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    28 de noviembre de 2014

la política es el modo de vivir juntos los hombres

Entrevista con Carlos Dardé sobre su último libro 'Cánovas y el liberalismo conservador'

Carlos Dardé, uno de nuestros más destacados historiadores, revisa la figura de Cánovas en su libro más reciente, Cánovas y el liberalismo conservador. Preguntamos al profesor Dardé.
¿Por qué es interesante hoy la figura de Cánovas?
Antes de nada, me gustaría señalar que la historia no ofrece respuestas concretas a los problemas de hoy, porque las situaciones nunca son iguales y lo que pudo servir en un momento determinado puede no valer en otro.

Lo mismo que debemos tratar de entender a los personaje históricos en el mundo en el que vivieron, sin pretender juzgarlos de acuerdo con nuestro actual sistema de valores, no podemos traerles al presente, hacerles participar directamente en un debate que no es el suyo.
Pero la historia –y, más en particular, la biografía-, sí nos puede –y nos debe- enseñar actitudes, valores, comportamientos, que son modélicos, ejemplares, no solo para hoy, sino para siempre. Como escribió hace exactamente un siglo un historiador británico, George Trevelyan, “la presentación de ideales y héroes de otras épocas es quizá la más importante entre las funciones educativas de la historia”, con un objetivo fundamental, añadía, que es “formar la mente del ciudadano para que sea capaz de tener una opinión justa de los problemas políticos”. Nada menos que eso.

Concretamente, Cánovas ¿qué nos enseña?
Distinguiría dos facetas de su vida, la de político y la de intelectual, en el sentido de hombre de pensamiento y reflexión.

Como político, lo más importante, para decirlo con sus propias palabras, es que “la política es el modo de vivir juntos los hombres”. Es decir, una voluntad de concordia, de entendimiento con los demás. De ahí su defensa de las transacciones, los pactos, los compromisos. Una actitud que puso en práctica en la construcción del sistema político de la Restauración, con el que trató de “continuar la historia de España”, de conciliar las dos tradiciones políticas más importantes de su época –las de los partidos progresista y moderado-, objetivo que en gran medida consiguió. Y que sirvió para establecer la convivencia pacífica de los españoles –con distintas ideas- durante cerca de medio siglo.

Como intelectual, destacaría la amplitud de sus intereses y la capacidad de crítica y rectificación, como queda de manifiesto, entre otras materias, en sus obras de historia sobre la decadencia española del siglo XVII y en sus planteamientos de política social y económica, evolucionando -de acuerdo con la tendencia general del liberalismo en las últimas décadas del siglo XIX- desde el más estricto individualismo a la justificación de la intervención del Estado, con la función moral la de asegurar el bienestar de las personas.

Tu reciente biografía de Cánovas supone una nueva visión de su trayectoria política. ¿Qué novedades crees que aporta sobre trabajos anteriores?
Sobre Cánovas se ha escrito mucho y por muchos y, naturalmente, mi breve biografía descansa en la abundante bibliografía existente. No obstante, me he atrevido a rectificar nada menos que a Melchor Fernández Almagro, en relación con la trayectoria política de Cánovas, al afirmar el progresismo de éste en los inicios de su carrera: según su propia confesión, fue el espectáculo de la revolución de 1854 en Madrid, lo que le hizo conservador, es decir, respetuoso de la legalidad. También me aparto de Luis Diez del Corral al señalar la continuidad del Cánovas de la Unión Liberal en el reinado de Isabel II, y el del sexenio revolucionario y la Restauración. Por otra parte, creo que ofrezco una visión relativamente nueva de su personalidad humana. Por último, explico la utilización política de Cánovas a lo largo del siglo XX.

¿Qué aspectos de su personalidad has destacado?
Tradicionalmente se han señalado su inteligencia, el carácter frio y racional de su oratoria, el sentido del humor, la laboriosidad, y, en sentido negativo, la soberbia. Básicamente, estoy de acuerdo con todo ello.

