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    24 de julio de 2014

tribuna

Cataluña y las interpretaciones de la historia

El mismo día que el Parlamento de Cataluña aprobaba una declaración que decía que Cataluña es “sujeto político y jurídico soberano”, yo me encontraba en Burgos en un acto en el que se presentó un libro mío sobre la historia de Vizcaya. Nos dirigimos a un público interesado y culto, el rector de la Universidad, Alfonso Murillo, el decano de Humanidades, Ignacio Fernández de Mata, y el director del departamento de Historia, mi amigo de muchos años, Federico Sanz. Reflexionamos en alta voz sobre el significado de la Historia. Hablé de la búsqueda de la verdad, una tarea que persiguen los historiadores como cualquier científico, pero con una diferencia singular: el historiador no procede como un científico que estudia la naturaleza; las matemáticas, como auxiliares para descubrir las leyes naturales y las proporciones de los fenómenos naturales, no sirven para investigar el pasado de las sociedades humanas, y menos, para describir las personalidades individuales del pasado (y también del presente). El método científico basado en la verificación de una hipótesis mediante un experimento que se controla con algún instrumento que utiliza las matemáticas, no se puede aplicar para conocer el pasado, incluso ese pasado que se queda grabado mediante los modernos medios informativos.

Al aprobarse esa resolución catalana, que intenta crear una dinámica política que lleve a Cataluña a la independencia estatal, los periodistas y los diversos comentaristas emplean parecidas técnicas que los historiadores para analizar ese “acontecimiento”. Con una diferencia: el historiador sabe “lo que ocurrió después”, su juicio no es inmediato a los “acontecimientos”. Ortega y Gasset, pensando sobre esa cuestión temporal, acertó cuando se dio cuenta “que la verdad histórica tiene carácter retrospectivo”.

Una parte de los que han opinado sobre lo que está sucediendo en Cataluña, y una parte también de la opinión pública, comparten un análisis, según el cual, la crisis económica actual explicaría los movimientos separatistas catalanes. A esta circunstancia, la crisis de la Unión Europea aportaría otro factor que operaría en el mismo sentido: ahí están los referéndums de Escocia, y el anunciado por David Cameron para que el Reino Unido se pronuncie sobre su pertenencia a la UE. Y todos esos “acontecimientos” históricos aparecen cuando los Estados nacionales llevan bastante tiempo perdiendo sus antiguas características y poderes.

En el coloquio sobre el libro de Historia que he escrito, les hice una confesión o explicación metodológica: al haber investigado en archivos judiciales y notariales, donde se encuentran explicaciones históricas, pero siempre relacionadas con seres humanos concretos (con nombres, apellidos, edad, riqueza opobreza, poderosos o miserables, hombres y mujeres corrientes, personalidades excepcionales o desgraciados que esperan en la cárcel su ejecución pública), esas explicaciones me han alejado completamente del determinismo histórico.

Fernand Braudel y los historiadores que escribían en la revista francesa “Annales” defendían una manera de escribir la historia que ha sido muy influyente, y no sólo como manera de redactar obras históricas, sino también en otros capítulos de la actividad humana, la política, en destacado lugar. Según Braudel y su escuela, las “estructuras” condicionaban los “acontecimientos” hasta llegar al determinismo. Los “acontecimientos”, en palabras de Fernand Braudel, es “lo que yo he llamado, desde muy temprano, el punto de vista de Dios padre. Para Dios padre, un año no cuenta; un siglo es un pestañeo”. En su obra magna, “El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II”, Braudel concluye con la Batalla de Lepanto, y ese “acontecimiento” le sirve para señalar que a partir de esa batalla naval de los católicos contra los turcos, el Mediterráneo entró en decadencia como centro de la civilización mundial, siendo el Atlántico, con América, el que ocupó su lugar.

En su obra, Braudel señala que ese cambio era inexorable, estaba determinado por las tendencias geográficas, demográficas, climáticas, tecnológicas… que evolucionaron “lentamente” como “estructuras”, durante miles de años (“la larga duración”, el mantra favorito de Braudel). Lepanto, la política de católicos y de turcos, la personalidad de los reyes, los seres humanos individuales, los “acontecimientos históricos en suma, no influyeron prácticamente en nada.

Las “estructuras” determinan o no los “acontecimientos” de los seres humanos: ¡ese es el gran asunto filosófico de todos los tiempos! Sitúa a la libertad como un concepto absoluto, o se piensa que es algo relativo. Al final de su obra, tras miles de páginas redactadas con excepcional brillantez, Braudel termina reflexionando sobre la libertad: “La historia es el pentagrama en el que se inscriben estas notas individuales…Habría que ponerse de acuerdo en cuanto a la palabra libertad, tan cargada de sentidos múltiples y nunca la misma en el curso de los siglos…Cada una de estas llamadas libertades me parece una pequeñísima isla, casi una prisión”.

Es obvio que con esa visión histórica, la política no es más que un “pestañeo en la mirada de Dios”, algo insignificante, cuando no desdeñable. Miremos de nuevo a Cataluña. El desdén por la política -entendible en nuestros días- puede llevarnos a imputar a estructuras anónimas, a la “economía”, a los “políticos”, a los “partidos políticos”, al “Estado de las Autonomías”, a “Europa”, etcétera, las responsabilidades que sin embargo tienen nombres y apellidos; y también a las que conciernen a todos los que vivimos en España. La libertad existe en todo momento. Siempre será posible que los “acontecimientos” desdigan las tendencias estructurales, superen el pesimismo de los que creen (y adoran porque así no se responsabilizan como ciudadanos) en el determinismo.
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