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TRIBUNA

El izquierdismo es un clericalismo

La izquierda política suele anunciar con tono profético el irremisible advenimiento de un mundo nuevo (mesianismo) por obra y gracia de una vanguardia social (el partido) nacida para oponerse y combatir a la maligna derecha (satanización) desde un programa innegociable (dogmatismo) de corte estatista (Estado absoluto, sacralizado).

En esta propuesta de definición hay numerosos elementos de origen religioso (judeocristianos) puestos al servicio de un proyecto político totalizador. Ese totalitarismo, esa sistematización de la ideología izquierdista es la que la convierte en un clericalismo. Inherente al clericalismo –patología del estamento clerical– es el partido único, el hostigamiento al pluralismo, la invasión y aun la suplantación de una sociedad civil por una sociedad clerical. El clericalismo es un dios que no respeta al César; el laicismo, la otra cara de la moneda y, por tanto, muy similar a su contraria, es un César que no respeta a Dios, o mejor, un César que se convierte en dios. Los emperadores romanos recibían culto; Luis XIV decía que el Estado era él; el estatalismo contemporáneo, hijo predilecto del izquierdismo, no habla en términos religiosos ni personalistas, pero ha divinizado al Estado. Para entender el cambio operado en la modernidad es interesante comparar Antígona de Sófocles con Hamlet de Shakespeare. En Antígona el tirano no esconde su condición de tirano; en Hamlet el tirano se muestra como demócrata.

En el izquierdismo confluyen muchos elementos. El profetismo mesiánico o mesianismo profético se inserta en un marco materialista de corte darwiniano donde prima el determinismo sobre la libertad, lo genérico sobre lo singular, lo colectivo sobre lo individual. El izquierdismo se opone al humanismo (corpus abierto de ideas antropocéntricas no cerradas a la trascendencia) y se emparenta con la filosofía moderna (amante de sistemas holísticos more geommetrico) y con una Ilustración disparada hacia la acción inmediata. La Revolución francesa supone un pistoletazo de salida de esa subversión violenta.

El izquierdismo se aparta del diálogo humanista y se entrega al tratado académico abstracto, y a la enciclopedia y al panfleto ilustrado, que desembocan en el periódico, cuya lectura, según Hegel, es la oración de la mañana del hombre moderno.

Esencial al izquierdismo es la escatología inmanente, en la que el cielo, el bien, se ubican en la izquierda, frente al infierno, el mal, ubicados en la derecha. Según la escatología cristiana, el bien y el mal absolutos no se encuentran en este mundo, sino fuera de él: andan mezclados (parábola del trigo y la cizaña). Además, el Bien y el Mal carecen del mismo estatuto, pues el diablo es una criatura de Dios y el mal es ausencia de bien debido. El izquierdismo, que es materialista, seculariza primero y preconiza después esta escatología, negando a Dios y al demonio, e identificando el bien y el mal en grupos sociales, clases, partidos: la izquierda y la derecha. El izquierdismo es un maniqueísmo inmanente; un materialismo monista que detesta el pluralismo. El izquierdismo, hijo de una lógica deshumanizada, se mueve siempre en el ámbito colectivo: clase, partido, casta, estructura, mercado, capital, propiedad, placa tectónica. La virtud y el vicio personales, epicentro de la antropología humanística y cristiana, son irrelevantes para el izquierdismo, que es profundamente deudor del binomio Lutero-Rousseau, pues decir que el hombre es completamente corrupto o completamente sano es lo mismo, pues significa negar la responsabilidad personal ante el mal.

Las filosofías cerradas a la trascendencia y entregadas a la acción inmediata, mientras rechazan la inmutabilidad de los dogmas cristianos, dogmatizan programas políticos e inficionan la vida social con la dicotomía falsa y falsificadora entre la izquierda y la derecha. La esencia de ser de izquierdas es ser contra la derecha. El izquierdismo predica que arrumbando la derecha se arrumba el mal en el mundo.

Dado el carácter religioso del hombre, su ser metafísico, su conciencia del límite y su anhelo de redención, el profetismo y el mesianismo confieren una gran fuerza a la retórica izquierdista. Solo si los políticos no alineados en la izquierda (por la propia izquierda) atacan el marco profético y mesiánico del discurso izquierdista pueden construir una retórica que devuelva racionalidad al debate político y abandone apriorismos falsificadores. Ahora bien, el mitin y el debate televisivo son formatos engañosos diseñados para la acción inmediata y el sentimentalismo propio de quien no cree en la razón. El diálogo humanista, en cambio, está hecho a la medida de la dignidad de la persona humana, de su inteligencia, de su razón y de su capacidad argumentativa. Un debate televisivo es un espectáculo más cercano al cabaret que al simposio socrático.

El clericalismo es una patología del estamento clerical por la que se inmiscuye en tareas que no le son propias. El clericalismo es invasivo.

