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    30 de octubre de 2014

tribuna

Las leyes fundamentales de la estupidez humana

Carlo M.Cipolla ha sido uno de los historiadores de la economía más importantes del siglo XX. Italiano de Pavía hizo una brillante carrera en diversas universidades, sobre todo en Estados Unidos y en la propia Italia, hasta su fallecimiento en el año 2000. Yo le descubrí hace unos cuarenta años por un espléndido libro sobre la alfabetización en la Europa renacentista, para el que usó los registros parroquiales de matrimonios, extrayendo interesantes conclusiones de índole sociológica, religiosa y política. Aficionado a estudiar aspectos insólitos de la vida social —como el papel de la pimienta, el vino y la lana en el desarrollo socioeconómico durante la Edad Media- en los años setenta del siglo pasado escribió un ensayo con el título de esta columna que, aunque escrito inicialmente en inglés, sólo se difundió en su versión italiana. Una edición francesa, de las prestigiosas PressesUniversitaires de France, recién publicada y que ha caído en mis manos curioseando las novedades editoriales parisinas, me lleva a estas reflexiones sobre el atinado y divertido contenido de este, más que libro, folleto de no más de unas sesenta páginas, que rezuman profundidad, interés, y humor, además de evidentes valores morales. El análisis que hace Cipolla y las conclusiones a las que llega, me parecen de máxima aplicación aquí y ahora, en esta España de la crisis, de las protestas irracionales y de los independentismos descabellados.

Cipolla expone sus Cinco Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana que enunciaré-aunque no pueda describir ahora con el preciso detenimiento- pero es importante saber que empieza por afirmar que “se subestima siempre inevitablemente el número de individuos estúpidos que existen en el mundo”. Él mismo recuerda, aunque no termina de aceptar, la conocida frase bíblica, “stultorum infinitus est numerus”, el número de tontos es infinito. Y señala que los estúpidos se reparten uniformemente en todos los sectores y categorías sociales, incluidos los Premios Nobel, los gobernantes, los elegidos…y, por supuesto, los electores. En suma, como don Juan Tenorio, la estupidez podría decir: “Yo a los palacios subí y a las cabañas bajé”. Esta sería la Primera Ley.

La Segunda viene a ser un corolario de la anterior: “La probabilidad de que un determinado individuo sea estúpido es independiente de todas las otras características de este individuo”. Ningún título, puesto o dedicación vacuna contra la eventualidad de la estupidez.Antes de enunciar la Tercera Ley, Cipolla divide a la humanidad en cuatro grandes categorías: los cretinos, los inteligentes, los bandidos y los estúpidos. Los cretinos son los que producen un daño a otro u otros, sin obtener ellos ningún beneficio. En nuestra opinión,los cretinos son tan numerosos o más que los estúpidos. En el lenguaje popular español son lo más parecido a los bien conocidos “tontos del culo”, que abundan en todas partes y en política sobreabundan.Los inteligentes son los que llevan a cabo acciones que producen beneficios para ellos y para los demás. En estos tiempos, creo que los inteligentes por excelencia son los que crean puestos de trabajoy tantos otros que no buscan con sus actos satisfacciones materiales, como los misioneros. No sé si son pocos o muchos pero, en todo caso, siempre hacen falta más.

La tercera categoría abunda por doquier, como la mala hierba. Son los bandidos, es decir aquellos que consiguen una ganancia propia, a costa de producir pérdidas o daños a los demás; los corruptos serían un ejemplo típico de bandidaje. Finalmente, el estúpido, según la Tercera Ley, “es aquel que ocasiona una pérdida a otro individuo o a un grupo de individuos, sin obtener él mismo ningún beneficio e infligiéndose eventualmente algunas pérdidas”.Un estúpido podría ser el que tira un bumerán y, de rebote, le da en su propia cabeza y le deja KO. Los estúpidos son especialmente dañinos cuando ocupan posiciones de poder ya que, como subraya Cipolla, pueden producir daños enormes “no a uno o dos individuos, sino a toda una comunidad e incluso al conjunto de una sociedad”. La Cuarta Ley contiene, en este sentido, una seria advertencia: “Los no-estúpidos subestiman siempre el poder destructor de los estúpidos. En particular, los no-estúpidos olvidan continuamente y en todo momento, en todos los lugares y en todas las circunstancias que tratar y/o asociarse con gentes estúpidas es siempre y sin ninguna duda un error costoso”. Cipolla comenta: “Desde hace siglos, desde hace milenios, en la vida pública y en la vida privada, innumerables individuos han omitido tomar en consideración esta Cuarta Ley fundamental, lo que ha traído como consecuencia pérdidas inimaginables para la sociedad”. De ahí se deriva la Quinta Ley: “El individuo estúpido es el tipo de individuo más peligroso. El individuo estúpido es más peligroso que el bandido”.

