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TRIBUNA

Antisemitismo de izquierdas

Cada uno es hijo de sus obras y sus pecados. A raíz de la crisis económica que empezó en 2007, con sus trágicas consecuencias sobre el empleo, la vivienda y la paz social, abandoné el terreno de la moderación y me adentré en las catacumbas de la izquierda radical. Ese desatino me enseñó muchas cosas. Al margen de la exaltación del marxismo o el anarquismo como doctrinas proféticas y salvíficas que conducirían a la humanidad a un inenarrable paraíso, descubrí que el antisemitismo se hallaba profundamente arraigado entre los que se proclamaban chavistas, guevaristas, castristas, estalinistas o abertzales. En el homenaje a Hugo Chávez celebrado en abril de 2013 en el Auditorio Marcelino Camacho, sede central de CCOO, uno de los ponentes aludió al conflicto palestino-israelí y de inmediato se escucharon exabruptos antisemitas. Los insultos no se referían al gobierno de Israel, cuya política en Gaza y Cisjordania es perfectamente criticable, sino al pueblo judío. Algunos energúmenos chillaban: “¡Judíos, judíos!”, como si la expresión constituyera en sí misma algo vergonzoso e infamante. Aparte de preguntarme qué hacía yo en medio de semejante insensatez, recordé los pogromos que se produjeron en distintos países europeos a finales del siglo XIX. Esas matanzas crearon un clima favorable para la Shoah, posibilitando que Hitler y sus secuaces exterminaran a seis millones de judíos, muchas veces con la complicidad o la indiferencia de las naciones invadidas. No olvido al resto de las víctimas (eslavos, gitanos, discapacitados, homosexuales y otras minorías supuestamente indeseables) ni minimizó el horror de Hiroshima y Nagasaki. Los campos de exterminio y las bombas atómicas han pasado a la historia como ejemplos de extrema inhumanidad, inspirando un nuevo imperativo moral: “Que no se repita”. Escuchar en un acto de “solidaridad internacionalista”, manifestaciones de odio contra los judíos me produjo una mezcla de estupor y espanto. Podría mentir y decir que exterioricé mi malestar, pero no es cierto. Simplemente, me callé, con ese silencio culpable que suele ser el mejor aliado de las ideologías rebosantes de odio y estupidez.

En los meses posteriores, pude comprobar que el antisemitismo no era un rasgo ocasional de la izquierda radical, sino una importante seña de identidad. De hecho, circula entre sus filas la falacia del complot judío para controlar el mundo. ¿Hay alguna prueba? Sin duda. Muchos empresarios, banqueros, intelectuales, escritores y artistas son judíos. ¿Hace falta algo más? Ese ridículo argumento convive con las tesis revisionistas que cuestionan la Shoah. No importa que el prestigioso historiador Raul Hilberg haya documentado minuciosamente el genocidio nazi en La destrucción de los judíos europeos (1961), refutando las tesis negacionistas. Cualquier panfleto puede servir para impugnar su monumental trabajo. Aún se invoca La mentira de Ulises (1950), de Paul Rassinier, para negar la existencia de cámaras de gas y de la política nazi de exterminio. De convicciones comunistas, Rassinier fue deportado a Buchenwald y Mittelbau-Dora, dos campos de trabajo y no de exterminio, donde no había cámaras de gas, pues el objetivo principal era explotar mano de obra esclava. Esa circunstancia y la falta de rigor científico de sus métodos de investigación explican sus tesis negacionistas. Saber que Karl Heinz-Priester, antiguo oficial de las SS, financió un ciclo de conferencias de Rassinier en Alemania y que el propio Rassinier publicó con pseudónimo (Jean Paul Bermont) una serie de artículos en Rivarol, una revista ultraconservadora, confirman que el autor de La mentira de Ulises pertenece al linaje espiritual de Louis-Ferdinand Céline y Pierre Drieu La Rochelle, pese a que en los últimos años de su vida transitara del comunismo al anarquismo.

