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    23 de octubre de 2014

por libre

¿Y dónde anda Rajoy?

Apagados los truenos de las manifestaciones (por ahora) y del achuchón que se metió para ganar un escaño en Cataluña, de pueblo en pueblo, parece como si el presidente del Gobierno se hubiera encerrado en sus cuarteles de invierno, que con este frío polar sería lógico, y se dedicara a jugar a la petanca. Porque lo de podar bonsáis era cosa de Felipe González. Y, además, se los llevó todos. Bien podados, eso sí.

Rajoy, es más que probable, que no haya parado de darle vueltas a los montones de papelotes que le llegan a su despacho sobre la crisis, las primas arriesgadas, los chascarrillos de Merkel y las ocurrencias de algún que otro ministro despistado.

Pero después de aparecer cada media hora en todas las televisiones y de no soltar un micrófono ni para comer, el presidente del Gobierno se ha escondido. Esperemos que para bien. Y cuando vuelva a salir por el portón de La Moncloa que sea con una sonrisa de oreja a oreja y con los papeles, sobre todo los económicos, colocaditos en su sitio y corregidos hasta la última línea.

Porque aunque nos hayamos despistado estos días con las elecciones catalanas, la crisis sigue al acecho y el paro no deja de escalar. Y ésos son los grandes problemas de Rajoy, de los españoles y de medio mundo.

Por muchas críticas que reciban, las medidas de Rajoy, todas dolorosas, pueden dar sus frutos. El primer reto consiste en reducir el déficit, lo que en parte comienza a lograr, para que el Estado cuente con liquidez para subvencionar la creación de empresas, generar productividad y, al final, lograr el objetivo fundamental: crear empleo. Es un largo y tortuoso camino. Y los españoles no tienen la paciencia de Gandhi.

Pero lo que parece evidente es que con el déficit disparado, Europa nos dejará en la estacada y España no podrá generar riqueza ni salir del hoyo. Los expertos creen que Rajoy está siendo valiente y que puede tener éxito. Que se está jugando el bigote (bueno, la barba) pero que sigue el camino que ha trazado, convencido que es el más adecuado para recuperar el aliento económico. Y si se estrella, se quedará sin bigote, sin barba y sin petanca.

Ahora hay que esperar los resultados. Armarse de paciencia hindú y ver si, en efecto, Rajoy sale de las cuatro paredes de La Moncloa con esa sonrisa que, ya en sí, sería noticia. Y, sobre todo, por el éxito de su esfuerzo. Que, aún agazapado en La Moncloa, es mucho. Y valiente.
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