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    23 de octubre de 2014

Leer, ¿pa qué?

Con la feria del libro se viene a reforzar el tabú de lo buenísimo que es leer. Pero esta vez nos pilla hartos de tabúes, con muchas horas tragadas por la lectura y, sobre todo, sin ganas de leer. ¡Qué se le va a hacer! Que lea si quiere la ministra, que para eso lo recomienda.

Entre tantas bondades, se olvida lo malos y perfectamente evitables que son la mayoría de los libros que se publican; y, lo que es peor, que la vida es corta y que merece pensarse dos veces en qué invertimos sus horas. Después de todo, el sentido de lo que hacemos no nos viene de la bendición de la ministra sino de la propia satisfacción.

“Es la cultura para la vida y no la vida para la cultura”, se hartó de repetir Ortega, pero ni caso, erre que erre con la cultura. Mira por dónde, nos vamos a enterar ahora. No está mal, desde luego, esto de leer y escribir lo que no se hace, pero también se podría dejar para cuando vayamos por la cárcel o el hospital, y aprovechar entre tanto para probar qué tal nos va el hacer. Con lo que se está más en pasear que en refugiarse detrás del libro.

Acumular saberes que no tienen aplicación directa para nuestra vida es acumular tierra. De hecho nada entierra más la vida que la erudición que cree satisfecha saberlo todo, mientras están, precisamente fuera de los libros, el campo y el mar con su cielo; la conversación y la compañía. Si disfrutamos con un libro, leámoslo; como si disfrutamos comiendo una hamburguesa, pero si lo hacemos mecánicamente, simplemente “porque es buenísimo”, valdría la pena preguntarse: ¿pa qué?
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