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    20 de diciembre de 2014

Crítica de ópera

Goyo Montero triunfa en el Real con su Romeo y Julieta

PIE DE FOTO

No por tratarse de una historia tantas veces contada, tiene que ser fácil volver a narrar la historia de amor trágico más famosa del mundo. Más bien al contrario. Todos conocemos a las familias Montesco y Capuleto, sabemos bien de sus odios y rivalidades, así como conocemos, por descontado, el final que les espera a los jóvenes amantes de Verona. De hecho, antes incluso de que Shakespeare escribiera esta tragedia en 1597, ya había una larga tradición de romances en torno a esta pareja de enamorados, paradigma del poder del sentimiento romántico, que se remonta a la antigüedad y, por eso, el primero de los aciertos del coreógrafo madrileño Goyo Montero, actual director del Ballet de Núremberg y Premio Nacional de Danza 2011, es el de haber creado una narración creíble y compacta, cargada de intensidad emocional, sin traicionar un ápice la trama original pero desde un punto de vista diferente. Montero demuestra, así, que es posible – las dudas después del Don Giovanni de Tcherniakov aún están muy recientes – crear una visión nueva sin sacrificar la esencia y, sobre todo, sin renunciar a la coherencia.

De modo que, aunque a veces parezca que Verona es Nueva York, en este ballet, estrenado el 21 de febrero de 2009 en Núremberg, todo tiene un sentido, un valor. Pocas veces, una coreografía consigue contarnos de forma tan clara, tan expresiva, con tanto realismo, una historia, otorgando a cada movimiento de los bailarines una palabra de ese guión no hablado que se está desarrollando sobre las tablas con la apasionada partitura de Serguei Prokofiev. Sin palabras. No, en realidad, otro de los aciertos de Montero supone introducir la figura del narrador que habla. Y no sólo al principio, como mera introducción con el prólogo de Shakespeare. También más tarde, el personaje de Mab, al que Shakespeare introduce en el famoso monólogo de Mercurio y que potencia Montero en su versión de este clásico, interviene para unir la danza, la música y la palabra. Mab, que representa el destino o simplemente el inevitable transcurso del tiempo, a quien esta noche de estreno ha dado vida Allan Falieri, es, por ello, parte fundamental en los hechos que tienen lugar en la narración que nos hace Montero. También Mercurio, Javier Monzón, tiene un marcado protagonismo y el coreógrafo madrileño ha convertido, además, a Lady Capuleto y al Ama en un solo personaje de rasgos bipolares: blanco y negro, como los elegantes trajes que lleva la bailarina Elisabet Biosca para interpretar ambos papeles y que se alternará con Mar Aguiló en las próximas siete funciones, que tendrán lugar del 17 al 27 de abril en el teatro de la Plaza de Oriente.

Pero si Goyo Montero ha profundizado en la psicología de todos los personajes hasta conseguir un retrato riguroso de ellos, de sus debilidades y pasiones, los protagonistas no iban a quedarse atrás. Romeo y Julieta no se ven obligados a renunciar a su escena del balcón, pero Montero les concede un entorno más realista, que no desdibuja sus verdaderos caracteres con independencia de lo que sienten el uno por el otro y, aunque todos esperemos su dramática muerte, Aleix Mañé y Marina Jiménez consiguen que volvamos a vivir con emoción la intriga. ¿Se salvarán del cruel destino esta vez? No es de extrañar que ellos se hayan llevado los aplausos más generosos de la velada, aunque lo cierto es que ha habido, y muchos, para todos y porque todos los merecían. Para la efectista y lograda escenografía, así como el vestuario, de Verena Hammerlein y del propio Montero, para la cuidada y elegante iluminación a cargo de Olaf Lundt, en la que también interviene Montero y, por supuesto, para Koen Kessels, al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, cuyos músicos han recibido los aplausos desde el foso y puestos en pie, animados desde el escenario por el maestro belga.
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