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    29 de julio de 2014

Crítica de ópera

Fígaro contra Fígaro

Este domingo regresó con gran éxito a Madrid la ópera “I due Figaro”, compuesta por Mercadante en 1826 durante su estancia en la capital como director del Teatro Príncipe y recuperada ahora de un largo olvido de casi 200 años.
Lo cierto es que Saverio Mercadante había llegado ese mismo año a Madrid contratado por el empresario Juan Cristóbal Fernández de la Cuesta como Maestro Director y Compositor del famoso teatro madrileño. No eran tiempos fáciles en España porque las finanzas padecían la pérdida de las colonias americanas y los desastres de la Guerra de la Independencia y reinaba la represión absolutista de Fernando VII. En ese contexto, sin embargo, la tradición operística italiana y la nueva difusión del melodrama romántico atraían a un numeroso y entusiasmado público hasta los dos principales teatros, el del Príncipe y el de la Cruz. Por contrato, Mercadante estaba obligado a escribir dos títulos nuevos cada temporada y el primero, que tuvo listo en tan sólo tres meses, fue I due Figaro, una “secuela” de la mozartiana “Las Bodas de Fígaro” que con gran cinismo nos acerca de nuevo a ese palacio sevillano, que aquí se parece aún más a una “jaula de grillos”, para mostrarnos cómo les ha tratado la vida a esos archiconocidos personajes líricos que son los condes de Almaviva, Fígaro, Susanna y, por supuesto, Cherubino. Este último ha madurado en los rigores del ejército y ahora regresa a palacio - disfrazado y bajo el falso nombre de Fígaro - dispuesto a medirse al Fígaro de verdad para poder casarse con Inés, la hija de los condes.

En los pocos meses transcurridos en Madrid antes de ponerse a escribir la obra, Mercadante ya se había empapado de la música popular española y estaba convencido de que no podía haber un lugar mejor para escribir otra “aventura” del “factótum della città” que su propio país de origen. Así, la sinfonía que sirve de inicio a esta obra, que crece en interés e intensidad a partir de los primeros 40 minutos, tenía que titularse “Sinfonía caratteristica spagnola” y en ella se encuentran ensambladas las piezas más conocidas de nuestra música, desde el fandango al bolero, desde la tirana a la cachucha. También el polo. No faltan estos ritmos en toda la obra. Lo mejor es que tampoco sobran. Mercadante consigue que la indudable esencia española sea, en todo caso, secundaria; es decir, que no se adueñe de una ópera tan italiana como la que más. Consiguió también el compositor una bella cadencia en las arias, los dúos, los tercetos y hasta los cuartetos, que permiten gozar de las voces en cuanto solistas pues todas ellas cuentan con interesantes arias, y también en su conjunto, junto a partes corales que gozan asimismo de un acertado protagonismo.

PIE DE FOTOSí, Mercadante, a juzgar por lo visto anoche en el Real, logró una creación que difícilmente habría decepcionado al público madrileño de su época. Aunque, en realidad, nunca se sabrá porque el estreno no se produjo hasta casi diez años después, cuando el compositor italiano ya había dejado Madrid hacía bastante tiempo. Tuvo que ser bastante cruel para el compositor que su primera ópera “española” no pudiera subir al escenario del teatro español que él mismo dirigía por culpa, cuentan, de la rivalidad que había surgido entre las dos “prime donne” de la compañía: Letizia Cortesi no podía permitir que su personaje de Susanna quedará eclipsado por el de Cherubino, que interpretaba la contralto Isabella Fabbrica. Y “la Cortesi” debía de tener bastante más influencia que el maestro compositor – según los rumores, era amante del presidente del Consejo de Castilla – porque cuando todo estaba ya listo para el estreno, llegó una orden gubernamental que lo prohibía. Otras versiones aseguran que fue la censura la que impidió el estreno.

Después de aquello, Mercadante no tardó mucho en marcharse de Madrid. Contaba estos días el maestro Riccardo Muti, inspirador de estas fascinantes recuperaciones de partituras “dormidas” de la Escuela Napolitana, que Mercadante siempre llevaba consigo una copia de la partitura de I due Figaro porque era una de sus obras más queridas. Quizás como una “espinita”. La partitura original, la que apareció en los archivos del Conde Duque y se han encargado de recuperar Paolo Cascio y Víctor Sánchez, es la que desde anoche se sube al escenario del Real para un público que, aunque ya no pueda hacer justicia al maestro Mercadante, sí pudo apreciar con casi diez minutos de aplausos y aclamaciones de bravo la obra tanto tiempo dormida.

Fue, en todo caso, el propio maestro Muti el más aclamado de la velada. En realidad, los “bravos” le llegaron incluso antes de que empezaran a sonar los primeros acordes de la sinfonía en el foso ocupado anoche por la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, fundada por Riccardo Muti en 2004 y con sede en Piacenza y en el Festival de Ravenna. También los cantantes pertenecen a las más recientes generaciones nacidas a la lírica y entre ellos se encuentran cantantes cuyos nombres habrán de figurar en los repartos de los más importantes templos internacionales de ópera. Antonio Poli, el joven tenor de Vitervo que da voz y vida al conde de Almaviva es, sin duda, un gran ejemplo y por ello fue, junto a la soprano Eleonora Buratto, el más aclamado de la velada. Destacó también Annalisa Sroppa en su papel de Cherubino, así como Asude Karayavuz y Rosa Feola con sus roles de la condesa y de Inés, respectivamente.

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Por su parte, el Philharmonia Chor de Viena, creado en 2002 por iniciativa de Gerad Mortier y dirigido por Walter Zeh, resultó otra fundamental pieza para el perfecto conjunto de la obra, cuya parte escénica – en ocasiones estática y demasiado predecible - volvió, de manos de Emilio Sagi, a perfumar de flores de azahar la noche del teatro de la Plaza de Oriente. Con él, el mismo equipo técnico que se encargó de la producción de Las Bodas de Fígaro en 2009 y que pudo volver a verse en la pasada temporada: el escenógrafo Daniel Bianco, el figurinista Jesús Ruiz, iluminador Eduardo Bravo y la coreógrafa Nuria Castejón.


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