Pero antes de denunciar la patología de algo hay que detenerse sobre ello. El clero, en la iglesia cristiana, asume funciones de gobierno, predicación y liturgia. En la Edad Media, sociedad estamental, el clero regular y secular, conforma un grupo diverso del nobiliario y del villano y más tarde también del burgués. En el medievo el clero promueve la cultura (cultivo de los campos, instrucción, transmisión de conocimientos). Los monasterios son foco civilizador, las catedrales anexan escuelas, germen de las universidades. El clero cristiano, como dice Gustavo Bueno, es heredero de los filósofos grecolatinos, no de los sacerdotes precristianos, escrutadores de vísceras o brujos de la tribu o ágrafos druidas. Los padres de la Iglesia desarrollan un discurso racional, construyen una teología en la que entra la "Theologia physica" de la que hablaba Varrón, esto es, la filosofía, mientras rechazan el mito y el culto pagano.

Anejo al clero es el gobierno, la política en sentido amplio (y concreto, cuando asumen funciones nobiliarias), la predicación, la enseñanza, la profecía en definitiva (hablar delante del pueblo más que predicción del futuro) y los oficios litúrgicos. La distinción evangélica entre Dios y el César tiene su equivalente en el altar y el trono, en la sociedad civil y la eclesiástica. Que la nobleza y la Iglesia hayan mantenido estrechas relaciones no significa que no pudieran distinguirse como ámbitos distintos y que surgieran frecuentes disensiones entre unos y otros.

El izquierdismo no es un proyecto político más. Se presenta a sí mismo como el mejor intérprete de las claves históricas y el mejor guía para arribar a la tierra prometida de un futuro mejor. El esquema es mosaico: tono profético, mesianismo, progresismo –un camino que avanza (progredior / progressus) hacia el futuro–. Y un claro enemigo: la derecha conservadora y retrógrada que retrasa o incluso boicotea el avance. El izquierdismo puede, a mi juicio, considerarse un clericalismo por su mesianismo profético y su estructura estamental, de partido, de gentes “científicas”, conocedoras de los resortes del progreso. Marx calificaba de utópicos a los socialismos anteriores al científico preconizado por él.

En contexto cristiano, se llama clericalismo al intrusismo del clero en actividades, particularmente políticas, a las que se acerca con un talante dogmático, con mentalidad de partido único, avasallando o suplantando la autonomía de unas esferas cuyo protagonismo corresponde a los laicos. La iglesia (convocación de creyentes en Cristo gobernada por clérigos) vive inserta en una sociedad civil sin confundirse con ella, de lo que resultan dos sociedades diferentes aunque sus miembros pertenezcan a una y a otra. La famosa distinción de Cristo entre Dios y el César se ha traducido en una dialéctica iglesia / sociedad civil con acuerdos y desacuerdos y distinción de ámbitos.

Si bien históricamente hay que distinguir el izquierdismo comunista de partido único, del izquierdismo que representa la socialdemocracia, esta última ha mantenido, con diversos tonos, un discurso antiderechista, y ha seguido explotando la dicotomía izquierda-derecha como estrategia para la ocupación del poder. La izquierda acostumbra a proclamar con tono profético un mensaje dogmático, en el sentido de ineludible. En términos teológicos podría analizarse el discurso izquierdista como el de un credo en el que prima la fe con que se cree sobre la fe, el contenido, al que se da crédito. Así, la caída del muro de Berlín provocó que el modelo ideal de la sociedad comunista, el igualitarismo socioeconómico, sin desaparecer, abriera paso a otros proyectos como el igualitarismo sexual o la ecología. Pero tanto lo predicado antes como lo predicado después sigue siendo “el progreso”, definido más por el definidor que por lo definido. La naturaleza del progreso, en definitiva, responde a un criterio de autoridad, en su sentido etimológico de augeo (aumentar). La izquierda, por definición (según ella), aumenta, promueve, hace posible el progreso.

El carácter de religión laica del izquierdismo le confiere una energía retórica de particular eficacia en los ámbitos mediáticos que la Edad Contemporánea ha privilegiado: el panfleto periodístico y el espectáculo televisivo. La tradición humanística confía en la razón; la filosofía de la modernidad nació de su confianza en la razón matemática y en la experimentación; y la Ilustración promovió la divulgación y la acción inmediata. En esta acción inmediata se desenvuelve el izquierdismo. El panfleto incendiario, la inflación mediática, el espectáculo publicitario y televisivo son los medios en que la izquierda se encuentra más a gusto, pues están dotados de una inmediatez y rapidez especialmente adecuada al profetismo de un futuro inminente y urgente, del paraíso inmanente a la historia que se promete.

La izquierda no es laica: es clerical. Queda pendiente una verdadera secularización de la política. La izquierda es un resto del Antiguo Régimen.

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