Justicia
sábado 07 de junio de 2008, 17:56h
La semana pasada, mientras redactaba mi hoja dominical, tuve que abrir la Iconología de Cesare Ripa para buscar una cita y, como tantas otras veces, me quedé.
Fue un rato agradable. La Iconología de Ripa es un filón para quien se interesa por el significado de las imágenes. E. Mâle dijo que, con ella en la mano, pueden ser explicadas la mayor parte de las alegorías que adornan los palacios e iglesias de Roma, lo que es tanto como decir de toda Europa. Adentrarse en sus páginas constituye una experiencia similar a la de pasear por un jardín maravilloso, un jardín lleno de plácidos rincones y senderos magníficos que se bifurcan sin cesar.
Cesare Ripa nació en Perugia en 1560. Treinta y tres años más tarde, publicó en Roma la obra que le dio fama, un texto que, según dice, escribió a ratos muertos, mientras servía como mayordomo en la casa del cardenal Salviati. No debía ser una ocupación excesivamente dura la suya porque la obra rebasa las mil páginas y presupone una cantidad de lecturas realmente formidable.
El propósito de Ripa era sistematizar el estudio de las imágenes a fin de comprender su significación oculta y, al mismo tiempo, suministrar a los artistas las referencias necesarias para componer otras nuevas que pudieran ser descifradas por cualquier espectador informado. Aunque la obra no dejó de ejercer una vasta influencia hasta el siglo XIX, el camino tomado por el arte a partir de esas fechas la condenó al olvido, un olvido del que ha salido poco a poco a lo largo del siglo XX gracias a Warburg, Wind, Panofsky y otros historiadores egregios.
Aunque todavía en nuestro mundo perviven los viejos iconos –amor sigue representándose como un chiquillo con los ojos vendados que lanza sus flechas al buen tuntún, la paz como una paloma que porta una rama de olivo en el pico, etc.-, su número ha menguado muchísimo. Lejos de lo que se supone, las imágenes, transformadas por obra de la técnica en atmósfera, un bombardeo incesante cuyo objetivo no es despertar la mente, sino captar momentáneamente la abotargada atención del espectador, han perdido gran parte del peso que tuvieron antaño. Basta con fijarse en el modo en que han ido simplificándose para constatarlo.
Ahora, cuando se quiere decir algo sobre el horror, por ejemplo, no se recurre a una imagen alegórica, sino que se opta por mostrarlo en toda su crudeza, directamente. ¿Para qué una metáfora si podemos ofrecer escenas de un campo de concentración? Incluso los artistas, de los que habría quizá que esperar otra cosa, eligen este camino. Desconozco la razón por la que sucede así, pero se diría que hemos adoptado el lenguaje de aquellos sabios de Swift que, para evitar imprecisiones, se comunicaban entre sí por medio de cosas, no de conceptos. Una engorrosa sobriedad, sin duda. El problema de este procedimiento es que, llegado cierto punto, hasta el horror deja de horrorizar. Se convierte en algo cotidiano, tan cotidiano que apenas alcanza a conmovernos. Ustedes lo saben igual que yo. No son sólo las palabras las que han perdido valor en nuestra época. También las imágenes cotizan a la baja, algo que, por cierto, beneficia a los especuladores, sean publicistas o demagogos, con perdón de la redundancia.
Pero me he ido por las ramas. Discúlpenme. Les hablaba del libro de Ripa a fin de contarles lo que se me pasó por la cabeza mientras hojeaba el epígrafe consagrado a la representación de la justicia. Circulan hoy tantos rumores sobre su pésimo funcionamiento –algo gravísimo, porque no es la existencia de la ley, sino el respeto de la ley, lo que hace que un estado de derecho lo sea- que sentí curiosidad por ver de qué modo la imaginaban nuestros abuelos. Desdichadamente, Ripa no incluyó en este caso ninguna estampa, se limitó a describirla. “Mujer con la espada en alto que ha de llevar además una corona regia y también una balanza. A uno de sus lados se ha de pintar un can, símbolo que es de la amistad, y en el otro una sierpe, que por el odio se pone”. ¿Y la venda cubriendo los ojos? –me pregunté sorprendido por la ausencia de este detalle. Ripa aclara la cuestión: los ojos vendados son un atributo de la justicia humana, la cual, a diferencia de la divina, necesita precaverse de los sentidos, adversarios de la razón.
La introducción de la venda es, según parece, cosa moderna. Hasta el siglo XVI la Justicia tuvo siempre los ojos muy abiertos. Un ejemplo, la célebre alegoría de Venecia en la forma de la Justicia que se exhibe en una de los medallones de las columnas exteriores del palacio de los dogos, obra de Filippo Calendario. Se trata de una representación peculiar. En vez de la balanza, un rollo que contiene la ley, en vez del perro y la sierpe, la ira y la soberbia, encarnada por un caballero armado con orejas de burro saliendo del yelmo.
¿Por qué se consideró preciso vendar en cierto momento los ojos de la Justicia? La respuesta es sencilla: por lo mismo que nosotros deberíamos sustituir su juvenil espada por un renqueante bastón.