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    21 de octubre de 2014

Letizia

Tendemos a idealizar lo que nos gusta y a condenar lo que no, pensando ingenuamente que nada tienen que ver con nosotros lo uno ni lo otro. Sin embargo, para captar algo tenemos que tenerlo con antelación de algún modo registrado; de lo por completo desconocido no es posible darse cuenta.

Esto nos lleva a ver que nuestras opiniones nos definen, cuando no delatan. Al admirar cierta cualidad decimos qué procuramos tener y, al criticar, qué no aceptamos tener. Así es común criticar lo que nos gustaría pero que no nos permitimos y moriríamos sólo de pensar reconocerlo. Lo cual que se critica por miedo, en el intento de atemorizar a los demás para que no nos demuestren con sus hechos más libres el error en el que estamos.

Puestos a aprender viendo en el ojo ajeno, ha estado esta semana de noticia más leída el “deterioro impresionante de la imagen de doña Letizia” a decir de alguien que, gracias a la confusión de los tiempos, logra llamarse historiador. Con adjetivos de gran almacén, que decía Umbral, y con una mentalidad entre provinciana y xenófoba sienta ilustrada cátedra: “la cuna siempre es válida” o “tiene mejor pedigree Bruni que Letizia”.

No podemos pretender liberar al historiador de su severo régimen de portería y lanzarle a cumplir su más ansiado anhelo: pisar palacio; pero dado que doña Letizia ya vive allí, la animaríamos a seguir preguntándose ante cualquier prejuicio que quiera perturbarla ¿por qué no voy a estar bien, aquí en palacio?

Comprenderá doña Letizia que cuando se ha saltado el absurdo por el que anda encorsetado el personal no colabore ni la hermana, pero eso, para bien o para mal, no está en su mano. Lo que tiene en su mano es estar bien y de ese bien se derivarán todos los demás, llegando al de España. Así es que a seguir, ¿por qué no?
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