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    24 de noviembre de 2014

A falta de jamón

Educados en el idealismo, a la vez que vemos y oímos algo, lo juzgamos, valoramos y comparamos. Acto seguido, o de nuevo a la vez, sustituimos lo visto por la etiqueta que se le ha ocurrido a nuestro buen entender. Y así, tenía razón Descartes, sólo existen nuestros pensamientos; pues de hecho vivimos entre interpretaciones que constante y automáticamente nos suplantan la realidad en la que estamos.

Estos pensamientos o etiquetas por y con los que vivimos tienen la pega de venir de un conocimiento, o buen entender, cuando menos limitado, y, de paso, aunque sólo sea por ello, errado; pues se comprende que sabemos más bien poco de casi todo. Partimos de una falta de perspectiva tan grande, que cualquier acierto o verdad que como puño se nos aparece es, dentro de su contexto, insignificante; y, por tanto, en cuanto exaltado, en el reducido horizonte propio, falso. Y así pasa como dice un amigo mío que en esta vida todo resulta "overpromising" y falto de rigor.

La pega definitiva no es ésta, los “hasta 20 megas” o los “bocadillos hasta de jamón” que nos dan, como contó con gracia Millás antes de ayer, sino el sin sentido que al final va orientando nuestra vida. Pues con estas verdades cuasi virtuales también montamos una guerra, gobernamos un país, educamos a un hijo y nos quedamos sin un amigo.

La mente, a poco que la observemos, vemos que la mayor parte del tiempo es reactiva o compulsiva, es decir, que es catarata de pensamientos gratuita que nos cae, sin que la hayamos pedido y sin que ni siquiera necesitemos. De aquí, la gracia de la meditación, porque si no frena el torrente al menos nos desvincula de él, y sólo con ello ya puede caber la posibilidad de que quizá la vida sea otra cosa que ruido.
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