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    1 de octubre de 2014

La Fundación Ideas pagó 50.000 euros por diversos artículos

Amy Martin, la columnista ficticia de la Fundación del PSOE

Mujer del Renacimiento la han llamado. Escribe libros y artículos, filma películas, dicta cursos universitarios, dirige institutos Cervantes, compone música retro-futurista y, por si esto fuera poco, trama complejos juegos de identidad a costa del marido. Esta Lucrecia Borgia (de los Borges de Buenos Aires) es, además, notablemente guapa. La fotografía que salió aquí, en nuestro periódico, revela un esplendor animal, ronroneante y cremoso. Verdad que luego, en movimiento, decepciona un poco, como si le asustara ser juzgada por otra cosa que no fuera el alma inmortal en la que, presumiblemente, no puede creer.

Lo mejor de Amy no es ni su curriculum ni su equipamiento, sino sus honorarios. En dos días se ha convertido en la envidia del gremio. Dieciséis céntimos de euro por pulsación, un euro por esdrújula, cientos por párrafo. Algunos se recochinean de su versatilidad y hablan de negros. A mí, qué quieren que les diga, no me parece necesario. Cualquier políglota de Columbia puede hacer maravillas escarbando en internet. Lo difícil es decir algo interesante hablando de lo que sea. Amy Martin no llega a tanto. Sus artículos están pulcramente escritos, pero resultan reiterativos, planos, superficiales. El número de ideas que maneja es escaso. Claro que han sido pensados para miembros de una fundación socialista, políticos deseosos de confirmar su punto de vista, gente que quiere moralejas con las que alimentar el fuego de la corrección.

¿A quién se le habrá ocurrido esta forma de medir el valor de un artículo? Hace años, en una tienda de antigüedades, un joven gitano que estaba casualmente al cargo, en vez de decirme que desconocía el precio de un libro por el que pregunté, me contestó que el dueño aún no lo había fijado. “No ha terminado de leerlo”, dijo. El gitano, tan familiarizado con los libros como un parlamentario, sabía del negocio lo que aquel conocido de Casanova que creía que el valor de un manuscrito depende de la calidad de su caligrafía. Su respuesta me hizo gracia por lo insólita, aunque ahora veo que ese tipo de mercachifles abunda. Con todo, uno no puede dejar de preguntarse de qué lonja pescadera habrá salido el contable de la fundación Ideas para aceptar semejante sistema de cálculo remuneratorio. No es que tenga nada contra él (realmente estaría encantado de que fuera imitado, incluso con efectos retroactivos, por los editores del Imparcial), pero me extraña un poco que alguien así haya llegado tan lejos. ¿Será que una cosa es escribir artículos (falsos artículos, dicen ahora tontamente algunos) y otra ser un world observer? Porque esto es lo que la página de Ideas dice que Amy Martin es o era, una observadora del mundo.

Desde que me enteré por la tarjeta de un amigo que alguien puede ser “respirador consciente” no me extraño de nada. Admito, de todas formas, que dí un respingo cuando supe cuál es la verdadera profesión de Amy Martin. Los analistas parecen no haberse dado cuenta de ello, pero esta es la clave del desaguisado. Amy no ha cobrado por escribir artículos, sino por observar el mundo. Los demás escribanos, atados a nuestros prejuicios y circunstancias, contemplamos lo que nos rodea; ella, en cambio, lanza sus ojos azules a la inmensidad. Ideas, la Fundación, al pagar por sus colaboraciones, lo único que ha hecho es satisfacer su deseo de convertirse en observatorio mundial. ¿Acaso se puede velar por la alianza de civilizaciones de otra manera?

“A mi Martin no me lo toquen” -ha dicho aludiendo a Mulas, Zoe Alameda, su esposa. “¡Amy Martin soy yo!”. Un gesto increíble para estos tiempos. Desde luego, nadie podrá decir que es una de esas mujeres que se sube a la araña de cristal cuando ve un ratón. Más que una Lucrecia a lo Borges, retorcida y postmoderna, Zoe se ha comportado como una Lucrecia a lo Lucrecio, dispuesta a clavarse la daga en las entrañas antes que sobrevivir al deshonor de su marido. Lamentablemente, el mundo ya no comprende esta clase de sacrificios prefeministas. Lo que no sé es si el señor Mulas lo merece. El día antes se fue un poco de la lengua al decir que había visto una vez a Amy Martin. Ahora tendrá que convencernos de que lo oímos mal. “No Amy Martin, sino Martin Amis, el autor de Dinero, ese fue a quién vi. ¿Acaso piensan que no hubiera reconocido a mi esposa de tenerla delante?” Irene Zoe, sin embargo, ha salido a la palestra como una heroína romana y se ha abierto en canal “Era sólo un juego literario. Las grandes verdades hay que defenderlas al precio que sea y tres mil euros me pareció razonable. Pero se los devuelvo si quieren. Salven a mi esposo.” Se ve que de tanto observar el mundo desde un seudónimo, dentro de una burbuja donde todo es dolor ajeno, dolor soportable, no está familiarizada con las estridencias de la realidad. Ahora va a enterarse de que cómo se las gasta el mundo que contemplaba tan ricamente cuando no se miran las cosas desde la suite de un hotel en Park Avenue.
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