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Te deseo

Se enviaban mensajes en sus vacaciones de verano. Acordaron un día. Querían verse.

Un domingo de agosto él prepara la comida. Y ella, llena de aventura, acude puntual a la cita.

La sobremesa. El plan, una película. Suben las escaleras, persiguiéndose en silencio. En cada peldaño ella nota su mirada, a cada altura más fija.

Ya arriba, sentados en el sofá de terciopelo rojo, ella se gira para apagar su cigarro en el cenicero. El movimiento ha dejado un pequeño espacio de la piel de su espalda al descubierto. Siente sus manos allí, suaves y lentas. Se paraliza, abre con fuerza los ojos, con gran sorpresa, pues por más que esperase que aconteciera, la sensación es tan fuerte que no sabía qué hacer con ella. Y queda girada, estática, disfrutando de sus caricias.

Después, se vuelve hacia él, sin decir nada, con una mirada y cientos de preguntas. No hay palabras. Sólo un beso. Y ella le responde, no duda, ya nada podría pararla. Y el deseo se arrebata. Se besan, se acarician, se desnudan, se tocan, se sientan y se levantan, se miran, se atan y se desatan, se abrazan. Sus labios permanecen unidos en un único, dulce y profundo beso.

La calma. Abrazados mientras ven una comedia. Sonríen, nerviosos, sintiendo todavía las llamas de aquel fuego. Juntan sus manos, que se enroscan y se aprietan, a impulsos, recordando todo su deseo.

Y la comedia termina. Títulos de crédito. El segundo giro de ella. Un nuevo y único beso. Se unen, más rápido, con más deseo. Como si intuyeran que está atardeciendo y no les quedara tiempo.

Bajan las escaleras. El perro agita la cola manifestando su alegría por volver a verlos. Es la hora de su paseo.

Ya en el vestíbulo, como si se tratara de desconocidos o de una visita incómoda, él la entrega su bolso. Y ella lo recoge y le besa, y cruza la primera puerta, y la segunda, y baja más escaleras, y ya en la acera, al cerrar la última puerta, no quiere volverse pero se gira por tercera vez y levanta su mano en una despedida forzosa.

Yo te llamo, dijo él.

En ese momento, en el umbral de la puerta, ella no sabe si volverá a verle.
Pero después de aquel único beso, aunque fuera a echarle de menos, apenas si la importa.


PD. Quizás entonces todavía alimentaba una esperanza en el fondo de mi corazón, esperaba que existiese un cuerpo capaz de acoplarse en perfecta armonía a otro cuerpo para aplacar la sed del deseo y el hastío de la satisfacción en una especie de manso reposo, en ese sueño que los hombres suelen llamar felicidad. En la vida real no existe, pero yo entonces no lo sabía. (Sándor Márai en La mujer justa)
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