José Manuel Cuenca Toribio
JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO es Catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba.
tribuna
Un Rey de España
En tiempos desapacibles en España para la institución monárquica así como para el porvenir de Europa evocar la figura de uno de los gobernantes que más creyeron en las virtualidades de ambas es tal vez un deber de memoria. D. Gregorio Marañón, más creyente en la segunda que en la primera, estudioso sagaz de los reinados del hijo y biznieto del César Carlos, sintetizó así, en una de aquellas fórmulas lapidarias por las que quizá mostró excesiva inclinación, el sentimiento provocado por los distintos monarcas de la Casa de Austria: “De los cinco Austrias, Carlos I inspira entusiasmo; Felipe II, respeto; Felipe III, indiferencia; Felipe IV, simpatía, y Carlos II, lástima”. Definición exacta, desde luego, que invita a reflexionar aquí y ahora sobre el iniciador de aquella dinastía imperial, vista en un comienzo como extraña al ser del país e identificada muy pronto con su personalidad histórica más profunda, merced en gran medida a la inmediata “españolización” del nieto flamenco de los Reyes Católicos, como gustaba de subrayar sin temor al cansancio D. Ramón Menéndez Pidal, varón egregio en letras y virtudes.
Todo o casi todo llama a la admiración en el carácter y, en especial, en la trayectoria del primogénito de Felipe el “Hermoso” y D ª Juana la “Loca”. Soldado, connaisseur del arte y admirador de pintores y escritores, dotado envidiablemente para captar la sensibilidad de su tiempo, de sus hombres y mujeres en cancillerías, mesones y campos de batalla, fue por encima de todo señor de sí mismo. Político de raza y educación, soberano de dos mundos, no dejó, sin embargo, en ningún momento que el Poder hiciera de torcedor de su existencia, sobrenadando siempre sobre circunstancias y avatares su yo más profundo e íntimo. Mucho antes de que tuviese lugar -1556- la solemne abdicación bruselense —ejemplo impar en las grandes Casas europeas (ante el cual la abdicación de Felipe V en Luis I no pasaría de ser una anécdota)-, Carlos V ofreció varias muestras de su irrenunciabilidad a los ideales y fueros de su carácter y psicología. Cumplidor hasta la extenuación de sus deberes de estado, logró compatibilizarlos con los sentimientos de amor y amistad que profesara, v. gr., a su idolatrada esposa Isabel de Portugal y a Garcilaso de la Vega. Fue siempre y ante todo un hombre; y así lo advirtieron, por ejemplo, las gentes de sus Tercios y sus colaboradores en los despachos del Poder desde los que se ordenaban y regulaban horizontes hasta entonces inéditos en el despliegue de la historia.
Tanto la monarquía española como la Europa del tiempo presente requieren para su buena marcha y el afrontamiento de envites de la magnitud de los que hoy las sacuden, volver de vez en cuando la mirada a la acción y a la fe que modelaron el mandato de Carlos I. Su empeño denodado por preservar de cualesquiera peligros la unidad esencial del Viejo Continente en torno a la Universitas Christiana, de igual manera que su límpido e inteligente ejercicio del poder son lecciones de historia de repaso permanente, provechosas en todo momento, de forma particular, en épocas desnortadas o enflaquecidas moralmente. La suerte de la Corona española y la del futuro europeo no están echadas en el mismo tablero; pero en la especial coyuntura hispana de 2012, ambas descubren más de un extremo en común. La serenidad a la hora de emitir los respectivos juicios acerca de su porvenir, la ponderación detenida de sus hojas de servicios y la revisita de su pasado son, sin género de dudas, puntos en los ha de demorarse la apresurada atención de una ciudadanía demasiado angustiada antes de adoptar una actitud resuelta cara al porvenir inmediato en materias claves para su convivencia.