El comunismo revisionista, que niega los crímenes de Stalin, y el neonazismo, que describe a Hitler como un nuevo Carlomagno, convergen en el odio a los judíos. Su antisemitismo no es puro azar, sino la constatación de que Hannah Arendt no se equivocó en Los orígenes del totalitarismo (1951), cuando estableció que el nacionalsocialismo y el estalinismo eran doctrinas básicamente similares, pues su objetivo era eliminar mediante el terror cualquier forma de oposición al poder del Estado. El estalinismo no es una aberración del marxismo-leninismo, sino su simple consumación, pues fue Stalin el que reunió a Marx y Lenin en una ideología concebida para “asaltar los cielos” y, lo que no es menos importante, conservar el poder, aniquilando cualquier brote “contrarrevolucionario”. La crisis económica no solo produce desempleo, pobreza y desesperanza, sino que empieza a afectar a la percepción de la historia. El antisemitismo regresa, pero esta vez no lo hace de la mano del neonazismo, sino de una izquierda enamorada de Stalin y la Revolución bolivariana. En 2006, Hugo Chávez –que siempre mantuvo una relación de estrecha amistad con el ex presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, furibundo antisemita y organizador de la Conferencia de Teherán, que reunió a los principales negacionistas de la Shoah- afirmó: “El mundo tiene riqueza para todos, pero algunas minorías, los descendientes de los que crucificaron a Cristo, se han quedado con toda”. La peripecia de Horst Mahler corrobora el íntimo parentesco entre las ideologías totalitarias, con independencia de los colores que adopten para enmascarar sus intenciones. Horst Mahler perteneció al núcleo fundador la RAF (Fracción del Ejército Rojo), la tristemente célebre Baader-Meinhof. Cumplió diez años por actividades terroristas. Durante su estancia en prisión, se hizo maoísta y cuando recuperó la libertad, se alineó con el neonazismo, declarando en 2004: “La destrucción de los judíos es un acto de razón…Billones de personas perdonarían a Hitler, si tan solo hubiera liquidado judíos”. Horst realizó estas declaraciones el 20 de abril, aniversario del nacimiento de Hitler. Un año después, Ahmadineyad afirmó que Israel debería “desaparecer de la página del tiempo”. En el Preámbulo de la Carta fundacional de Hamás, podemos leer algo parecido: “Israel existirá y continuará existiendo hasta que el Islam lo destruya, tal como ha borrado a otros antes”. Durante la Operación Margen Defensivo, murieron centenares de niños palestinos, una tragedia que solo un desalmado podría contemplar con indiferencia. No menos dramático fue el secuestro y asesinato de tres jóvenes israelíes en Cisjordania. Durante meses, Hamás negó su implicación, pero al final Saleh Auri, uno de sus líderes militares, admitió en una conferencia en Turquía que la “operación heroica” fue obra de las Brigadas al-Qassam. No esperaban una respuesta israelí tan contundente, pero “Alá eligió y tuvo la voluntad de encender una intensa batalla”. En los círculos de la izquierda radical, se rumoreaba que el Mosad había asesinado a los tres jóvenes judíos para intervenir en la Franja de Gaza. Algunos pensamos que podía ser cierto, pues las teorías conspirativas parecen más creíbles y seductoras que la prosaica realidad, pero cuando se confirmó la responsabilidad de Hamás, la rocambolesca hipótesis se zanjó como una probabilidad incumplida, descartando las obligadas excusas.

El antisemitismo de izquierdas es un preocupante signo de intolerancia, que revela el deterioro de nuestra convivencia democrática. No se puede construir una alternativa desde el odio y los prejuicios. Poco antes de la Operación Margen Defensivo, el Papa Francisco se reunió con los presidentes Simón Peres y Mahmud Abbas y les pidió que buscaran denodadamente la paz: “Para conseguir la paz se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia”. Creo que la actual crisis económica y social no se resolverá con populismos o radicalismos, sino con diálogo y voluntad de encuentro. El primer y urgente paso es solidarizarse con los pobres y los excluidos. El segundo es que todas las fuerzas políticas reflexionen y recuperen el espíritu de consenso, gracias al cual superamos una dictadura y nos transformamos en una democracia, con sus imperfecciones, sí, pero también con grandes logros que hoy no se reconocen.

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