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Editorial

La secesión de Cataluña

02-09-2012

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La pretensión de un pacto fiscal entre Cataluña y el resto de España exigido por Artur Mas ha producido un efecto sumamente negativo…para Cataluña: la rebaja de calificación de su deuda pública por parte de Standard & Poor’s al nivel de bonos basura. Y es que en una coyuntura económica tan sumamente complicada -ayer se hacía efectiva la subida del IVA en España, donde a fecha actual el déficit ya rebasa lo permitido por Bruselas para todo 2012-, este tipo de veleidades secesionistas se digieren muy mal.

El propio presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, era claro en este sentido: de acuerdo con el artículo 20 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea -TFUE-, en caso de secesión, los ciudadanos del nuevo país perderían su nacionalidad europea. Si eso es lo que quiere el nacionalismo, ha de tener bien presente cuáles son las consecuencias de sus actos. En general, los nacionalistas —todos, también los catalanes- suelen hacer sus cálculos en clave contrafactual. A saber: yo me independizo, pero los demás, no. Todo sigue igual. Pues bien, las cosas no son así. El problema, es que la realidad no se comporta de esa manera. Nada sigue igual. A una acción —por ejemplo, la secesión- sigue una reacción en cadena en todos los ámbitos.

El tripartito dejó las finanzas catalanas en un estado ruinoso. Las primeras medidas implementadas por el ejecutivo de Artur Mas fueron tan impopulares como necesarias. Además, sus responsables dieron la cara en todo momento y explicaron a sus conciudadanos porqué hacían lo que hacían; algo, por lo demás, digno de alabar. Pero parece que CIU ha abandonado la senda del sentido común y se adentra cada vez más en una deriva secesionista que, como se ve, no conduce a nada bueno. Y desde luego, no es inestabilidad ni aventura alguna de esta índole lo que ahora necesita Cataluña.







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