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    23 de julio de 2014

De risa

Cada vez se sabe más de los beneficios de la risa. Reír oxigena el cerebro, nos relaja y nos pone en una disposición de apertura: somos, cuando reímos, más inteligentes. Además, reír cura, el cáncer ha remitido en personas que han tenido el sentido del humor de ver películas de risa una detrás de otra porque parece que no hay tumor que resista en un cuerpo que ríe.

Bueno pues mi compañero Felipe, con el que me río mucho de buena mañana con sus ocurrencias, tales como decirle a la compañera nueva que se va a rehabilitar la Fundación y que entre las reformas previstas se va a poner en lugar de la fuente una pirámide para mayor logro de energía positiva para el centro; me ha dejado para el verano el libro de Juan José Millás “Tonto, muerto, bastardo e invisible”, con el que me estoy riendo en voz alta a carcajadas como no recuerdo desde el himno del don Obdulio de La colmena de Cela: “Vuela sin cortapisas paloma de la paz”.

Para más coincidencias, como creo que pueden conceder tranquilamente que “hay gente pa’tó”, es decir, que cada cual pasamos las vacaciones como podemos y como Dios nos da a entender; les digo que hoy he hecho una meditación llamada precisamente “Laughing Meditation”, que ha consistido en reír sin ton ni son durante una hora. Y, en esas, me acordaba del protagonista de la novela de Millás, un disminuido psíquico encubierto, que imitando a la gente normal parece normal y hasta llega a jefe de recursos humanos. El retrasado consciente de su condición, cae en la cuenta de que todos hacemos lo mismo: nos imitamos para disimular que somos tontos, de modo que, según sus cuentas, a mayor éxito, mayor esfuerzo de disimulo y por tanto más subnormal. Así es que en la supuesta meditación no veía la línea divisoria entre si éramos idiotas salidos del armario o normales haciendo de idiotas. Pero la cosa es que parece que no conviene que la línea sea muy gruesa, porque la paradoja es que riéndonos, aunque sea como retrasados, somos más inteligentes.

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