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    2 de septiembre de 2014

Yves

Se siente la muerte de Yves Saint Laurent. Si no inspiraba mucha cercanía, era referencia, aunque fuera de exquisitez, después de todo de excelencia, y con todo acompañaba. Sin duda se le echará de menos. En los últimos tiempos, las grandes casas de la moda han ido convirtiéndose en Zaras de lujo; de lujo, fundamentalmente por el precio, pues el objetivo es el mismo: socorrer la urgencia del capricho. Se acabó lo bueno y bien hecho. Se trata de la ocurrencia del momento, caiga como caiga. Así a Dior no lo conoce su padre y al mismo Prada tampoco, y ya apenas hace zapatos que no sean de tela. Entre estos huracanes, Yves ha resistido. Quizá hubiera sido preferible que se hubiera tomado la vida más a la ligera, pero ya que la consagró a la tirana perfección, parece mejor no haber tirado todo al final por la borda.

Han sobrecogido sus palabras respecto a las “angustias” e “infiernos” padecidos con cada colección, la “terrible soledad”, “la prisión de la depresión”, los “falsos amigos que son los tranquilizantes” y, viceversa, “la droga que son los falsos amigos”; pues, en efecto, se veía que apenas había fuerza para sostener aquella impecable y estudiada imagen, pero no sabíamos que era consciente, ni que fuera a reunirse ahora con Elvis.

Ha sorprendido también la luz que esconde esta frase que se le atribuye: “La mejor prenda que puede vestir una mujer son los brazos del hombre que ama; para quien no la tiene estoy yo”. De modo que el objetivo de su célebre esmoquin, de hombros tan limpios como armados, no era sino acorazar a la sufrida mujer fuerte, en que nos hemos convertido, a la hora de contar con más convicción no necesitar ni agua. Y así nos hemos relacionado sin saberlo de traje a traje, mientras Yves sí sabía a qué se debía su clientela. Ya sin Yves, va a haber que pasar sin traje, y es de esperar que a él algún ángel le abrace.
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