www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Ana el once de marzo, de Paloma Pedrero: una elegía esperanzada

En la primera línea de la dramaturgia española de hoy se sitúa Paloma Pedrero, quien en esta magnífica pieza nos sumerge en la conmovedora historia de tres mujeres, un trío de “Anas”, que sufren el horror de los atentados de Al-Qaeda que sacudieron Madrid el once de marzo de 2004.

Ana el once de marzo, de Paloma Pedrero
Directoras de escena: Paloma Pedrero y Pilar Rodríguez
Intérpretes: María José Alfonso, Blanca Rivera, Marta Larralde, Laura Toledo y Ana Peinado
Lugar de representación: Teatro Español

El teatro español contemporáneo ha ido reuniendo un caudal considerable de dramas en torno al terrorismo. La inmensa mayoría se centran en la violencia etarra que azotó España durante décadas. Entre ellos ha ido germinando, sin embargo, otra línea de perspectivas más amplias, en la que se abordan esas atrocidades como un fenómeno global que no se circunscribe a un solo país aislado. Así sucedió con el Boris Godunov, de La Fura del Baus, en torno al asalto de rebeldes chechenos al teatro Dubrovka de Moscú, o los perros policía antiterroristas de La paz perpetua de Juan Mayorga. Sin duda un impulso decisivo para esa toma de conciencia del terror globalizado fueron las piezas recogidas en Once voces contra la barbarie del 11-M, donde otros tantos dramaturgos trataban desde los más diversos puntos de vista los atentados criminales de Al-Qaeda que tuvieron como objetivo los trenes de cercanías el 11 de marzo de 2004 en Madrid. Ignacio Amestoy, Jerónimo López Mozo, Ana Diosdano, Yolanda Pallín, Raúl Hernández Garrido, Paloma Pedrero, Laila Ripoll o Yolanda Dorado, entre otros, afrontaban esa barbarie que adoptaba entre nosotros un entonces desconcertante rostro globalizado.

Todas las obras se aprestaban a prevenir que la sangrienta agresión no derivase en un irreversible choque de civilizaciones. Pero entre ellas se apreciaban con nitidez planteamientos radicalmente distintos. Uno de los que irrumpía con mayor originalidad era el de la mujer ante el terror político, todavía con extraordinarias vías de exploración. Recordemos las piezas Harira, de Ana Diosdado, Oxígeno, de Yolanda Dorado, o Pronovias, de Laila Ripoll. En esta vertiente de la mujer frente al terrorismo global destacaba una joya todavía solo esbozada: Ana el once de marzo, de Paloma Pedrero. Un drama entonces abocetado, brillante y con indudables posibilidades de crecimiento. Algo que afortunadamente es hoy un hecho consumado. Aquella pieza inicial ha dado paso al actual drama pleno -y posible base de otras obras que sigan las vías abiertas por esta-, que hoy podemos contemplar.


Conviene adelantar que esta “Ana” del título no es un solo personaje. Son, en realidad, tres “Anas” vinculadas no solo por el nombre ni tampoco únicamente por su relación con el protagonista masculino ausente, Ángel. Una Ana es su madre, otra su esposa, y la tercera su amante, quienes de forma muy distinta padecen la profunda herida de aquel jueves 11 de marzo de 2004 en el insoportable sufrimiento psíquico de no saber a ciencia cierta la suerte de su hijo, su marido, su enamorado. Entre la obra primigenia y la de ahora, Paloma Pedrero, que codirige junto a Pilar Rodríguez su puesta en escena, ha introducido algunos muy significativos cambios. En el texto primitivo la acción se concentraba en las voces aisladas del trío de “Anas” protagonistas, que se confrontaban con la de una inmigrante rumana, Irina.

Ahora, por el contrario, se han articulado once cuadros escénicos, y también muy elocuentemente la inmigrante rumana Irina ha sido sustituida por la inmigrante musulmana Amina, quien asimismo aguarda conocer el destino de su hijo adolescente que viajaba en los trenes atacados.

La destreza de Paloma Pedrero se pone de manifiesto al orquestar con sutil precisión todas esas acciones en un mismo lapso de tiempo, simultáneas en espacios diferentes. Haciendo un recorrido a través del diseño del espacio escénico, nos encontramos en primer lugar con el área de la Ana madre, en torno a la mecedora y rodeada por jaulas de aves que como en la alucinación de un sueño encierran madejas de lana de diversos colores. Las palabras de la madre Ana encarnan la memoria evanescente, y, al mismo tiempo, auténticamente rotunda en lo esencial. La voz de esta Ana madre entrecruza de forma inseparable el lirismo y el sarcasmo. Interpretada con asombrosa pericia por María José Alfonso, nos obliga a soltar la carcajada y a sentir a continuación la íntima elegía poética que nos estremece el corazón. Un diapasón alternativo entre emociones contrapuestas que solo una actriz de mucha categoría puede suscitar a la vez en el público.