Pero me ha llamado la atención, en particular, el hecho de que, no obstante su defensa de los pactos y las transacciones, fuera un hombre de natural belicoso: se batió en duelo dos veces, que sepamos. Y Castelar le definió como “el primer polemista de la tierra”. Desde luego no tenía una visión armonista, “buenista”, de la realidad sino que pensaba que lo natural era el conflicto. En este sentido, compartía con casi todos sus contemporáneos la idea darwinista de la vida –individual y social- como lucha.

Otra cosa que me ha chocado en alguien que tuvo un papel político tan importante es su desapego del poder. Dijo literalmente que el poder le agobiaba y, poco después de la Restauración, trató, inútilmente, de apartarse de las tareas de gobierno para dedicarse más intensamente a la investigación histórica y a la lectura de obras de sociología y economía.

En conjunto, ofreces una visión muy positiva de Cánovas, pero ¿no tenía defectos, aparte de la mencionada soberbia?
Ciertamente. Como él mismo dijo, el bien y el mal están en todas las personas, tanto en lo que dicen como en lo que hacen, aunque desigualmente repartidos. Algo que en la misma época estaba exponiendo Oscar Wilde en los escenarios británicos. En la biografía he destacado que, aunque él fue personalmente honrado, no se distinguió por su empeño en luchar contra la corrupción existente, también en su época. Y en su labor de gobierno, aunque defendió y estableció la tolerancia religiosa, se vio arrastrado por sus aliados del partido moderado –el marqués de Orovio- o del grupo neocatólico –Alejandro Pidal- a establecer leyes contrarias a la libertad religiosa que, afortunadamente, tuvieron escasa vigencia. Y también existe cierta contradicción entre su crítica a la centralización y la política centralizadora que de hecho llevó a cabo.

Por lo demás en su labor de gobierno durante trece años adoptó medidas polémicas -como el Arancel proteccionista de 1891, o la no concesión de la autonomía a Cuba-, objeto de críticas y alabanzas tanto en su propia época como hoy en día, que he tratado de explicar (lo que no es lo mismo que justificar)

¿Qué hay de su pretendido pesimismo?
No lo era en el sentido de creer que la nación española no tuviera futuro, que el pueblo español estuviera acabado. Por el contrario, creyó firmemente en las posibilidades de regeneración del país. Si no fuera así, no se entendería nada de lo que hizo.

No obstante, hay algunos rasgos tanto de su personalidad como de sus ideas que dieron pie para esa acusación de pesimista. Respecto a lo primero, su forma de estar en la política, el desapego al poder que ya he mencionado, la falta de entusiasmo por la acción política, la frialdad que acentuaba su frecuente recurso a la ironía. Y en relación con las ideas, la afirmación de la decadencia de España -que atribuía a nuestras propias culpas y no a la acción de agentes exteriores-, y la creencia de que su época era la más triste de toda la historia de España (una clara exageración, a mi juicio). A pesar de lo cual pensaba que “cincuenta años sin pronunciamientos podían hacer de nosotros un pueblo razonable”.

¿A qué se debe tu interés por Cánovas?
Comencé trabajando, a fines de los años 60 del siglo pasado, sobre la época de la Restauración, porque tenía la impresión de que sabíamos muy poco de ella y que ahí estaban las raíces de nuestra contemporaneidad. Me ocupé primero de los partidos republicanos y después presenté la tesis doctoral sobre el partido liberal, bajo la dirección de don José María Jover. La atención a Cánovas llegó más tarde, en 1991, como resultado de un encargo que me hicieron Javier Tusell y Florentino Portero de participar en un Congreso sobre las derechas en España. Fue una gran suerte, que nunca les agradeceré bastante, porque el personaje, como una vez me dijo Raymond Carr, es “un gigante” cuyo conocimiento resulta enormemente gratificante y enriquecedor.

