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TRIBUNA

Filosofía étnica y contrasexual

Fuimos educados en el ocaso de la civilización, en el momento en que ésta se convertía no sólo en una cultura junto a otras, sino en aquella cultura marcada con el estigma de un atroz imperialismo. Las naciones europeas – abstraída su profunda heterogeneidad – fueron por entonces declaradas culpables de la destrucción de la abundante diversidad cultural del planeta, sometida a la red homogeneizadora de la expansión colonial. Todavía se nos señalaba con gesto enfático la sublime belleza de una misa solemne, de una tela italiana, de un drama barroco, de un viejo tratado de metafísica… nos mostraron admirables las grandes obras de la cultura y las admiramos con humilde veneración. Caminamos con un fervor ingenuo bajo la bóveda magnífica de viejos auditorios, teatros, museos o bibliotecas. Respiramos la atmósfera casi sacramental de la alta cultura, de esa cultura – secularización de la idea teológica de la Gracia, según nos enseñó Gustavo Bueno – que acabaría desvelándose como un mito.

Tarde descubrimos la necesidad de los mitos, la potente virtualidad de esas grandes obras que ofrecían en su rica plasticidad musical o dramática, arquitectónica, filosófica o literaria, una representación de las coordenadas de la propia posición en el mundo y permitían – en el acto de nuestra identificación con sus venerables contenidos – construir una identidad, veraz en alguna medida, y en alguna medida soñada, intencional, programática. Tras la ruina del universalismo cristiano, todavía alcanzamos a través del mito de la Cultura una frágil justificación y un débil ideal. De hecho, la altura de esa alta cultura procedía de modo casi constante del espíritu en crisis de la vieja religiosidad universal cristiana: misas, oratorios, pasiones, teologías políticas o metafísicas, templos, autos de fe y dramas sacros que hasta ayer menudeaban un calendario saturado de referencias religiosas. Siempre obsesivamente Dios y el hombre en camino hacia Dios.

Pero la nueva potencia comercial e industrial condujo al acto de soberbia que define la modernidad triunfante: a la apoteosis del hombre. Ese hombre fue, durante un largo período, el europeo que, señor de las ciencias y las tecnologías, explotaba las posibilidades económicas del planeta y conducía a otros por el camino seguro de la gran civilización. A veces encadenados, siempre desarraigados, en nombre de su emancipación y sobre la base de la verdad eficaz de las ciencias y las tecnologías, los pueblos de la tierra conocieron una forma importada de organización del trabajo y el consumo que venía a sustituir y destruir sus viejas estructuras comunitarias. Y el proceso se acompañaba de ceremonias cuya justificación tecno-económica resultaba secundaria: exposiciones, conciertos, conferencias, representaciones… portadoras de una dignidad que se negaba a las tradiciones indígenas o étnicas. Pero finalmente esa gran cultura, extinguida toda atmósfera metafísica, resultaría un simple modo de distracción o entretenimiento de las exigencias serias de la vida: las exigencias de la producción. Lujo necesario de ensoñación y descanso, evasión que sería rentabilizada por la industria del entretenimiento o elaborada por los técnicos de la optimización de la fuerza de trabajo.

Esa alta cultura iría perdiendo altura con el olvido de sus fuentes nutricias en la vieja religión y su teología metafísica. Puede detectarse un pequeño vacío en el magnífico espectáculo de la gran cultura del humanismo renacentista, esa mínima fisura abrirá un abismo por el que drenar la savia viva de la gran tradición medieval cristiana. Esa tradición viva devino una alta cultura que, formalizada y rígida, acabaría perdiendo altura para acabar en el rasante de la cultura actual cuyo contenido es cualquier cosa: latas de sopa, urinarios con firma o botes con mierda de artista…

Fuimos educados en el ocaso de la civilización. Se nos quiere enseñar hoy que esos venerados contenidos esconden la huella de una perversa y silenciosa dominación: ayer colonial y de clase, hoy heteronormativa y patriarcal. Frente a esa oscura presencia la reacción emancipadora no puede ser tolerante.

Estudiantes del Instituto de estudios orientales y africanos exigieron, días atrás, la retirada de los filósofos blancos que aparecen en su currículo: Platón o Kant han de ser desterrados, mucho más habría de serlo Sto. Tomás que suma su beatitud al color de su piel. Es un rasgo significativo cuando la Universidad de Glasgow previene a los estudiantes de primer curso de Teología ante las imágenes de la crucifixión, que pudieran resultarles ofensivas. Añádase su género masculino y quedará cerrado el decreto de destierro. Señaladamente hombres, pilares del heteropatriarcalismo, victimarios blancos, varones y europeos han de ser para siempre silenciados en honor de sus víctimas. Como el arte, como la ciencia, como la vida… la filosofía ha de ser étnica y contrasexual. La nueva cultura del mundo globalizado no reconoce ya justificación, ni ideal. Su lenguaje – despojado del falso glamour de la gramática – será cualquiera: directo, elemental, renovado.

Liberados de las estructuras gramaticales, nos queda negar la propia identidad, construida en el ocaso de la civilización, arrojándonos al cálido y espeso charco de la nada. O, por el contrario, sostener la mirada de Medusa y afirmar con parsimoniay en nombre de la verdad: la postverdad tiene los pies de barro.

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