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    24 de julio de 2014

Lo bueno por conocer

“Más vale malo conocido que bueno por conocer” se nos ha repetido en la creencia de que la vida es cosa dura y difícil. De modo que estamos más preparados para lo difícil y malo que para lo fácil y bueno; tanto es así que tomamos lo natural por absurdo y lo absurdo por natural.

Con 20 ya se duda si contestar un mensaje. “Es que es muy guapa”, le dice a su madre -“mucho mejor”; “pero es que saca muy buenas notas y también trabaja de modelo” -“tanto mejor, no desaproveches la oportunidad”... Pese a contar con su sabia madre, el chico, inquieto ante tanto bueno, busca y rebusca el gato encerrado.

Con los años, parece que todavía tendemos más a no salirnos de nuestras cuatro paredes conocidas y nos cuesta un montón no sólo abrirnos a una nueva pareja sino probar un nuevo trabajo, vivir en otra ciudad, cambiar de casa o incluso de veraneo... Sin embargo, lo que va pesando es lo no hecho más que lo hecho, porque, pasada la ocasión, se ve con claridad lo fácil que hubiera sido intentar aquello que absurdamente nos negamos. Por ello, como escribió Cortázar, “quizá sea cuestión de vivir absurdamente para acabar con el absurdo”; siguiendo la máxima de que, “si no hay riesgo físico, ante la duda, acción”.

La vida, como vio Ortega, no tiene más gracia que vivirla, por eso recomienda afrontarla con espíritu deportivo, lujoso y festival, sin mirar más resultado que la propia satisfacción, única prueba que tenemos del acierto de la acción. Pero, al estar todo conectado, el resultado externo también llega, como reflejo de nuestros actos; y por eso, al final, tenemos lo que queremos.
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