cabecera
    21 de octubre de 2014

RESEÑA

Juan Antonio Masoliver Ródenas: Paraísos a ciegas

Juan Antonio Masoliver Ródenas: Paraísos a ciegas. Acantilado. Barcelona, 2012. 93 páginas. 16 €
Álbum de familia. Estampas de vivencias bullentes en el recuerdo y que remueven el rescoldo al calor del fuego devorado. Balance del tiempo buscando un sentido al poso de la conciencia a través de la memoria. El pulso del poema quiere desanclar el residuo de los días y abrir un horizonte claro en su almadraba. Entre la ceniza de lo vivido y el ansia que su comprensión revela se instaura, sin embargo, una contraposición de concepto y emoción poética. Del recuerdo queda un paisaje desabitado, “polen de la memoria” que, en vez de miel, secreta olvido: “Es como tratar de recuperar una palabra / olvidada en el jardín de la memoria”, dice el escritor Juan Antonio Masoliver Ródenas, novelista, además de crítico literario, profesor hispanista de la Universidad de Westminster y traductor selecto.

Se suceden entonces los contrarios de simultaneidad contrapunteada, neobarrocos -visión frente a ceguera-, pero la dulzura melada del recuerdo sazona imágenes neomodernistas de clima mediterráneo -lágrimas, senos, espejos, mejillas, pubis adolescentes, globos en el cielo, “florecitas / entre dalias”- con otras de neorrealismo fílmico y urgencia de presente: ”Todos los pechos son iguales, / pero el tuyo está en mis manos”. Hay alguna más contrapuesta, expresionista, como el excremento que rompe secuencias cálidas, de acuarela luminosa -“el sol se astilla”, “un velero blanco”, pero “hacia la nada”-. Entonces hasta el amor vivido resulta vómito. Excreción de sentido frente a pulsión cálida de vida.

El hecho recordado, la anécdota, el suceso cotidiano en torno a la masía de Vallensana, el amor perdido -Sònia-, la entrada en el último tramo de vida, el cuadro de tertulias generacionales -“Agustín Goytisolo, Ana María / Matute, Julio Manegat, Juan Capella”, Giménez Frontín, el eco de Juan Ramón Jiménez en sombra-, deja paso a la retención de la moción poética. Es el latido de fondo, el ámbito de escritura. El autor lo indaga: “Ahora soy / las palabras inútiles que escribo / tratando de encontrarme”. Su resultado es, por una parte, la interrogación de sí mismo entre la felicidad huida y la broza de la conciencia, y, por otra, el vacío de la mirada, como ausente, de nadie, el desencuentro: “Saber lo que soy / y luego, nada”. El antes se convierte en espejismo; los besos son gusanos y, el amor, derrota. El poeta intuye en todo ello una presencia innominada: “Sediento de algo que ignoro”. Asoma la idea de Dios, también contravenida, pues su existencia es “necesaria e imposible”. La presiente.

La moción poemática, el tránsito hacia el poema y su cuerpo objetivo, concluye en algo “déjà vu”, “déjà ouï”, revivido constantemente por la poesía del siglo XX: “Queda sólo/ la palabra borrada, / la negación del poema, / el silencio”. Hay, no obstante, una premonición poética a lo largo de estos “Paraísos a ciegas”, un tiempo matriz de los sucesos secuenciados, del poema. Un halo fontanal, anterior al tiempo mismo. Aquella desazón antes anunciada intuye un trastiempo, “la palabra / todavía no usada, como la luz / del primer día del mundo”. Su umbral cierra, no obstante, el “paraíso” con la escucha “ciega” de lo dicho y el decir que lo realiza, la “consumación” del proceso. Nos quedamos a la expectativa del anuncio permanente, el retorno al reflejo de lo consumido.

Masoliver Ródenas relata el poema. Aquel marcador textual narrativo “Es como tratar” introduce una distancia entre lo enunciado y su origen, lo dicho y la prelación dicente, el trasfondo verdaderamente poético. Pesa más el relato que la moción inducida. Su reflejo es la asimetría prosódica de los versos y el ritmo. Muchos podrían sucederse continuados como en prosa. La polirritmia serpentea los textos y solo los avala el dinamismo del relato.

Por Antonio Domínguez Rey
Compartir en Meneame