Concha D’Olhaberriague

Concha D’Olhaberriague

Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.

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Hedda Gabler y el mal del siglo

02-02-2010

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La compañía portuguesa del Dramax de Oeiras, localidad lisboeta entre Sintra y Cascais, acaba de pasar por Madrid con una digna versión de Hedda Gabler del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, interpretada por Sofia Alves bajo la dirección de Celso Cleto, su marido.

En los últimos años retorna este drama de Ibsen a las carteleras como si un público reducido y entusiasta lo estuviera aguardando aquí y allá. La muy aficionada Buenos Aires lo acoge con aplauso de forma recurrente.

Hedda no es la Nora resuelta de Casa de muñecas; con ella tiene en común tan sólo su condición de malcasada. Apresadas en la ratonera de un hogar que contrasta de forma violenta con las ideas que sobre el matrimonio se habían forjado, encarnan, no obstante, dos tipos femeninos dispares. La hija del general Gabler está afectada por el mal del siglo, ese morbo nacido del vendaval que golpea las conciencias a fines del XIX, cuando los valores y las creencias se tambalean irradiando fatiga y desazón vital en hombres y mujeres.

En lugar de buscar la fractura para salir a su través y soltar vínculos —recuérdese la imagen de Nora dejando el anillo conyugal antes de partir- Hedda juega con las pistolas de su padre difunto cuyo retrato preside la estancia principal de la casa, como si fuera una niña traviesa que se divierte asustando a quienes la rodean, y ese gesto suyo resultará más tarde premonitorio.

Su esposo, el historiador Tesman, protegido por dos mujeres mayores, una tía y una criada de siempre, vive absorbido por su profesión. Brack, un viejo amigo de la pareja, intenta seducir a Hedda, y, tras la negativa de ella, recurre al chantaje.

Llega a la ciudad Lovberg, un antiguo novio de la protagonista y amigo de Tesman, curado del alcoholismo y eufórico por la próxima publicación de su libro. Otra mujer, casada, atrae su atención, pero el manuscrito cae en manos de Hedda; y lo destruye con un cierto regodeo; al fin ha encontrado algún quehacer con sentido. Sin embargo, el alivio que le reporta es fugaz y, enredada entre la abulia, las traiciones y el desamor, su psique quebrada opta por el suicidio valiéndose del arma paterna con la que primero causó pavor a los visitantes.

Casa de muñecas y Hedda Gabler fueron acompañadas de un estrepitoso escándalo cuando se estrenaron. Los filisteos, que decía Kart Marx, reprochaban acremente lo que hacía Nora. De Hedda les incomodoba cómo era. La prensa noruega acusó al dramaturgo de haber creado un tipo de mujer inexistente. Se rumoreó que el personaje estaba inspirado en Lou Andreas- Salomé, quien, a su vez, dedicó un estudio a los personajes femeninos de Henrik Ibsen.

Ahora, tengo la impresión de que Hedda es una pieza y una heroína más redonda, matizada y atractiva que Casa de muñecas y su protagonista Nora, emblema de las sufragistas.







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