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    26 de noviembre de 2014

El collar gay

Cada año se toma tres tazas de orgullo gay a sumar a las cucharadas que ya propina cada paso o botón de televisión. Todo se daría por bueno si diera alguna satisfacción a alguien, pero es de temer que, después de la ostentosa celebración, cada cual vuelva para su casa a vérselas con su inquietud todavía más inquieta.

El asunto parece que parte de unos sentimientos: de hombres que se sienten atraídos por hombres y de mujeres por mujeres. Lo cual tendría la sencilla solución de aplicarse en el hogar. Pues la vida de pareja se resuelve en estar a gusto en un hogar aquí y ahora, y poco importa que esté en Hawaii o en Vicálvaro, sea invierno o verano, o los cuerpos sean de un sexo o de dos.

Pero estar a gusto no es cosa sencilla porque se nos ha educado en la perfección, e inculcado ocultar y simular. Y así, estamos divididos entre el que somos y el que creemos tener que ser y, lo que es peor, el que creemos ya que somos. Con lo que suplantamos los deseos con caprichos, que tomamos por deseos pero que no acaban de dar satisfacción.

¡Ah, nuestros deseos!, ¿dónde estarán? Algo puede orientar la madre naturaleza, siempre paciente esperando a que algún día la oigamos. Y viene a decir, sin pretensiones ni teorías, que después de comer conviene tener pareja; más en el caso de los humanos, sin periodos de celo. Pero mal comemos y no estamos dispuestos a tener pareja.

Y una forma de no tener pareja y de que no te den el rollo preguntándote, como me dijo un amigo gay, es ser gay; como otra más común, le dije yo, es casarse, y con la simulación cumplida vivir sin mirarse. Son distintos collares y la misma incapacidad de querernos y darnos lo que deseamos. Procurar la calma para oírnos, podría traer una celebración cotidiana en vez del anual ruido de una cabalgata.
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