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Las cosas que Armstrong no le contó a Oprah Winfrey

La entrevista entre Winfrey y el ciclista estadounidense Lance Armstrong me pilló, por casualidad, en los estudios de COPE junto a mi buen amigo Lartaun de Azumendi. Yo había ido a hablar de ciclismo, pero no de dopaje. Había ido a hablar del entrañable Raymond Poulidor y sus infructuosos empeños por ganar alguna vez el Tour de Francia y ya aproveché para quedarme a ver la retransmisión en el canal DiscoveryMax de la confesión pública de Armstrong.

En un momento dado, Lartaun insistió, tanto en Twitter como en antena, que la entrevista de Oprah debería enseñarse en las facultades de periodismo. Lo peor de todo es que tenía razón. El periodismo –y el periodismo deportivo más que ninguno- ha llegado a tal punto de acomodamiento y mediocridad que basta con que una entrevistadora se tome la molestia de leer una sentencia en profundidad, contactar con los que durante años han investigado el tema y salir con las preguntas comprometidas ante alguien que se sabe que es un mentiroso compulsivo para que nos quedemos a cuadros.

Winfrey, por su experiencia televisiva en programas lacrimógenos, sabe mucho sobre mentiras y verdades, ha oído tantas en su vida que al menos ha desarrollado el instinto de saber cuándo detrás de una historia hay una coherencia y cuándo no. Lance Armstrong probablemente no contaba con ello y se vio incómodo, como si no esperara tanto rigor de la que ha sido su amiga personal durante años. Recuerden que de 1999 a 2005, todo el mundo en Estados Unidos, desde Bill Clinton a George W. Bush quería ser amigo de Armstrong. Si sus mentiras han quedado impunes tanto tiempo se debe probablemente al inmenso poder de sus relaciones personales.

Con todo, Oprah no pudo evitar una nueva tanda de mentiras del ciclista tejano o al menos no supo rebatir varias de sus afirmaciones. A mí hay tres que me enfadaron notablemente, y sé de lo que hablo porque llevo mucho tiempo investigando este caso y muy próximamente la editorial Debate publicará un libro llamado “El rastro de la mentira” conmigo como autor:

La primera fue la apelación a la “cultura de la época” y al “todo el mundo lo hacía”. Mire, señor Armstrong, es probable que todo el que quisiera ganar el Tour de Francia lo hiciera. Eso no le exime a usted de su responsabilidad, pero es posible que sea cierto. Ahora bien, precisamente porque gente como usted, o el Telekom o los que contrataban a Eufemiano Fuentes y compañía tenían esa concepción del deporte como una guerra en la que todo vale, los que no quisieron “hacerlo”, los que se condenaron a ir limpios, vieron como sus carreras se acababan o se quedaban en un anonimato absoluto de puesto 150º en la clasificación general. Se puede hacer un Tour de Francia, se puede ganar un Tour de Francia, sin EPO ni transfusiones. Lo que no se puede hacer es ganarlo siete veces, a más de 40 kilómetros por hora y con cuatro horas de ventaja sobre el último. Eso no es cultura, es avaricia.

La segunda fue el intento de lavado de imagen, aunque ahí sí Oprah le puso en ocasiones en su sitio: “Ya no soy un matón”, “ya no soy arrogante”, “miro al pasado y me veo como un idiota”… Armstrong en 2011 estaba amenazando físicamente a Tyler Hamiton por haber confesado y enviando a la mujer de Levi Leipheimer –compañeros ambos en el US Postal en distintas etapas- mensajes de texto del tipo “corre, no andes”. Amenazas explícitas que fueron privadas y públicas. No hace ni nueve meses que la USADA hizo pública su decisión y las declaraciones del tejano fueron las mismas de siempre: “Son unos rencorosos, mentirosos, peseteros…”. No, la arrogancia no la dejó atrás en 2005.

Tampoco cree la USADA que dejara atrás el dopaje, como quiere hacernos creer. En 2006, seguía ingresando al doctor Michele Ferrari dinero en su cuenta suiza. En 2009, durante la preparación del Tour, los carabinieri interceptaron comunicaciones por correo electrónico entre Armstrong y el hijo de Ferrari, que hacía de intermediario, preguntándole “qué necesitaba para ganar el Tour”. Estaba desesperado por volver a ganar, una necesidad enfermiza que él mismo confesó en la entrevista, y eligió para su regreso a Ferrari, eligió al doctor Celaya, eligió al preparador Pepe Martí y eligió el equipo que dirigía Johan Bruyneel con la misma estructura que el Discovery Channel que abandonara en 2005.

Es complicado creer que uno tome todas esas decisiones, que recurra a esas compañías –y que, además, quede tercero a los 38 años tras cuatro en blanco- sin la intención previa de seguir dopándose. Tan complicado que parece que a uno le toman por tonto. Leipheimer reconoce que se dopó en 2009 en el Astaná y que Bruyneel le dijo que “se lo arreglarían”. ¿Por qué lo niega Lance? Algunos dicen que ha sido valiente reconociendo el dopaje. No, valiente hubiera sido no doparse y resignarse a que su triunfo contra el cáncer se limitara a ser el 75º de una París-Niza, que, ya de por sí, y los familiares de enfermos de cáncer lo sabemos, sería un triunfo increíble, emocionante y absoluto. Valiente hubiera sido ir a la Corte Federal o a la USADA a testificar cuando sus compañeros lo hicieron en vez de insultarles y amenazarles a todos. Valiente hubiera sido aportar algo nuevo, porque la investigación de la USADA prácticamente desaparece a partir de 2009.

Eso hubiera sido valiente. Admitir, echando balones fuera, aquello que ya ha sido probado y por lo que se le ha inhabilitado de por vida, es, si se quiere, coherente y necesario. Punto. Me gustaría saber cuándo habrá aquí una Oprah Winfrey o similar que se dedique a poner en su sitio a campeones deportivos españoles que han dado positivo y han perdido grandes vueltas por ello. Campeones que han corrido con Armstrong, Bruyneel, Celaya, Martí y ese largo etcétera. Probablemente, eso nunca pase. Nuestro concepto de periodismo de investigación en ciclismo es el presidente Revilla diciéndole a Contador “mírame a los ojos”. Norias y polígrafos.
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