Apliquen, lectores, las leyes de Cipolla a su entorno, inmediato o mediato, próximo o lejano, y verán como, ineluctablemente se cumplen. Para mí ha sido irremediable aplicar estas leyes a los nacionalistas catalanes y no porque sean los únicos que encajan, como en un guante, en algunas de las categorías de Cipolla, sino porque en estos momentos exhiben —creo que se puede decir que impúdicamente- los inveterados defectos que denuncia el fallecido profesor italo-americano en cretinos, bandidos y estúpidos. Más aún creo que toda la historia del nacionalismo catalán pujolista podría cobijarse bajo este título: “Del bandidaje a la estupidez”. Los proclividades de CiU para llevarse la pasta pública causando daño al conjunto del país, como siempre que se detrae dinero de los Presupuestos, son bien conocidas, al menos desde el caso de Banca Catalana que, muy probablemente, no fue el primero pero sí el más ruidoso. Desde entonces —y pasando por la parlamentaria y silenciada denuncia del 3 por ciento, que después resultó que era un porcentaje aún mayor… porque había que repartir- los casos de corrupción/bandidaje han menudeado allí como la lluvia en un abril…lluvioso. No hay más que ver la prensa; no la de Barcelona, por supuesto.

Lo más cipolliano de esta historia del nacionalismo catalán es que, agotada (es un decir) la etapa del bandidaje/corrupción, o más bien con el propósito de ocultarla tras el más tupido velo imaginable, ese “genio” político que es Mas —al que, sin duda, no se le puede incluir en la categoría de los cretinos, pero tampoco en la de los inteligentes- no ha dudado en meterse de lleno en el pantano de la estupidez. Repasen la definición cipolliana de estúpido enunciada más arriba y verán que le acomoda como un traje a la medida de este moisés catalán: Daña a muchos otros, pero se daña también a sí mismo. Con sus pretensiones soberanistas y su voluntad -no “d’un poble sino dels seus collons”- de organizar un referéndum que sólo podría ser ilegal, está causando un grave daño a Cataluña, pero también al conjunto de España y, desde luego, se lo está causando a sí mismo, porque su aventurerismo político no tiene porvenir, ni con la ayuda de ese Cirineo/ Junqueras, que se ha buscado. Si Cipolla estuviera vivo podría haber escogido a Mas como prototipo de una de las variantes de la estupidez, que él llama “superestupidez” y que, dadas sus pretensiones independentistas creo que se podría denominar, más adecuadamente, “estupidez soberana”. Pone en guardia Cipolla, como hemos visto, contra la tentación de tratar o asociarse con los estúpidos. Adoptando las definiciones aquí establecidas, imaginen los que puede resultar cuando unos estúpidos —CiU- se asocian con otros estúpidos —ERC-, porque ambas formaciones —y sus dirigentes- encajan a la maravilla en el supuesto cipolliano.

En España, desde luego, no son sólo estúpidos los nacionalistas catalanes. Especímenes de esa lacra se pueden encontrar, como asevera Cipolla, en todas partes. El lector puede hacer sus propias evaluaciones al respecto. Por supuesto la democracia no nos da ninguna seguridad contra la estupidez ya que, como escribe nuestro autor: “En un sistema democrático, las elecciones generales son un instrumento muy eficaz para garantizar el mantenimiento de una fracción de estúpidos entre los poderosos…[ya que] un determinado porcentaje de electores está compuesto de individuos estúpidos y las elecciones les dan una ocasión formidable de dañar a los otros sin que ellos ganen nada”. Pero no tomemos a broma este asunto porque como escribía Schiller: “Contra la estupidez los mismos dioses luchan en vano”.
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