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    20 de diciembre de 2014

Tribuna

Catalunya: Franquía al despropósito

Paradójicamente, la patricia tierra del senny se encuentra hodierno invadida por la desmesura y la estridencia. Claro es, que la rauxa forma parte también de su idiosincrasia; pero aún los más reputados definidores de su identidad a la manera, en los tiempos modernos, de J. Pla (1897-1981) o de su coterráneo el hoy canonizado cívica e historiográficamente Jaume Vicens Vives (1910-1960), estimaban que en la cultura del Pacto —clave de la sociedad catalana en todas sus manifestaciones más relevantes- el primero reinaba sin rival. Aunque no haya que ver en ello una ruptura en la trayectoria multisecular del pueblo catalán, quizás asistamos ahora a un paréntesis más o menos largo de su carácter colectivo con la incesable sucesión, en todos los planos de la comunidad del Principado, de posturas chirriantes y gestos alharacarientos.

En su onda cabe englobar, desde luego, la actitud revelada en el actual contencioso con el resto del país por uno de los gurús de la vida cultural catalana, artífice casi en solitario del imperio intelectual más importante de los construidos en la España de la segunda mitad del siglo XX. Con tenacidad e inteligencia en grado sumo envidiables, el personaje en cuestión —proveniente de latitudes cantábricas- logró alzar casi de la nada el organismo editorial de mayor influencia en la construcción ideológica y, por tanto, política en último extremo de la mencionada época. Eclipsado por un momento a consecuencia de las secuelas de la crisis económica, su impulso continúa alentando en el presente año de 2013 el patrimonio y la existencia del pensamiento con mayor pedigrí progresista. Escritor —si bien ocasional- de altos quilates él mismo, no obstante su profesión científica, un antiguo alumno del cronista lo puso en la pista de un artículo suyo en la red. Echaba un tanto en falta el primero el pronunciamiento del esotérico y prestigioso círculo del que el aludido editor barcelonés es mecenas y motor, acerca del postrer episodio del largo desencuentro entre las esferas doctrinales del Principado y las situadas al sur del Ebro, en particular, las madrileñas. Ninguno de sus afamados integrantes había echado hasta hace semanas su cuarto a espadas en la cuestión, hasta resultar no sólo extraño sino incluso anormal su pétreo silencio.

Roto éste finalmente, el texto redactado por el arriscado editor no puede ser más expresivo del clima que envuelve a la fecha los círculos académicos y políticos catalanes. En su opinión, la independencia del Principado sería bien recibida por las clases populares y los ardidos militantes del fosilizado marxismo, pues con ella dejaría de ser utópica la implantación de una auténtica República socialista. Excluida del discurrir catalán la presencia letal de la “derecha española” e infirme o desprovista del aparato coercitivo estatal, el régimen inicialmente burgués advenido de modo ineludible tras la secesión daría paso, como en la Rusia de 1917, al triunfo de una sociedad sin clases, en una geografía y una colectividad en las que éstas se encuentran muy difuminadas o diluidas… En días de fiebre y tensiones maximalistas, nada se opone al delirio.

¿Vuelve así, en la parcela más desarrollada de la nación, la época del postfranquismo y la pretransición, cuando gozaban aún de roborante salud milagrerías y ensueños de tal índole? No es posible imaginarlo. Mas, con todo, resulta insuperablemente ilustrativo del grado alcanzado en el solar de Balmes y Cambó, Prat de Riba y López Rodó por la agitación de los espíritus.
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