La idea de la Restauración que ofreces en esta biografía se aparta del tópico de “oligarquía y caciquismo” que ha predominado durante mucho tiempo
Sí, ese tópico que arranca de la crisis de fines del siglo XIX -acentuada en nuestro país, por el “desastre” del 98-, que cobró fuerza en las primeras décadas del siglo XX por la crítica autoritaria, antiliberal y, más adelante, por la idea marxista del fracaso de la “revolución burguesa”, resaltaba la puesta al servicio de los intereses de los grandes propietarios y el carácter represivo del Estado.

Pero desde hace ya varias décadas –a partir de las obras de Raymond Carr y José Varela Ortega, principalmente- ha cobrado fuerza una interpretación diferente que sitúa el caso español en una perspectiva general, europea, y considera que nuestra historia en el siglo XIX no fue excepcional, única, sino una fase del proceso de “modernización” experimentado por todos los países -por caminos relativamente diferentes-, que ha dado como resultado la realidad económica, social, política y cultural, tal como es hoy.

No se trata de una visión “edulcorada” de la Restauración, como se ha dicho por quienes siguen manteniendo una idea “amarga”, de aquel periodo histórico. No se ignoran los problemas. El caciquismo resultó violento y brutal en algunos casos, pero en otros muchos, respondía –como en la Inglaterra del siglo XVIII- al reconocimiento de unas jerarquías que se justificaban por su función social. El gobierno acaparó un extraordinario poder –como en la Francia de Napoleón III- que resultaba determinante en las elecciones, pero en España, lo mismo que en el país vecino, se fue formando un electorado independiente que cada vez tuvo mayor importancia. El régimen de libertades que caracterizó al sistema permitió, por otra parte, el desenvolvimiento de los partidos republicanos, la fundación del Partido Socialista y del sindicato socialista
de la Unión General de Trabajadores, e incluso del movimiento anarquista, cuando éste optó por la legalidad y no por el terrorismo.

Pero la Restauración terminó fracasando
Bien, pero ese fracaso se produjo en 1923, con el golpe de Estado de Primo de Rivera. Ya habían pasado 26 años desde el asesinato de Cánovas y habían ocurrido muchas cosas importantes, entre otras, la primera guerra mundial. No creo que lo ocurrido en 1923 se pueda explicar por el diseño del sistema en 1876.

Según su interpretación, la Restauración sería, por tanto, un régimen incluyente, integrador y, por tanto, algo excepcional en la historia contemporánea de España
Sí, en este sentido encuentro una gran semejanza entre aquella época y la actual -los años que llevamos de monarquía democrática-, en contraste con otros periodos en los que predominó una voluntad excluyente por parte de quienes controlaron el poder: el reinado de Fernando VII y gran parte del de Isabel II; las dictaduras de Primo de Rivera y Franco y, también, contra lo que muchas veces se ha afirmado, la II

República que no se caracterizó precisamente por lo que, en otra ocasión, he denominado “la aceptación del adversario”. También Azaña dijo algo parecido a que la política era el medio de vivir juntos los hombres, pero lo hizo casi al final de su vida, en 1938, en medio de la guerra civil, y no como Cánovas, al acceder al poder y como programa de gobierno.

Presentas a Cánovas como un liberal, pero a lo largo del siglo XX hay quien lo ha considerado un tradicionalista, relacionándolo con los sistemas dictatoriales
Nadie dudó en su época del liberalismo de Cánovas. Pero, 30 años después de muerte, cuando en 1928 se celebró el centenario de su nacimiento y se invocó su figura para atacar a Primo de Rivera –un claro ejemplo de utilización partidista de la “memoria histórica”-, los seguidores del dictador -y particularmente José María Pemán- creyeron descubrir un Cánovas que hubiera justificado al general. De ahí arranca la idea del Cánovas antiliberal, absolutamente contraria a cómo él se consideró y fue apreciado por sus contemporáneos, que algunos críticos de la Restauración, particularmente de izquierdas, han mantenido posteriormente.
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