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    24 de julio de 2014

De cartelito

"Éste es de cartelito", decía una amiga mía del colegio cuando salía con algún chico no muy agraciado, aunque sí de cierta valía. Al encontrarse con otros y ser vista con él, lamentaba que fueran a pensar que iba con un feo sin más y echaba de menos el poderle poner un cartelito explicativo. "Trabaja en IBM", por ejemplo.

Luego a todos nos da por procurarnos nuestro cartelito, algo de lo que puedan echar mano los conocidos a la hora de explicar qué hacen con nosotros, e incluso a la de explicárselo ellos mismos. Así, aquí nos han pedido nuestro cartelito y gracias a habernos ocupado de ello nos han podido poner doctora en derecho. No somos nadie o somos de cartelito, que es lo mismo.

Pero con un poco de suerte con el tiempo nos enteramos de que sí somos y de que somos sin más, por tanto, que no somos un nombre, un cuerpo, una raza, un sexo, una profesión, unas aficiones, unos títulos, un ser padre o hijo de... que todo eso son identificaciones huecas, pero no nuestra identidad, como no lo es el nº del así mal llamado carnet. Y entonces puede pasar que uno ande entre hermanos sin cartelitos.

Muchos inútiles y enormes esfuerzos se esconden detrás de los cartelitos. Teniendo tan a mano sentirnos, nos embarcamos en cambio en complicados proyectos, hasta que un día de luz y tinieblas nos damos cuenta de que hicimos nuestro nido en rama ajena –como dijo Unamuno-, y tenemos que dejar caer la inmensa torre con su gran apariencia hasta quedarnos en los huesos para poder sentir nuestra presencia. Y es que sólo el encaje con nuestra profunda calma descubre la felicidad, el gozo de estar aquí ahora.
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