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    22 de septiembre de 2014

POR LIBRE

[i]¿Y si Rajoy se harta de Merkel?[/i]

No tiene el presidente pinta de perder los nervios y liarse a dar patadas a las puertas. Más bien lo contrario: es un hombre tranquilo, quizás demasiado, sereno, prudente y que mide al milímetro cada paso que da. Por eso, va despacito. Despacito y buena letra.

Pero lo de Merkel comienza a ser como un vía crucis. Es cierto, que buena parte de los dineros salen de las arcas alemanas. Pero también es verdad que volverán cargados con toneladas de intereses. Si vuelven, claro, y no dejan a Europa en quiebra entre unos y otros.

Ya son muchos los dirigentes europeos que no aguantan las mue cas desdeñosas de la canciller alemana ni los mamporros que arrea a diestro y siniestro con su puño de hierro. Sobre todo a siniestro y siniestramente. Hasta el presidente del BCE, que salió elegido con el apoyo de la propia Merkel, empieza a estar hasta el gorro de ella. Un día le dice que suelte la pasta y, al otro, que mucho cuidado que el dinero es alemán. Y los tipos de interés parecen ser tipos del hampa. Y las primas de riesgo, suegras violentas.

Los griegos ya no saben qué hacer. Por mucho que recortan y re cortan, a la canciller siempre le parece poco. Y para un día que se asomó por Atenas les dio un rapapolvo a los pobres atenienses del que todavía no se han recuperado, a pesar que la recibieron con banderitas y bailongos. Pues nada. Ella como una piedra, más o menos como las del Partenón. A los portugueses ya los tenemos casi olvidados, y más les vale, porque andan escondidos en el fondo del pozo para que Merkel no les vea. Que no hay nada mejor que no hacer ruido en los tiempos que corren. Eso sí, comer, comen poco. Y apenas sacan la cabeza.

Pero los españoles no estamos acostumbrados que una señora (y un señor alemán, menos aún) nos arree bolsazos un día sí y otro también. Tiene su lógica que Merkel meta la cuchara en todas las salsas, pues la cuchara es suya. Pero, a menudo se pasa con la sal y la pimienta. Y no por salerosa precisamente, si no para abrasarnos la garganta y amargarnos la vida.

El Gobierno español ya no sabe de dónde recortar. A Rajoy no le queda ni un pelo en la barba, como si se la hubiera recortado también, y los Bancos andan pidiendo árnica cual mendigos por la Gran Vía. La austeridad, los recortes de la Administración y los topes al despilfarro de las Comunidades son las líneas maestras de la política económica española. Pero hasta Rajoy está ya harto, pues ni por esas Merkel sonríe. Bueno, la verdad es que nunca sonríe. Ni con los chistes de Gila. Y casi mejor.

Pese a todo, a los agoreros sindicales y a los cachorros de Rubalcaba todavía les parece que había que seguir la política de Zapatero de tirar los billetes por la ventana para mamandurrias y demás. Y la política de recortes les parece una chorrada y, desde luego, antisocial, que dicen ellos. Pero entre una cosa y otra tiene que haber un término medio. Y Merkel no está en medio. Está delante y con una batuta que parece una espada.

Hay que reconocer que aunque aún ni se adivinan los brotes verdes que oteó Elena Salgado, las políticas de Rajoy parecen comenzar a dar sus frutos. Paso a paso. Despacito. Que tampoco vayamos a despeinarnos. Como va él por la vida. Pero, ojalá, que antes que después comience a generarse empleo, lo más atroz de la crisis actual, gracias a esas dolorosas y hasta brutales medidas. El déficit, de momento, parece frenado.

Pero que a nadie le extrañe que, un día, el pacífico Rajoy dé un puñetazo en la mesa, le ponga a Merkel en su sitio y le arree un tantarantán. Aunque en gallego, claro, para que no se entere del todo. No vaya a ser que nos mande los tanques y nos robe la cartera.

Parecerá todo una broma. A muchos una frivolidad de artículo y un cachondeo de la clase política. Pero, o, nos lo tomamos a guasa, o nos exiliamos en Australia. Más que nada, porque es lo que queda más lejos. Y allí no se espera que vayan a aparecer Merkel, ni Hollande ni Gradhi. De momento.
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