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RESEÑA

Antonio Carvajal: Cuerpo lento del tiempo. Antología

Antonio Carvajal: Cuerpo lento del tiempo. Antología. Selección de poemas e introducción de Concepción Argente del Castillo Ocaña. Point de Lunettes. Sevilla, 2013. 352 págs. 18 €
Cuerpo lento del tiempo, nueva antología de Antonio Carvajal (Albolote -Granada-,1943) ofrece una completa y significativa selección de su obra, 19 poemarios desde Tigres en el jardín (1968) hasta Un girasol flotante (2011).

El volumen merece nuestra atención por variadas razones además de por la calidad literaria de su autor. El acierto de la selección se hace evidente con una simple lectura, y el planteamiento cronológico permite confirmar la profunda coherencia de la obra de Antonio Carvajal y detectar esa “red de elementos” que conforman un “cuerpo” que se va moldeando lentamente al paso del tiempo. Junto a ello, el estudio preliminar de Concepción Argente, riguroso y ajustado, es a la vez entusiasta con la obra del poeta. A lo que hay que añadir la edición en sí, exquisitamente cuidada como acostumbra a hacer esta editorial sevillana.

La belleza efímera, que es para Carvajal “de toda verdad fuente y espejo”, se transforma en sus versos en belleza permanente, en emoción que no se encierra en una circunstancia determinada, que trasciende épocas y modas pues contiene lo más íntimo y lo más elevado del espíritu humano. Y estos versos quedarán para la memoria y serán memoria del poeta porque están llenos de vida en el más neto sentido de la palabra. Hay en sus versos a veces una “amargura de río / que se va y la sed no sacia / amargura de las cosas / que si las tocas se escapan”. Otras, el goce más pleno: “He bebido el licor que prometen las rosas / y abarca, no suspira, la noche entre sus brazos”. Y también el desamor y la muerte, muy presentes en su poesía, aunque siempre “del lado de la vida”. Porque el dolor, inevitable, contiene el latido profundo de la existencia misma, que Carvajal descubre como pocos en la observación de la naturaleza y de sus criaturas: “La tierra, con la lluvia, huele a herida / dulce, por la que escapan / con la sangre el carmín de los ponientes, / con el suspiro, el alma”. Pero es sobre todo el amor el verdadero latido de su poesía. El amor sin tiempo, sin medida, el amor como fuente de toda emoción y belleza, el amor como origen de lo mejor del hombre. Amor gozoso y amor herido, amor como sed nunca saciada…

Su poesía hace vibrar sin contención posible las más recónditas fibras de nuestra alma, nos hace oír “el rumor del viento en los jazmines”, despierta en lo más secreto de nuestro ser alientos dormidos que parecían esperar desde siempre ese aroma, ese cántico que recibimos “cándidos de alma”, y nos hace detenemos y abrir “las manos a sus llamas”. Dice el poeta haber bebido “la verdad” de la vida y es por eso que la vida es suya y es por eso que le parece buena tanto si le alcanza con “su boca o con su lanza”. Y realmente parece que Antonio Carvajal haya descubierto su secreto, esa rosa azul que todos buscamos, y sin desdeñar su esplendor ni rehuir sus sombras, reconoce el gozo más íntimo y profundo en la grandeza humilde de lo más simple: “Así es vivir, sencilla y castamente, / como crece en el huerto / la flor junto a la fuente, / mientras nos roza el sol tenue en la frente”.

Lo culto y lo popular se enredan sin solución de continuidad en sus versos, suenan al unísono en una armonía conseguida muy pocas veces en la historia de nuestra literatura. Y resuena siempre en ellos el eco de todos los grandes de todos los siglos. Un legado que no recrea o copia sino que es humus fértil sobre su pluma que metamorfosea en una poesía del todo nueva, moderna y poderosa. He ahí el secreto de su métrica “expresiva” sobre esa otra métrica “mecánica” que convierte la poesía en ejercicio retórico. Y el acierto no se deja ocultar. Música, palabras y pulsiones son una unidad que no se puede diseccionar en su poesía. Y la perfección asoma aquí y allá, por ejemplo en sus sonetos, difícilmente superables.

Cuando Antonio Carvajal se sienta a escribir no se vende ni se ha vendido a nada que no sea la poesía misma. Y en sus versos sólo existe un rechazo, el de aquello o aquellos que van contra “la verdad, la alegría y la belleza”. Y sólo hay cabida para la expresión sincera de “un triste peregrino que busca su alegría”. Y es su obra toda en definitiva esa “fe de vida” que daba también otro gran poeta, José Hierro: “Por el dolor que nos hace cautivos, / por la sangre que mana de la herida / ¡alegría en el nombre de la vida!”.

Por Inmaculada Lergo
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