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    21 de septiembre de 2014

Una entrevista

La lectura de una entrevista realizada en un semanario de gran difusión al hijo de una de nuestras no escasas luminarias galénicas, proporciona abundante materia de reflexión a la mente más vulgar. En tales páginas se afanaba el personaje –joven ya muy talludo- de haber “decidido vivir su vida”, al margen de las excelentes condiciones brindadas por la fama y fortuna de su progenitor. Y aquí, en este punto, se introducía la originalidad y curiosidad del lance. Interrogado el último en una especie de diálogo a tres voces, se manifestaba en todo conteste con la vía seguida por su hijo para lograr su desarrollo anímico y existencial fuera de las roderas recorridas, de sólito, por las gentes situadas en el mismo marco acomodado y burgués, alienadas por el gran capitalismo.

Haciendo sin duda de la necesidad virtud, el prestigioso médico alababa la búsqueda de la identidad personal de su retoño en términos enfáticos que no lograban, empero, ocultar del todo el fondo acerbo del que se alimentaba su juicio. Aún quedaba, sin embargo, la pirueta final de la entrevista, al confesar entrambos la solicitud de la madre del aventurero al preguntarle ininterrumpidamente, al final de las etapas de los viajes emprendidos en pos de su meta a través de todo el mundo, por el estado de sus finanzas, en razón de su periódica reposición…

Artificio más que farsa, generalizada en buen número de casos similares. El derecho a “escoger” opciones “felicitarias” -horresco referens- a costa del esfuerzo ajeno aunque éste sea, de ordinario, el de unos padres dichosos siempre, al fin y a la postre, con poder ayudar al reivindicador de la libertad de elección. A más alta escala, a nivel incluso de algunas sociedades y pueblos, conductas individuales y colectivas son por entero respetables cuando se adoptan sin red salvadora en caso de frustración o fracaso. Los caminos singulares trazados en mapas muy exóticos suscitan admiración cuando se andan en completa soledad; el quid último de su atractivo reside en ello: en ser escultor autónomo de su destino, empresa, desde luego, bien difícil en individuos y naciones.

Sólo una asombrosa conjunción de factores favorables –de facto, apenas verificable ni en el plano personal ni en el plural- permite afrontar tan esquiva tarea. Lo hicieron, con éxito en varias y trascendentes parcelas de la cultura, los griegos de Homero, Aristóteles y Fidias. Tal vez en el inconsciente mental de sus arriscados herederos del 2012, la imagen de la Hélade permanezca aún, espoleando sueños de esplendor y gloria. Mas, justamente, los mejores estudiosos de aquélla, los alemanes, semejan no estar ya por la labor de sufragar con sus trabajos y ahorros el dulce existir de un pueblo presto a vivir de los réditos históricos de sus antepasados. Afirmó Goethe, el último de los gigantes que, en la huella de los grecolatinos, construyeron Occidente, “aquello que heredaste de tus padres, atrévete a conquistarlo”. Sin solidaridad, sin renuncia a las incitaciones individuales que desoyen o desatienden el horizonte comunitario en el que mujeres y hombres encuentran su verdadera plenitud, sin asunción del pasado familiar y patrio en sus elementos más proyectivos, la senda de la satisfacción se halla bloqueada.

Con o sin Mercado…
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