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    23 de noviembre de 2014

El pleito

A uno un buen día, parece que libremente, le da por casarse; y todo son facilidades... Pero otro se sorprende sin encontrar la salida; y todo son dificultades. Se ve al enemigo de la familia en el divorcio exprés, cuando este exprés, que aún lleva 90 días como 90 soles, sólo lo cogen unos pocos afortunados que llegan al sin par acuerdo de vivir y dejar vivir.

Pero no hay acuerdo y viene el pleito, que no es exprés. Y se quiere muchísimo al hijo del mismo modo que se odia muchísimo a su padre o a su madre. Y pasa que este amor tan claramente delimitado en teoría se lleva oscuramente en la práctica el baloncesto, el colegio y hasta el techo del amado niño. Y, sin consultarle y por distraer más que nada a sus señorías del baloncesto, se reclama la custodia compartida, que pase un día aquí y otro allí, y así se va también su paz en ir y venir.

Por tan simple petición, llega el niño al juzgado. Sumiso, cabizbajo, silencioso, rellena tests y contesta entrevistas cuatro largas horas, sin que nada exprés venga a rescatarle. Y de tirar un día y otro, uno y otro, ¡ay, el niño roto! Y aquel niño, que con su confianza nos recordaba el temido desván que esconde nuestro retrato, ya por fin es algo manejable, un problema externo más del que lamentarse.

El roto rompe. Por ello, unirse cada uno en lo posible; aceptar, comprender y perdonarnos la parte rota, para después de todo quererla, podría ser, sin perjuicio de manifestaciones, un modo, también, de defender la familia. "El niño es sagrado", escribió Umbral.
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