Lo cáustico de sus palabras tiene como diana el ego machista masculino, y en su caso concreto, el infantil ego sexual primario de su esposo, ya fallecido, objeto de sus chanzas y donde sale a la luz la Paloma Pedrero feminista más beligerante. Hablando consigo misma, Ana se dirige a su hijo Ángel: “Tu padre siempre fue hombre de amante. No, no valía para la fidelidad. No estaba hecho.” ¿Se aflige Ana por este motivo? En modo alguno. ¡Más bien le provoca un ataque de risa! La sátira se abre camino: “Al pobre, cuando no tenía querida, se le notaba. Caminaba encorvado, se ponía grueso y perdía el buen humor. Era como si le faltase una parte. Por eso yo prefería que no le dejasen, que le aguantasen el rollo, que la que fuese le tuviera bien exprimidito.” Del supuesto despecho, pasamos a la guasa total: “A él, hijo, le gustaba sentir cómo la mujer se desmayaba debajo de su miembro. (Se ríe). Sería gilipollas. Sí, es que Angelito, los hombres sois gilipollas. Y no pido perdón, lo digo como lo siento. Aprovecho y lo repito: gilipollas. Gilipollas. Gilipollas. Los hombres sois gilipollas…”

No hay acritud, sino chacota, chunga, festiva ironía sobre la falocracia patriarcal. Pero sería un error encasillar a esta Ana madre en esa sorna feminista. Hay en ella más, mucho más. Sabemos que ha concebido a su hijo Ángel de forma tan tardía, que le considera como un regalo de Dios por vía uterina. No se trata de ninguna irreverencia. En realidad Paloma Pedrero está jugando aquí con una profunda y remota figura mítica, a la que le dará la vuelta radical en su drama. La mujer infecunda que concibe un hijo inesperado como un don divino hunde sus raíces en mitologías religiosas ancestrales. Baste recordar, en nuestra tradición, la historia bíblica de Sara, concibiendo, ya anciana, a Isaac con Abraham. En la literatura han sido frecuentes las mujeres infértiles que alumbran a alguien extraordinario por intercesión celestial (o en algún caso diabólica): santos, caballeros andante, héroes. Así sucede en las hagiografías de San Alejo, Santa Oria, San Ildefonso. O los héroes caballerescos de La historia de Paris y Viana, Roberto el Diablo, Flores y Blancaflor. La esterilidad inicial remarca la excepcionalidad del héroe. Otro tanto ocurre con la Ana de la autora madrileña, aunque ésta invierta inteligentemente los términos. Su esterilidad primera no subraya precisamente a un santo o a un héroe, cualidades de las que carece Ángel, sino que recalca el nacimiento en este caso de la víctima. Paloma Pedrero le ha otorgado un drástico giro a la leyenda atávica. Ángel es un compendio de las víctimas inocentes. La infecundidad de Ana antes de concebirlo resalta lo intolerable de los inmolados sin culpa.

Cuando Ana se balancea en la mecedora acuna al hijo y al inmolado. No es casual que en su regazo tenga una enorme madeja de lana. Evoca simbólicamente el embarazo. Pero todas las madejas que la rodean están vinculadas asimismo a las hilanderas del destino de la mitología grecolatina, las tres Moiras o las tres Parcas, mensajeras de la muerte encargadas de cortar el hilo de la vida. Muchas de estas madejas se hallan encerradas en jaulas de aves domésticas, sugiriendo cuadros de René Magritte o Joan Miro, donde la vida femenina ha quedado atrapada y encorsetada Pero sobre todo, las tres “Anas” representan la réplica antagónica de las tres “Parcas”, porque las “Anas” son las que mantienen el hilo de la vida en esa madeja de la existencia. Son la antimuerte, los impulsos de la supervivencia. Quizá por ello al final elevan con sus manos una enorme madeja con la forma esférica de la tierra. También, quizá, es posible que Paloma Pedrero las haya bautizado por igual como “Ana”, nombre cuyo origen hebreo significa: “Compasión”. Frente a las tres Parcas, encarnan tres formas de “con-pasión” por la vida humana.


