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Contrastes (políticas del rencor)

Luis de la Corte Ibáñez
domingo 09 de noviembre de 2008, 20:14h
Querido lector, hagámonos la siguiente composición de lugar y tiempo: un país llamado España, noche de elecciones generales. Una vez conocidos los resultados electorales el candidato vencido se dirige a sus partidarios y a la nación para admitir su derrota. Comienza el discurso:

“He tenido el honor de llamar al nuevo presidente electo para felicitarle. Su éxito merece todo mi respeto, él ha inspirado la confianza de muchos españoles en estas elecciones, (…) le admiro, (…) estoy convencido de que España ofrece oportunidades para todos los que perseveran y el presidente recién salido de las urnas también lo cree (…) ha conseguido mucho para él y para su país … le brindo toda mi ayuda ante los grandes retos que tenemos por delante. Insto a todos los españoles que me han apoyado a que ofrezcan a nuestro Presidente su buena voluntad y su compromiso para conseguir la prosperidad, y que nuestros hijos y nietos se encuentren un país mejor que el que nosotros heredamos. Independientemente de nuestras diferencias somos españoles, y créanme si les digo que esto es lo más importante”.

¿Se lo imaginan? De momento, yo no. Interpretadas en el contexto de nuestro país las anteriores palabras resultan inverosímiles. Sin embargo, la declaración que acaban de leer no es totalmente ficticia puesto que ha sido fabricada a partir de un discurso real y reciente. Con leves modificaciones, he readaptado el mensaje pronunciado por el candidato republicano John McCain tras haberse confirmado la victoria de su rival, el magnético y aún enigmático Barak Obama. Al conocer ese mensaje he sentido cierta envidia, o más bien una admiración profunda por el pueblo estadounidense. Asumo, en consecuencia, que esas palabras de McCain son sinceras (¿por qué no iban a serlo una vez acabada su aventura?), que reflejan una cultura política capaz de combinar el entusiasmo por las propias preferencias partidistas con un inmenso sentimiento de lealtad a la patria y de unidad nacional. Como cualquier otro pueblo, el estadounidense tendrá sus defectos pero da la impresión de que el resentimiento no está entre ellos. A mi modo de ver, ello contrasta con las sensaciones frecuentemente provocadas por el seguimiento de la vida política española, tan lastrada de rencores, unos viejos (y que algunos se afanan en resucitar a cada momento) o incluso arcaicos (nacionalismos y regionalismos varios) y hasta violentos (ETA); otros recientes, del día a día: ideológicos y partidistas o internos a los mismos partidos políticos. Por supuesto, todos estos rencores resultan fratricidas y son perjudiciales para el buen gobierno de España y la prosperidad de sus ciudadanos. Como el antiamericanismo también se cuenta entre nuestros vicios nos cuesta ver que en esto, como en tantas otras cosas, aún hay mucho que aprender de los Estados Unidos, y ello por mucho que no gusten otras facetas de ese país o ciertas decisiones y políticas de sus gobiernos.

¿Para cuando una cultura política española basada en la lealtad y el interés por lo común? ¿es ingenuo este deseo? A muchos se lo parecerá (a mi mismo en diversos momentos). Se podría pensar que los intereses de los partidos, las pasiones futbolísticas que estos despiertan en buena parte de la población española y el comportamiento de unos u otros líderes hacen imposible una vida política sin rencor. Me temo que soy lo bastante escéptico como para respaldar esta opinión si se trata de juzgar el momento presente. La cuestión es si resulta demasiado inocente o sencillamente absurdo pretender un cambio a ese respecto. ¿Acaso es imposible gobernar y perseguir la continuidad en el poder sin insultar ni difamar a la oposición por sistema y sin interrupción, sin buscar su aislamiento (cordones sanitarios y demás), sin negarse a cooperar (que no a demandar ciega sumisión u obediencia) en asuntos de máxima necesidad y riesgo? ¿Es que resulta imposible ejercer una oposición tenaz sin extraviar el sentido de Estado, sin dejarse dominar por el resentimiento derivado de las propias derrotas políticas, resistiéndose como gato panza arriba a admitir y corregir los propios errores del pasado? Por supuesto, nuestra clase política no querrá reconocer esos vicios de otra forma que no pase por atribuirlos en exclusiva al adversario. Pero la incapacidad para dominar los propios resentimientos y la tentación de agitar rencores para preservar el poder o para arrebatarlo al adversario son problemas reincidentes que enturbian la vida política española una y otra vez. Los ejemplos están a la vista: una izquierda (tanto el PSOE como IU) que a estas alturas de la historia continua haciendo de la estigmatización del centro derecha (del PP y de los ciudadanos que simpatizan con ese partido) su principal estrategia política (tanto en la oposición como en el poder el discurso siempre se repite: la derecha es extrema derecha y siempre tiene la culpa; ¿de qué?... de todo); un centro derecha abundante de luchas internas, incapaz de cerrar filas en torno a un líder y un proyecto político común, en parte como consecuencia del rencor suscitado por una infausta derrota electoral producida hace más de cuatro años; y, lo pero de todo, un enjambre de facciones y partidos nacionalistas que sólo pueden vivir (y lo saben) mientras sigan alentado la envidia o incluso el odio a España y sus instituciones. En suma, políticas fundadas en el rencor o atravesadas por el resentimiento. ¿Exagero? Seguramente. Pero al conocer hace algunas horas el elegante modo en que McCain asumía su derrota frente al nuevo presidente de Estados Unidos no puedo desprenderme de esta profunda impresión de contraste.
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