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    24 de noviembre de 2014

RESEÑA

Claudia Piñeiro: Betibú

Claudia Piñeiro: Betibú. Alfaguara. Madrid, 2012. 345 páginas. 18,50 €
Al contrario de lo que suponemos, la ficción policial no es un espacio predominantemente masculino. Así lo demuestra el talento de Agatha Christie y de Patricia Highsmith, maestras del género. En lengua española tenemos autoras que incursionan en los laberintos del crimen, bien sea desde el punto de vista de una inspectora que subvierte el orden establecido, por su condición de género, como ocurre con Alicia Giménez Barlett, quien con su personaje, Petra Delicado, echa por tierra cualquier resistencia masculina en el aparato policial; o bien desde un personaje femenino que husmea como detective, a la manera de Bárbara Arenas, en Picadura mortal, de Lourdes Ortiz, quizás de las primeras novelas de este género en España.

Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960), que ha saltado a la fama con novelas como Las viudas de los jueves, Tuya, Helena lo sabe y Grietas, entre otros libros, despliega su talento narrativo y sentido del humor en Betibú. Aquí parodia a la escritora de novelas de superventas, Nurit Iscar -apodada Betibú por uno de sus amantes-, quien emprende una investigación criminal cuando el director del periódico El Tribuno le encarga la crónica de un asesinato, confiando en su olfato para desentrañar el misterio.

La novela nos sitúa en la ciudad de Buenos Aires sobre la que se nos ofrece una visión realista, en clave de crítica social, entre líneas. La autora da cuenta de la atmósfera calma de los countries, esas afueras al abrigo de la naturaleza, con circuito cerrado, cuya paz se ve alterada por un asesinato. Muchos de los personajes están ligados al periodismo lo que sirve para cuestionar el papel de los medios de comunicación, que no de información, en la actualidad. El gremio, sugiere la autora, está en crisis ante los retos que plantean Twitter, Facebook y Google, fuentes de los nuevos profesionales que desconocen la vida de las calles, como el llamado pibe de Policiales. En un punto de la investigación se encuentran el clásico comisario, los periodistas, la escritora, sus amigas, el inexperto pibe y sus hijos. Cada quien echa mano de los recursos a su alcance: Internet, rumores callejeros, testimonios de personas del servicio doméstico, de parientes lejanos, quienes atan cabos con su lógica particular. La trama nos lleva a los años cuarenta, a una pandilla de adolescentes que consuma hechos delictivos, de manera que la pirámide del crimen sugiere pactos de silencio, abusos y venganzas. No obstante, al aclararse los hechos, y aunque los culpables confiesen su falta cínicamente, no se puede hacer nada para impartir justicia, tanto si existen pruebas como si no.

Desencantada de la inutilidad de su esfuerzo por encontrar la verdad, Betubú escribe en su último informe al periódico, un artículo en el que cuestiona cómo los medios pasan por alto los móviles ideológicos y hacen borrón y cuenta nueva ante crímenes horrendos, por defender sus intereses, o por temor a represalias. Así., la novela nos resulta amena, inteligente y eficaz, nos atrapa por el hábil manejo de la intriga. Piñeiro recuerda que la literatura puede ser una salida imaginativa desde la que se apela a principios éticos básicos, como el deber moral de llegar a la verdad, o a la coherencia, de lo que sí es un ejemplo, tanto en su hacer como en su decir, el periodista tristemente desaparecido en los setenta, Rodolfo Walsh, que le sirve de inspiración en esta novela.

Por Consuelo Triviño Anzola
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