Este modo de afrontar el terrorismo es radicalmente opuesto a los modelos establecidos en España hasta ahora. Hasta este momento, el prototipo dominante derivaba de los problemas morales de la confrontación entre el ataque y la reacción. Un planteamiento masculino que podemos ver con claridad tras las últimas masacres yihadistas en Europa, en planteamientos de autores como Arturo Pérez-Reverte o Gabriel Albiac, que en sus crónicas sobre los recientes atentados en la capital francesa, recogidas en Alá en París, se pronuncia en estos términos: “Y puede que morir sea ya inevitable. Pero, al menos, morir luchando. No este balar medroso de corderos que lo babea hoy todo.” Un contragolpe que impone grandes dilemas éticos entre lo legal y lo necesario, los límites y el alcance real para una victoria, el agravio y la culpa de contestar de la misma manera.

El drama de Paloma Pedrero sale por completo de este cuadrilátero trazado para una pugna a muerte. Sus figuras femeninas simbolizan a las personas heridas y martirizadas, nos dice en la introducción a su obra: “Siempre las mujeres hemos sido la víctimas primeras de la violencia del mundo.” Añadiendo: “De un mundo diseñado por los hombres para la lucha por el poder y el territorio. Siempre las mujeres hemos sufrido frontalmente las guerras de los hombres, las violencias de los hombres, su cultura descorazonada y radical.”

Pero más aún, como reverso a ese carácter sacrificial, las mujeres de Ana el once de marzo, encarnan la luz de la existencia y la fuerza vital que conserva intacto el pálpito del corazón. Imposible no recordar aquel personaje memorable de William Faulkner, la Lena Grove de Luz de agosto, que camina infatigable embarazada mientras los hombres se enzarzan en una pelea a muerte. El asesinato de Joana Burden y el posterior de Joe Christmas, por motivos enmarañados e incomprensibles, se contraponen al avance sacrificado de Lena, cuyo hijo, dado a luz en agosto, es la respuesta femenina a los violentos crímenes, la nueva vida contra la vieja muerte. De Lena Grove procede la Natalia -la fiesta de la natalidad- de La plaza del diamante, de Mercè Rododera, ahora precisamente llevada a las tablas por Joan Ollé, donde la protagonista representa la pervivencia de la vida entre todos los avatares de una devastadora guerra masculina cuya irracional virulencia no llega a comprender. De este linaje proceden las “Anas” de Paloma Pedrero.


La segunda Ana, la Ana esposa, ocupa el espacio central de la escena. Aquí la autora de Cachorros de negro mirar demuestra su talento para compendiar con muy pocas palabras la profundidad emocional de su criatura. Esta otra Ana experimenta una terrible tormenta sentimental. Sabe que Ángel la engaña, la herida está abierta, el despecho combate contra la esperanza de una reconciliación, el amor y el desconsuelo matrimonial se superponen al terror por el posible destino del esposo. Pocos vocablos, poco tiempo, y un torbellino de pasiones en pugna. Blanca Rivera lleva a cabo una interpretación extraordinaria, orgánica, contenida, conmovedora. Con ella, la Ana esposa nos conduce a la empatía con esa sima de afectos que nos produce vértigo. La chaqueta del ausente, unas frías sillas de una antesala hospitalaria crean un ambiente gélido e inhóspito insoportable. Precisamente ahí la autora ha situado a su nuevo personaje, la musulmana Amina, que espera noticias sobre la suerte de su hijo adolescente. Perfectamente recreado por Laura Toledo, este personaje entiende a duras penas el idioma, todo son interrogantes, no comprende nada sobre los brutales acontecimientos que están sucediendo, pero sí adivina al instante lo que sucede con Ana, en ese discernimiento femenino hacia otra mujer que salva, con un solo vistazo, las enormes diferencias culturales.

El tercer espacio escénico es el rincón hedonista, placentero, repleto de mullidos almohadones de la Ana amante, desgarrado por la incertidumbre, el miedo, el ansia por saber de forma concluyente, atravesado por noticias televisivas, llamadas telefónicas, contestadores automáticos. Marta Larralde nos comunica un frenesí de deseo y de pavor, de energía corporal y resquebrajamiento del alma, la miel del placer de un amor que nace y el pánico a que se destruya. Ese cobijo voluptuoso está rasgado como bajo el filo de una hoja de puñal.

Las tres “Anas” deambulan, cada una con su ritmo característico, se topan, no se reconocen, pero sabiéndolo o sin saber constituyen una auténtica red de “compasión” y de vida. Una nueva manera de hacer frente al terrorismo global ha tomado carta de naturaleza entre nosotros con Paloma Pedrero. Una bellísima elegía sobre la matanza -las matanzas-, muy sobria, como el dolor exige, y una no menos austera pero inconmovible esperanza. El teatro de Paloma Pedrero sigue tomando así su particular pulso al siglo XXI.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (16)    No(0)

Comenta esta noticia
Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
  • Tu dirección de email no será publicada.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.