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    31 de octubre de 2014

Perfil

Artur Mas, el hábil ilusionista de la señera

Artur Mas era un dirigente descifrable hasta la Diada de este 2012. De tecnócrata gustoso del consenso a gestor desbordado y dispuesto a saltarse la legalidad para lograr sus propósitos. Es el perfil de un político atrapado por unas promesas que difícilmente podrá cumplir.
Artur Mas, entonces candidato de CiU a la Generalitat, en una entrevista concedida a EL IMPARCIAL en Madrid el 6 de mayo de 2010:

¿Cuál es su postura en relación con las consultas soberanistas?

Soy defensor de que se hagan porque no me da miedo que la gente pueda ser consultada y mucho menos sobre el futuro de Cataluña. Una de las grandezas de la democracia es que la gente pueda expresar su opinión y todo lo que sea consultar a la gente es positivo. Otra cosa es si estas consultas tienen trascendencia jurídica o no, es evidente que no la tienen, es un acto testimonial y más nacido del sentimiento, pero eso no es malo. Nadie está obligado a participar y nadie está obligado a decir que sí, o que no, no hay una consigna para que la gente se exprese en un sentido determinado.

¿Cuál es, en su opinión, el mejor escenario posible en las relaciones entre Cataluña y el resto de España?

Hemos batallado durante mucho tiempo para que España fuera un Estado plurinacional, pluricultural y plurilingüístico, y la verdad es que en ese intento no hemos tenido un gran éxito porque España pretende ser uninacional, casi unicultural y casi unilingüístico, y eso choca con nuestro modelo de lo que debería ser un Estado. ¿Merece la pena seguir intentando transformar España cuando España no quiere ser transformada en lo que nosotros queremos? Seguramente, la respuesta es que no merece la pena, por tanto, hay que establecer un tipo de relación distinta, que veremos cuál va a ser en el futuro. Dependerá mucho de las mayorías sociales que se vayan configurando en Cataluña. Es oportuno constatar que ese intento del catalanismo de intentar transformar España en un intento que, en parte, no ha tenido éxito.

Si llega al poder, ¿cuáles son las medidas más urgentes que emprenderá?

Levantar la economía catalana.


Artur Mas aspira a una segunda legislatura como presidente catalán con la particularidad de no haber completado ni la mitad de la primera. En este escaso espacio de tiempo, sin embargo, el perfil público de este gobernante ha sufrido una metamorfosis. La pregunta del millón es si el actual Artur Mas es el de siempre, ahora sin máscara, o las circunstancias le han empujado al giro. Del autogobierno entonces y amparado en el consenso a la independencia ahora aunque se opongan los gobiernos o tribunales nacionales. Parece también que ha cambiado de opinión sobre la trascendencia jurídica de las consultas.

Fue y sigue siendo un político astuto. Ha logrado que el debate previo a las urnas esté protagonizado por cuestiones alejadas de una economía catalana en estado de emergencia con indicadores en desempleo y carencias en centros educativos y sanitarios que invitan como mínimo a la preocupación. Fracasó en su intento de un pacto fiscal, que murió en las escaleras de La Moncloa, y de mejorar las renqueantes cuentas tras el paso del Partido Socialista de José Montilla por el poder. Pero, envuelto en la señera, ha desviado la atención, favorecido, para sorpresa de todos y suya en primer lugar, por una Diada masiva que le sirvió en bandeja el nuevo rumbo de su discurso.

No ha cambiado su estampa, su fotogenia y su encanto en las distancias cortas, aunque ahora represente el papel de villano para prensa y política nacional en general. Entre los suyos, al menos antes de los últimos tambaleos, ha sido tradicionalmente percibido como tecnócrata, hombre práctico y hábil gestor, así como no dado a los excesos lingüísticos o salidas de tono. Sus orígenes, tiene ahora 56 años, están eminentemente vinculados a la economía y la empresa en su formación y vocación, pero no menos a la política, en la que lleva ocupado directa o indirectamente desde los 26.

Concejal de Barcelona entre 1987 y 1995, fue llamado por el presidente Jordi Pujol para ocuparse de Política Territorial y Obras Públicas. Dos años más tardes dio el salto a Economía y Finanzas y tres años más adelante, en 2000, asumió la Portavocía del Gobierno de Cataluña. Se confirmaba como delfín con imagen impoluta y despuntando como orador. En 2001 ya era conseller en cap (jefe de Gobierno), ganando el pulso a Josep Antoni Duran i Lleida, que abandonó el Ejecutivo. En 2002 fue proclamado candidato y en 2004, nombrado presidente de CiU. Su estreno en el primer plano fue la angustiosa victoria de 2003, cuando el PSC arrebató el poder a su partido 23 años después.

Durante su travesía en la oposición vio la luz el Estatut, en 2006, que no quedaría definido por el Constitucional hasta 2010, ya con Mas en el poder. En aquel entonces ya prometió un cambio en la relación con Madrid dados los reparos del Tribunal hacia algunos de los artículos, pero poco o nada cambió en sus rutinas hasta que más de un millón de personas salieron a la calle el 11 de septiembre del presente 2012.

Enredado en la bandera, tapando bajo ella severos recortes en partidas sociales, encara los comicios sabiéndose ganador sin mayoría absoluta asegurada, pero con la mano tendida de ERC si de ellos necesitara, sobre todo en lo relativo a la independencia. El 25-N, día de elecciones que parecen más bien de plebiscito, Mas conocerá con exactitud con cuántos apoyos cuenta, pero también ante cuántos debe cumplir lo prometido. Su problema, que no hay forma de que logre aquello que anhela de forma autónoma, en clave interna. Así las cosas, las proclamas que hoy catapultan sus aspiraciones pueden ser con el paso de los meses, y cuando las palabras hayan de ser hechos, una pared infranqueable.

Analizado el Mas de 2010 y el de 2012 se hace arriesgado aventurar cuál encontraremos en 2014. Si apartamos la señera se descubren importantes agujeros para los que Cataluña va a necesitar de España. Pero Mas se propone comenzar a valerse por sí solos. En pocos casos será más demostrable qué distancia separa a las palabras de los hechos. Toca esperar dos años. O quizá un par de meses. El día 26, todo el peso de las promesas caerá sobre sus espaldas y no faltarán ojos que lo vigilen.
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