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    27 de noviembre de 2014

Jubilación: La penúltima crisis

Cada palabra tiene su historia, “jubilación” deriva de júbilo que es alegría. Sin embargo para muchas personas la entrada en la jubilación no es un motivo de gozo sino de depresión. Con el devenir de los años las cosas han ido cambiando, antaño era uno el que se retiraba, ahora a uno lo retiran por prescripción legal; lo que antes era una retirada jubilosa es hoy una exclusión laboral forzosa, y eso trae consecuencias. Para algunos, sobre todo varones, supone una pérdida de estatus social, una herida narcisística, un golpe en su autoestima, una pérdida de identidad personal, una especie de muerte social. Para otros, más afortunados, supone acabar con un trabajo que era un suplicio, disfrutar de tiempo libre y ganar libertad. En general, el balance de la jubilación es casi de ecuación: “Menos dinero y rol social y más tiempo y libertad”.

Pero, tanto para unos como para otros, la jubilación es una etapa de crisis por lo que supone de cambio brusco y de necesidad de adaptación a una nueva realidad. A lo largo de nuestro ciclo vital, los seres humanos pasamos por varias crisis y la entrada en la jubilación es la penúltima; antes se dieron otras como la adolescencia, la menopausia o su correspondiente en el hombre, la andropausia. Todo cambio trae inestabilidad. Ocurre en la vida como en los cambios de estación en la naturaleza, la adolescencia es el tránsito entre la primavera de la niñez y el verano de la edad adulta; la jubilación es el paso del verano al otoño de la vida; y aún queda la penúltima entre el otoño y el frío invierno.

Las crisis nos hacen vulnerables pero son también ocasión para el crecimiento. Somos en esto parecidos a las langostas que para crecer necesitan desprenderse de su caparazón protector. Viven envueltas en una coraza que les protege, pero tan rígida que impide que aumenten de tamaño. Con cada estirón, en cada transición, la langosta queda frágil y vulnerable, expuesta a peligros externos, hasta que forma un nuevo caparazón. Éste vuelve a protegerle, pero también le aísla de su entorno. La moraleja es obvia, para cambiar, para crecer, pero también para innovar, tenemos que desprendernos de los viejos caparazones, esto nos hace más vulnerables durante un tiempo, pero a la vez más permeables a lo nuevo.

El crecimiento en esta etapa de la vida es, ahora más que nunca, en el ser y no en el tener. Se trata de ser mejores en lo más profundo de nuestra naturaleza humana. A estas alturas de la vida la mayoría de los jubilados son abuelos, un rol maravilloso, que nuestra sociedad tan amante de la juventud no acaba de poner en valor. Es tiempo de crecer en tolerancia, en serenidad; es tiempo de ser menos exigentes y más comprensivos; es tiempo de ser buenos con los demás y con nosotros mismos; tiempo de ser más indulgentes que severos; tiempo para comprender más y juzgar menos.

Pero también es tiempo de asumir limitaciones, sobre todo las relativas a la salud. Forman parte del guión y hay que asumirlas con dignidad y con humor, porque a partir de cierta edad si no te duele algo es que ya te has muerto. Poco a poco, como en un lento atardecer, las fuerzas acompañan menos, y nos damos cuenta que las escaleras tienen peldaños, y conocemos de verdad qué es eso que llaman artrosis. Ahora toca disfrutar viendo la vitalidad exultante de los jóvenes y sintiendo alegría por ello. Ya no es tiempo de correr, pero sí de caminar y de seguir estando activos. Se acabaron las prisas y ahora toca vivir con otro tempo, siendo más conscientes y paladeando cada cosa que hacemos. Hay quienes con las prisas no disfrutaron de nada y tienen ahora la oportunidad de gozar de las pequeñas cosas, que son de las que está hecha la vida. Quizás, es verdad, no sea tiempo de juerga y diversión, pero sí de alegría. Diversión y alegría podemos relacionarlas con superficie y profundidad, lo extenso suele ser menos profundo. La alegría es un sentimiento más profundo que la diversión, afecta al núcleo de nuestro ser y lo inunda por entero iluminando la vida.

La etapa que se abre tras la jubilación suele ser también propicia para llamar a las cosas por su nombre: al pan, pan y al vino, vino. La nueva situación permite contemplarlo todo desde una nueva perspectiva donde la verdad y la sinceridad se imponen a las medias tintas y a los eufemismos. Un buen amigo que me inspira en este artículo, Fernández Martos, decía que estas verdades hay que decirlas con bondad, porque hay que inclinar la balanza a favor de los impulsos generosos. Que la tonalidad ahora esté hecha de paciencia, de tolerancia, de reconciliación, de humor…y el último rayo de la tarde la vestirá de belleza.

Pero la jubilación no es el fin, la jubilación sólo es el final de la vida laboral, la historia de cada cual no ha terminado y lo mejor puede estar por llegar. O como dicen los taurinos, hasta el rabo todo es toro. Y ya que hablamos en términos taurinos y sin eufemismos, reconozcamos también que, aunque aún lejos, se acerca la hora de la verdad. La hora del silencio, de esos silencios sublimes de la Maestranza. Y Sevilla me trae a Machado para terminar:

No, mi corazón no duerme.
Está despierto, despierto.
Ni duerme, ni sueña, mira,
los claros ojos abiertos,
señas lejanas y escucha
a orillas del gran silencio
.
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