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    24 de julio de 2014

El Iphonino

Superado el artículo 25, les doy en este 26 las gracias por su compañía; y les confieso que me gustaría escribir tipo Julio Camba, artículos amables, ligeros, sobre la indivisible docena de sardinas, con la gracia de la precisión de la palabra. Y, por supuesto, sin cita alguna. Pero una se sienta y no hay otra más que hacer caso a la pluma, como decía Umbral a propósito de que a él tampoco le salía la poesía. Y sale lo que sale, más la carga de citas por no atribuirme lo que antes ya se ha visto, y también por cierto reconocimiento. Total, que iphonino viene de telefonino y telefonino de un gracioso artículo de Javier Marías en que no acababa de ver más utilidad al invento móvil que tranquilizar a la amiga con un “voy por Mayor dirección Bailén”.

Este Marías con ser hombre talentoso no sabe lo que se pierde con las nuevas tecnologías y concretamente con el último iphonino. Pero una que está por lo moderno, va y se lo compra. Y llega el telefoncino al hogar, y sale de su cajita, presto a comunicar. Pero, ¡ay!, fonino guapo, ¿sonarás?

No será porque no estás comunicado, aquí, delante de la ventana, mirando al cielo; no será porque no estás nuevecito; ¿y entonces ayfonino? La verdad, el mismo demonio el foncino. ¡Qué necesidad!, que decía mi abuela; una bicicleta sí que me hubiera dado alegrías..., y no esta birria que no suena.

¡Anda! me he dejado el telefoncito; pues, ala, mejor. Pero hay que llamar a la profe de la niña, que tiene examen; y quien se sabe el número es el fonino. Y ¿dónde está el fonino? pues vamos a llamarle... Y suena en la cocina, y suena en un armario, allá, arriba del todo; y cae, de la caja de herramientas, con un reluciente mensaje del maravilloso amado desconocido. Ay, iphonino, eres un tesoro.
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