda su magnificencia el tono cobrizo de la terracota y los rostros de ojos almendrados y sonrisa arcaica, él con barba indicadora de su provecta edad, y ella con trenzas cuidadosamente labradas, hablando ambos con sus manos un lenguaje gestual más indescifrable que el escrito con letras prestadas por los griegos de Calcídica.

No sabemos si su vida en común fue dichosa o atribulada. La idealización de época clásica realza, ante todo, su condición principesca.
Al artista no le preocupó moldear los cuerpos, tapados por el manto encubridor. Así, fijamos nuestra atención en los torsos que se tocan, los brazos entrelazados y la expresión plácida de las caras.

Muy duchos y eficaces seguían siendo los adivinos etruscos en el siglo I a. de Cristo, nos cuenta, una centuria más tarde, el cordobés Lucano, víctima de Nerón al igual que su tío Séneca, en la Farsalia, epopeya que narra las guerras más que civiles (plus quam civilia) entre César y Pompeyo.

Para entonces ya casi era imperial la ciudad de Roma a donde los llamaron con urgencia. Prodigios nunca vistos empavorecían a los ciudadanos del pueblo sojuzgador de sus antepasados y nadie si no ellos era capaz de interpretarlos.

Escritores y artistas de otras épocas menos pretéritas han plasmado en sus obras reflejos de la vieja civilización itálica prerromana.
Volví a pasear por el Bosque de los Monstruos, cerca de Viterbo y rememoro, maquinalmente, la exuberante novela Bomarzo del argentino Manuel Mujica Láinez y la belleza de su prosa.

Sirvan, pues, de colofón a mi recorrido etrusco las palabras del desdichado noble del Renacimiento, protagonista del libro:

“A veces pienso que en el fondo de mi personalidad sobrevivieron rasgos de esa gente primitiva del lugar, tan poética, tan melancólica, tan lúbrica y sanguinaria, tan capaz de tratar con los demonios como de místicos raptos de loco lirismo, porque Bomarzo estaba saturado de su magia incógnita, fascinante, y las noches de luna, cuando yo salía, adolescente, a caballo, a recorrer el montuoso dominio, sentía encresparse en la lobreguez de los senderos formas que brotaban tal vez de las cavernas… “







enlaces patrocinados