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    21 de agosto de 2014

Las amigas

Se dice que somos lo que comemos, incluyendo aquí hasta lo que pensamos, producto de lo que nos han enseñado, oímos, leemos, etc. Esto ya lo vemos claro; y no es que tenga mucha gracia, pues ahora queda ver cómo nos deshacemos de ello, y ya nos ha dicho Jane Fonda esta semana que es un proceso largo; y que fue a los sesenta cuando cayó en la cuenta de que se vivía mejor sin esa gran idea, la de la perfección, en la que desde niños pensamos. Tanto que aprender, tanto que hacer, tanto que mejorar... para ahora tener que ponernos a desaprender; así es la vida y, desde luego, si no ha podido ser antes, bien está bajarse del carro a los 60 que dejar que nos arrolle.

Aunque Jane podría ser buena amiga, me he desencaminado un poco de lo que pretendía decirles hoy, inspirada por estar dedicando estos últimos días de curso a ver a mis amigas, que es que, también, somos nuestros amigos. Ortega decía que la elección de pareja es lo que más nos define, que ahí confesamos nuestras prioridades, gustos, aspiraciones... Y no decimos que no, aunque lo que acaba definiéndonos más, como también el por qué de la propia elección, es la vida que llevamos con esa pareja: los hechos, que tanto por otro lado le gustaban.

Nos definen, pues también, las amistades que nos acompañan; y de igual modo vuelve aquí a importar más el cómo que el qué o quién. Umbral hablaba de la amistad macho, que le parecía la más noble relación posible; y sin embargo no acababa de fiarse de la amistad entre mujeres. Él sabría por qué. La tópica y cierta falta del pudor masculino a la hora de contarnos la vida las amigas, si bien quita ese romanticismo de la amistad macho, como también quitaría la pasión de la coquetería, da una confianza, un desahogo y de paso una terapia que hoy no cambiaría por esas atractivas distancias. Gracias a esa franqueza, las amigas nos somos de gran ayuda; y por ello me parecería recomendable también para los hombres, y entre hombres y mujeres. Otra cosa es lo que haya que desaprender.
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