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    22 de noviembre de 2014

Amor y vacaciones

Parece ser que nuestros amores se debaten entre el miedo y el deseo. De modo que a mayor cercanía crece el miedo y a mayor distancia el deseo. Así, en casa se sueña e imagina con gusto e ilusión; y ahora, cuando por fin llegan las vacaciones, con la perspectiva de estar con el amado de seguido, cualquier cosa sirve para perder el gusto y la ilusión.

El calor, los mosquitos, los mil fallos del hotel hacen de clavos ardiendo que nos salvan de estar en paz y en cercanía. Así, me contó un amigo mío, en su día tímido aunque resuelto a ligar, que a medida que hablaba con una mujer, que a la distancia le había resultado atractiva, la iba viendo más y más fea, hasta el punto de ver a alguna con la cara de una serpiente, lo cual le liberaba de pedirle el teléfono y le dejaba ir tranquilo a su casa para volver a soñar. Pero un día, pasado el tiempo y ver que las guapas se le hacían feas una y otra vez, le vino la revelación: “Yo afeo a las mujeres”, y se propuso pedirles el teléfono y llamarlas aunque se le aparecieran como brujas. Y lo hizo, y ya las fue viendo sin distorsión.

También lo contó Stendhal: “Al fin llega la hora tan deseada, y cuando nos encontramos ya a su puerta dispuestos a llamar, sentiríamos un gran alivio si no la encontráramos en casa”; y confesó: “en los primeros momentos en que yo conocí el amor, esta singularidad que observaba en mí me hacía creer que no estaba enamorado”. Esto pasa de recién conocidos, y más de matrimonio por no contar con la carrerilla de la pasión para vencer el miedo. Con lo que mantenerse fiel a lo soñado, desconfiando y sobreponiéndonos de las mil sensaciones y emociones que el inconsciente miedo a acortar distancias nos trae, puede acabar en unas felices vacaciones. Felices vacaciones.
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