Iván Gil Merino

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IVÁN GIL MERINO es periodista y master en comunicación política y corporativa.

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Krinomenon

La libertad inviolable

10-12-2009

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Hay una película, que yo no he visto, pero que recuerdo haber oído en la clase de un gran profesor como ejemplo de los límites inquebrantables del ser humano: Un cowboy —seguramente John Wayne- está tratando de explicar a otro jinete por qué no debe disparar a los indios por la espalda y le dice: “Mira, si tú no lo sabes, no tiene sentido que yo te lo explique”.

Desgraciadamente, aún son muchos los que, refugiados en una concepción falsa y maniquea del ejercicio de gobierno, continúan disparando a nuestra espalda. Quizás no tenga sentido que le expliquemos a Zapatero y su gobierno por qué no debe de restringir internet, por qué estamos en contra de que el poder público tutele intereses privados, por qué una Comisión creada expresamente para ello no puede decidir cerrar páginas web sin ningún procedimiento judicial; quizás no, pero seguramente, si callamos, pueden creer que nos han engañado y vencido finalmente.

El gobierno se quiere erigir como juez y parte de un conflicto moral en el que parece más preocupado por sacar rédito económico y político que por encontrar una solución justa. No se trata solamente del intercambio en internet, ni de pagar un canon; no, hablamos de la propiedad de las ideas y de la libertad de expandirlas y compartirlas. Aquellos que digan que el derecho a reproducir una canción reviste un interés meramente patrimonial miente. Es un derecho moral, un privilegio que el autor brinda a una audiencia indeterminada. Un privilegio del que él mismo ha disfrutado y que, posiblemente haya contribuido a la creación de su propia obra.

El derecho a decidir la divulgación de una obra es una decisión personalísima del autor, la determinación de dar a conocer sus ideas y difundirlas. Es un acto que debe ser respetado, pero una vez que abandona esta esfera de privacidad, son muchas las ocasiones en que esta obra puede ser utilizada —para una copia de uso privado, o para la ilustración de una noticia de máxima actualidad, por ejemplo-.

El carácter propio de la Cultura no se centra en la explotación privada de ideas. Así como el gobierno y sus instituciones surgen para “proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones” (artículo 1 de la Constitución), la Cultura no nace para ser usada solamente por los que puedan pagarla. Creo que esto es un hecho evidente, y si un gobierno que se dice progresista esté cuestionándolo, poniéndose del lado de aquellos que quieren privar de esta libertad al resto, da una idea del tipo de sujetos que cabalgan a nuestro lado. No solamente hay qué explicarles por qué no se debe disparar por la espalda a los indios. También deberemos explicarles por qué no deben dispararnos a nosotros, los que estamos —supuestamente- representados por ellos.

Hay muchos hechos preocupantes en este anteproyecto de ley de Economía Sostenible —partiendo de lo irónico del nombre, especialmente cuando se dirige a una Economía que no se sostiene de ninguna forma-. La creación de una Comisión de Propiedad Intelectual en el Ministerio de Cultura, con un poder injustificado para señalar culpables y cerrar páginas, supone una flagrante colisión a nuestro sistema judicial y un peligroso precedente.

Como si de un personaje de Kafka se tratara, los ciudadanos hoy nos encontramos ante el riesgo de ser perseguidos por un tribunal de notables ciudadanos cuya máxima característica es carecer de cualquier atributo judicial; un jurado que decide lo que está bien y lo que puede ser clausurado. No es, desgraciadamente, la primera vez que se recortan las libertades de los ciudadanos en internet. Con el gobierno socialista ha nacido un nuevo término jurídico: la presunción de culpabilidad. No solamente tenemos que pagar por adelantado un canon por utilizar un cd, un teléfono móvil o cualquier otro dispositivo electrónico, sino que alguien decidirá si las páginas que visitamos son legales o no.

Las ideas son patrimonio de la Humanidad. Tratar de vedar, cerrar socialmente un proyecto artístico como si fuera un producto está fuera de toda lógica. Es propio de seres desprovistos de ideas y personalidad. Se esconden en la tendenciosa imposición de una sociedad cerrada, porque temen las ideas de los demás. Si permitimos que sus infamias prosperen, ni mi profesor me podría haber contado el diálogo con el que comienza este artículo ni yo podría habérselo contado a ustedes.

La libertad en la Red, como reza el manifiesto de internet de 7 de septiembre de 2009, es inviolable. Si el gobierno no es capaz de comprender esto, sino es capaz de sobreponerlo a sus propios intereses particulares, debe abandonar su tarea de inmediato, porque, como dijo Albert Camus, “si el hombre fracasa en conciliar libertad y justicia, fracasa en todo.”







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